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Martes, 25 de septiembre de 2018
EL PUYAZO

26/3/2018

Música para Víctor Barrio

Francisco Javier Belmonte
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El toreo es un juego de sensibilidades conjugado entre la arena de un ruedo y el tendido que lo circunda. Es la comunión perfecta entre el sentimiento de quien es capaz de provocar belleza o epopeya y de quien ante la evidencia del arte y la hazaña se desata en pasión encendida por ese paraíso y esa bienaventuranza. El toreo es emotividad pura y ciega que se trasfiere del ruedo al tendido y del tendido nuevamente a la plaza. De abajo a arriba con un natural hondo y cadencioso, y de vuelta abajo con un ole estremecedor que inunda el sentir del espada.  Por eso los toreros son héroes. Son capaces de removerte el alma. Y por eso también ellos necesitan volver cada tarde a los oles cerrados de una plaza. Les llena el alma.

Pues bien… como juego de sensibilidades que el toreo es y el torero provoca, uno nunca debe abstraerse de todo aquello que concierna al sentir de una plaza, máxime cuando en el envite por el arte y la epopeya va puesta nada menos que la vida. Esa que hace apenas un tiempo se dejó Iván Fandiño en un ruedo de Francia y Víctor Barrio sobre la arena de mi plaza. Y hablamos de sensibilidades, sentimientos y emotividad… Quizá por ello la plaza francesa de Aire-sur-L’Adour haya tenido la ternura y delicadeza suficiente de rendir honor eterno al maestro Fandiño interpretando todas las tardes su pasodoble tras la muerte del tercer toro, cuando el de Orduña se dejó la vida en aquella arena. Francia tiene la sensibilidad suficiente para entender que semejante tributo por un espectáculo que ellos entienden como sentimiento y aman, no puede dejar en un rincón de la memoria semejante gesta y entrega. Música en el silencio de una tarde con un tendido puesto en pie. ¡Qué menos a quien inundó de arrebato y frenesí el corazón de esa gente!

¿Y Teruel? Aquí se sintió la muerte de Barrio como una cuchillada en mitad de una tarde que recorrió los rincones de la ciudad como funesto emisario de un sueño roto. Teruel sintió la muerte de Víctor Barrio tanto como Linares lo hizo con Manolete o Talavera con Gallito. Con silencio denso y el aliento sobrecogido. Ahora, pasados ya los años, quizá solo falte volcar ese sentimiento de respeto y admiración profunda por un valiente, con un instante ínfimo que surja en mitad de la tarde para devolvernos aquel recuerdo y aquel torero. Hablo de justicia. Hablo de sensibilidad. Y con música porque la música es el arte hermano del toreo.

Por cierto, no hay que buscar muy lejos. Víctor Barrio tiene su gesta y su pena escrita en una obra emotiva que el año pasado se estrenó en Teruel. Lo escribió con una dulzura inigualable una turolense llamada Mari Carmen Torres. Esas notas, en el silencio de la tarde, deberían servir como homenaje póstumo y eterno a quien dio su último aliento de arte y de vida en nuestra plaza. Sería puro sentimiento. Sería devolver con sensibilidad aquel sentir artista de un torero que buscaba crear belleza en la epopeya. Otra vez la comunión perfecta entre la arena y la grada. Merece Víctor que los paseíllos en Teruel se hagan bajo su son. El final de un héroe muerto nunca debe ser el silencio. Música para la sensibilidad de un espada.

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