LA VENTOLERA Llámenme Elena

Llámenme Elena

Discapacitada, minusválida, disminuida, inválida, diversa funcional, impedida, deficiente, subnormal, retrona… Así me han designado en diferentes ocasiones a lo largo de toda mi vida, tanto en el ámbito público como en el privado. También hay quien se refiere a mí como heroína, ejemplo de superación, luchadora, emprendedora… 

Yo prefiero que me llamen por mi nombre. Porque soy exactamente igual a todos ustedes, con mis virtudes y defectos. 

Sí, soy diferente al común de los mortales ya que no camino por mi propio pie –ni muevo mucho los brazos, dicho sea de paso-. Por otro lado, es cierto que mis inquietudes me han llevado a alcanzar logros profesionales y personales que a priori parecían inalcanzables. 

Pero también he fracasado muchas veces. Y todo lo conseguido ha sido gracias a mi esfuerzo y a que he tenido los apoyos necesarios en mi entorno para poder llevar una vida normal. Y aquí está el quid de la cuestión. 

Muchas personas con dificultades para desenvolverse en la vida diaria no tienen esos apoyos y así nunca podremos conquistar esa igualdad soñada. 

Es necesaria una igualdad efectiva, que deseche las etiquetas y permita a todos desarrollarse como personas. Para llegar a ello, los poderes públicos y la sociedad aún tienen trabajo por delante. Y nosotros, “los diferentes”, todavía estamos en la obligación de dar mucho la lata. 

La discriminación positiva no es, ni debe ser, la oferta de ventajas paternalistas que no nos permitan tomar las riendas de nuestros destinos. Sino la posibilidad de estar a la misma altura, en derechos y obligaciones, que los demás ciudadanos.

Por eso voy a tratar de poner mi granito de arena haciendo lo que mejor sé hacer: escribir. Mi intención es acercar a todos una realidad que es cercana pero desconocida. Quizá lo que firme no siempre guste a todos. De lo contrario algo estará saliendo mal. 

Pero empecemos con buen pie. Llámenme Elena.