Histéricos

Siempre he practicado cierta equidistancia entre posiciones rotundas sobre muchos temas de los que la gente en la calle y en las redes habla alegremente, sin tapujos. Mi cautela se fundamenta muchas veces en la ignorancia o en la ausencia de información completa. Será por deformación profesional o porque nunca he tenido fundamentos para ubicarme en uno u otro extremo, el caso es que no soy acérrimo defensor de ninguna causa en la misma medida en que tampoco soy su detractor furibundo. Admito todas las opiniones pero me tomo mi tiempo para determinar la mía.
Por eso me resulta chocante observar cómo el personal se lanza a despotricar en favor de esto o de lo otro con una ligereza pasmosa. Consecuencia de todo ello es la histeria social que se desata en cuanto hay un motivo de cierta relevancia. Estos días ha quedado demostrado con dos hechos que nos han sacudido a todos: la muerte de Gabriel Cruz y la de un mantero en el barrio madrileño de Lavapiés.
Con el primero de los dos sucesos ya hubo un espectáculo importante y cargado de bilis malsana en pleno Congreso de los Diputados. El debate sobre la reforma de la ley de prisión permanente revisable, en plena resaca informativa sobre el asesinato tras secuestro del niño almeriense, era un azucarillo en un panal, pero nadie imaginaba que los próceres de la patria picaran tan pronto el anzuelo y se apropiaran de gestos y acusaciones propias de los corros callejeros o de bares. Menos mal que la diatriba tenía sólidos principios ideológicos...
Y luego está lo de Lavapiés. Hasta un reputado tertuliano televisivo llegó a decir el viernes al mediodía que lo que tenía que hacer el Gobierno era “acudir al barrio” y dar explicaciones porque gobernar también es “ser valiente”. Mientras decía eso, el fondo de pantalla era una escena de guerrilla urbana pura y dura, con sillas y mesas de metal, piedras y otros enseres volando por los aires y golpeando a policías, periodistas y todo bicho viviente. Había que ser valiente, sí, para meterse en ese avispero. No se puede pontificar en medio de la histeria colectiva y, ahora, que ni dios recapacita antes de opinar, me siento más raro que nunca. Tengo que activarme.