EL PUYAZO El problema es...

El problema es...

Alejandro Talavante es un torero genial, capaz de elevarte emocionalmente con una tanda de naturales o de sobresaltarte a renglón seguido con un arrimón extremo que te deja el alma helada. Alejandro Talavante tiene corazón artista y eso lo hace especial ante los demás. Pero ocurre que el diestro extremeño también forma parte de una industria, o de un gran circo, que tiene en los intereses económicos su única divinidad, de ahí que en la mentalidad de esos grandes “industriales” de la tauromaquia, el arte, el sacrificio y el valor extremo ante la cara del toro solo tenga una traducción: dinero. Solo y exclusivamente dinero. Para su bolsillo, claro. Y hablo de las grandes familias que rigen esto. Por eso, en función de lo que puedan exprimirte el alma así te verás anunciado en una plaza. Tan sencillo como eso.

El problema viene dado porque ese circo de industriales taurinos no soporta que la grandeza de un torero pueda hacer mella en su cartera. Y me explico. Por muy bueno que seas y por muy buen momento que atravieses, querido Talavante, tu caché tiene límite y ese límite te lo impongo yo. Ni un euro más. Y a tragar. Y si no lo haces ocurre que después de romperte el alma toreando con arte en Madrid y después de erigirte en número uno de la torería con esos dos triunfos incontestables en Las Ventas, te ves fuera de todas las ferias por pedir un mejor trato económico como correspondería a quien acaba de asaltar la cabeza del escalafón jugándose la vida. Y esto es lo que ha ocurrido esta temporada con el torerazo que es Talavante y con el industrial taurino que es Matilla, ese personaje semioculto en las sombras que hace y deshace a su antojo desde tiempo inmemorial. El torero pidió mejores condiciones y el industrial, apoyado en el resto de capos de este negocio, lo quitó de todas las ferias. Atención… y con aviso a navegantes. El que se mueva no sale en la foto. Y por eso ha tragado El Juli tras su órdago a la industria a principio de temporada, y tragó el famoso G-8 con lo de Sevilla, y tragó Castella, y echaron a César Jiménez y putean a Diego Ventura, etc, etc, etc.  

Pero hay otro problema superior, cual es el de verificar que nada importa el esfuerzo ilimitado que haga un torero en Madrid, nada importa que una pretendida y sana competencia y rivalidad con otro torero haga de este espectáculo una sinfonía de emociones. Para qué… Cada uno tiene su pesebre y para qué echar órdagos, anunciarse con otras figuras en tardes de verdadera responsabilidad o hacer gestos y gestas que admiren a las gentes. Está todo escrito y pretender ir más allá no va a tener una recompensa ni en el lugar a ocupar en el escalafón ni tampoco en el grosor de la cartera. Frustración. 

Y un problema aún más grave. Si la industria castra la rivalidad y las ansias de un torero por aspirar a un verdadero liderazgo que se vea reconocido, y si el industrial de turno puede prescindir de la genialidad de Talavante o la clase de Diego Ventura a lo largo de una temporada por mantener reunido al rebaño -los dos defenestrados este año-, en qué lugar queda el cliente. ¿Se le ofrece lo mejor?, ¿Se tienen en cuenta sus gustos y necesidades? Me parece a mí que con ofrecerle un pack edulcorado ya tiene bastante. Lo de todas las ferias con el sota, caballo y rey, el cambio de cromos y el torito que no moleste. ¿Pero saben cuál es el peor de los problemas? Que el cliente de los toros solo es público y apenas cuenta con aficionados que sepan por donde se la meten. Si el cliente fuera un aficionado entendido e informado, estos de la industria no podrían organizar sus juegos florales. El aficionado este año hubiera pedido a Talavante. Todas las tardes. Pero el público se conforma con lo que le echen.


F.J.B.
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