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‘Monólogos sobre Chernobyl’, la sobrecogedora exposición de Raúl Moreno, puede visitarse en Albarracín - Aragón Digital últimas noticias
‘Monólogos sobre Chernobyl’, la sobrecogedora exposición de Raúl Moreno, puede visitarse en Albarracín

‘Monólogos sobre Chernobyl’, la sobrecogedora exposición de Raúl Moreno, puede visitarse en Albarracín

Praskovia es una de las retornadas a la zona de exclusión bielorusa, teóricamente prohibida. Dice temer más a los nazis que a la radiación. R. M.
Praskovia es una de las retornadas a la zona de exclusión bielorusa, teóricamente prohibida. Dice temer más a los nazis que a la radiación. R. M.

“Es un héroe. Si no hubiera sido por él, y por 800.000 personas como él, quizá media Europa sería un lugar completamente inhabitable”. Lo dice el fotógrafo albaceteño Raúl Moreno ante la fotografía de Iván Shavrei, un bombero que formó parte del equipo de liquidadores que se encargó de neutralizar, hasta donde fue posible, el desastre de la central nuclear de Chernobil en 1986, cuyo reactor número cuatro estalló durante un simulacro mal ejecutado. 

La imagen de Iván, una impactante instantánea de un hombre maduro, con charretera cuajada de medallas pero mirada de infinita tristeza en su rostro cabizbajo, forma parte de la exposición fotográfica Monólogo sobre Chernobyl, que puede verse hasta diciembre en la Torre Blanca de Albarracín. 

Su autor, un joven fotógrafo apasionado por dar voz a los olvidados a traves de su objetivo, ganó gracias a este proyecto la primera beca DKV Seguros que se otorgó en el Seminario de Fotografía y Periodismo de Albarracín en 2016, gracias a cuyo importe, 10.000 euros, está trabajando en otro proyecto relacionado con el virus VIH que se dará a conocer a lo largo del próximo año.

Son relativamente habituales las fotografías de destrucción y desolación tomadas en Chernobyl o en los tres kilómetros a la redonda de la central nuclear, la denominada zona de exclusión, en las que todo está como hace 31 años y donde un ser humano no puede permanecer demasiado tiempo sin sufrir la radiación. La patética noria de Pripyat, símbolo de los efectos del monstruo nuclear desbocado, es casi tan famosa como el London Eye. 

El trabajo fotográfico de Raúl Moreno supone una vuelta de tuerca. Incluye imágenes de esa noria maldita, del bosque rojo o de las silenciosas y polvorientas muñecas abandonadas en el suelo de las escuelas soviéticas que fueron evacuadas tras la catástrofe . Pero la desolación no es la protagonista de la exposición. “Cuando yo me interesé por el tema mucha gente había fotografíado la zona de exclusión y no tenía sentido repetir su trabajo”, explica Raúl Moreno. “Yo vi un tema mucho más interesante; la comida. Los alimentos que cultivan quienes todavía viven allí, gente que ha regresado a sus aldeas porque no saben ni quieren vivir en otro lado, a pesar de que el suelo está envenenado y las verduras y hortalizas que crían en sus huertos o los peces que pescan en los ríos están contaminados con Cesio-137”. 

Así pués, la muestra, que puede visitarse gratuitamente, es una revisión a los olvidados de Chernobyl, aquellos que 31 años después siguen pagando las consecuencias de un terrible error humano, cuyas razones no están totalmente explicadas y cuyos efectos durarán varios siglos.

La fotografía de Iván Shavrei es lo suficientemente elocuente, aunque no dice que el bombero jubilado lleva tres trasplantes de médula y estuvo un año ingresado en un hospital especial de Moscú, tiempo durante el cual emitía tal cantidad de radiación que era peligroso permanecer junto a él sin protección. Muchos de sus compañeros (algo menos de la mitad de los 800.000 liquidadores que trabajaron durante esa infausta primavera de 1986, unos 300.000), están muertos hace tiempo. “Por dos o tres minutos de trabajo tapando el reactor obtenían sueldos vitaliciones, casas, coches o promesas de ello. Pero yo creo que muchos de ellos no eran del todo conscientes de las consecuencias que sufrirían”.

Tampoco sería justo decir que allí se emplearon masas de obreros sin cualificar e ignorantes de lo que tenían delante, porque sería relativizar su heroísmo. Los liquidadores fueron bomberos, científicos nucleares y militares preparados para la guerra atómica, que sabían que la alternativa a su sacrificio probablemente sería, como mínimo, un país entero envenenado. 

“La radiación llegó hasta Mallorca y, hoy en día, todavía se realizan mediciones en puntos de Inglaterra o Hungría. Ellos (los liquidadores) fueron los auténticos héroes y, sin ellos, el desastre hubiera sido incalculablemente mayor”, asegura Moreno. 

