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Sábado, 17 de noviembre de 2018
LA ESPUMA DE LOS DÍAS

13/2/2018

Pusilánime

Juan José Francisco
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Las langostas han dejado de ser hervidas vivas en Suiza y los cocineros tienen que aturdirlas antes de cocerlas desde finales del mes de enero, cuando entró en vigor una nueva ley promovida por los animalistas de ese país, una de cuyas portavoces (uf, casi me sale portavozas), ha explicado que varios estudios demuestran que esos animalitos tienen habilidades cognitivas y pueden sentir dolor.
Semejante avance social de los suizos me ha dejado algo aturdido, lo confieso, porque fui criado en un ambiente social en el que jamás se habrían tomado medidas como esa. Y no es que proceda de una jungla remota, no. Soy de pueblo y, mucho antes de que se adoptasen múltiples disposiciones a favor de la protección animal -loables de todo punto-, siempre fui benévolo con la fauna, doméstica y no.
Con esa predisposición amable hacia el mundo animal fui creciendo en medio de escenas atroces: mi madre liquidaba conejos y pollos sin piedad, mientras yo me preguntaba cómo un ser tan inigualable como una madre podía albergar semejante ánimo sanguinario, si bien olvidaba estos pensamientos cuando llegaba el plato de arroz del domingo.
Crecí un poco y comprobé que había unas fechas en el año, cerca de la Navidad, en las que mi casa era una orgía de sangre: se mataba un gorrino y mis mayores querían hacerme partícipe de aquel aquelarre carnicero pero, aunque lo intenté, mi estómago se revelaba por sistema y tenía que abandonar la escena del crimen para vomitar en soledad, en medio de las chanzas de propios y ajenos, que siempre había curiosos a esas horas. Nunca entendí aquello y, por mor de la normativa, unos años después se acabaron las escabechinas de puercos a domicilio, lo cual agradecí enormemente. Bien, pues aún con este bagaje vital, reforzado por la actual existencia de unas clínicas veterinarias y unos usos sociales que llevan en palmitas a muchas mascotas, antaño objetivo de muchos críos gamberretes a los que casi nadie reconvenía, no deja de sorprenderme lo de las langostas suizas. Si yo, que soy un pusilánime, me cuesta asimilarlo, no sé cómo se sentiría mi "despiadada" madre.

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