Otros de los grandes protagonistas de Monólogo sobre Chernobyl ni siquiera habían nacido en 1987. Una de las fotos preferidas de Raúl Moreno es la de Lilia Kovaleva, una niña de unos once años hospitalizada en un orfanato de Bielorrusia para niños con problemas mentales. Es imposible no estremecerse ante la imagen de la pequeña. 

“Hay muchos niños con problemas mentales y otro tipo de enfermedades muy serias, y en muchos casos las autoridades de Ucrania, Bielorrusia o Rusia ni siquiera admiten que estan relacionadas con la radiación”, explica Moreno. “Oficialmente solo se ha establecido una relación clara entre la radicación de esas zonas y los problemas de tiroides... pero cuando allí los casos de leucemia y otros cánceres, los problemas mentales, cardiovasculares o respiratorios se multiplican por trescientos, es evidente que no es una casualidad”. 

Con ese “oficialmente”, Moreno se refiere sobre todo a las conclusiones del Informe UNSCEAR de 2006 realizado por varias agencias de la ONU, que en cierto modo quitaban hierro a las consecuencias del accidente de Chernobyl sobre la salud de los afectados, e incluso sugería que muchas de sus enfermedades podría tener un origen psicológico o psicosomático (miedo a estar contaminado). Ese informe ha sido utilizado por negacionistas para denunciar que determinados lobbis energéticos ayudaron a que el caso Chernobyl se exagerase a conciencia para detener los programas de desarrollo de la energía nuclear, mientras que los grupos antinucleares denuncian, a su vez, que el propio Informe UNSCEAR ha tratado de maquillar la catástrofe con el objetivo contrario, a instancias de otros grupos económicos rivales. ¿A quién creer?

Lejos, muy lejos de unos lobbis o de otros, las personas que siguen viviendo en la zona de exclusión –pocas y de forma clandestina, aunque las autoridades hacen la vista gorda– o en áreas cercanas a ella y, por tanto, expuestas a niveles altos de radiación, suelen ser ancianos de avanzada edad muy ligados a su tierra, aunque también los hay jóvenes. Otra de las fotos expuestas en la Torre Blanca de Albarracín muestra a un hombre abrazando a su esposa embarazada. “Ellos quieren que su vida continúe, pero tienen mucho temor a que sus hijos nazcan con mutaciones o problemas, o que los desarrollen durante la infancia”, explica el fotógrafo.

Resulta casi imposible entender por qué alguien insiste en seguir viviendo en una tierra quemada y contaminada. “Muchas de esas personas han nacido allí y quieren morir allí”, asegura Moreno, que utiliza un ejemplo: “Coge a alguien que ha pasado toda su vida en un pequeño pueblo de Teruel y llevátelo a la fuerza a Madrid, a ver qué pasa”. 

Pero el problema no es solo sentimental, sino también económico. Como casi siempre ocurre, la radiación afecta más a los pobres. La gente que habita esa franja de tierra entre Ucrania y Bielorrusia tiene muy pocos recursos, no solo para cambiar de residencia sino también para alimentarse. “La pectina que contiene la manzana es un agente que limpia muy bien la radiación. Si la gente pudiera comer manzanas sanas se ahorraría un montón de problemas y enfermedades, pero el problema es que no hay dinero para importar y comprar esa fruta sana. Ese suelo está contaminado y todo lo que se cultiva o cría allí tiene unos niveles de Cesio-137 enormes. La comida está envenenada”. 

Hace falta tener grandes dosis de empatía para ponerse en la piel de otras personas en situaciones límite, y las imágenes de Raúl Moreno sirven de catalizador para lograrlo. En otra de sus fotografías se ve a Praskovia, una anciana que vive en la zona de exclusión bielorrusa con una bandeja de huevos de gallina contaminados. “No tengo miedo a la radiación”, dice la mujer. “A lo único que temo es a los nazis”.

Praskovia es una de las retornadas a la zona de exclusión bielorusa, teóricamente prohibida. Dice temer más a los nazis que a la radiación. R. M.
Praskovia es una de las retornadas a la zona de exclusión bielorusa, teóricamente prohibida. Dice temer más a los nazis que a la radiación. R. M.
Praskovia es una de las retornadas a la zona de exclusión bielorusa, teóricamente prohibida. Dice temer más a los nazis que a la radiación. R. M.
Praskovia es una de las retornadas a la zona de exclusión bielorusa, teóricamente prohibida. Dice temer más a los nazis que a la radiación. R. M.
Praskovia es una de las retornadas a la zona de exclusión bielorusa, teóricamente prohibida. Dice temer más a los nazis que a la radiación. R. M.