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Miércoles, 14 de noviembre de 2018
SUBURBIOS DEL ABISMO

27/4/2018

Ánchel Conte

Javier Hernández
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La primera vez que tuve en mis manos No deixez morir a mía voz, tendría yo 20 años, y por aquel entonces mis veranos discurrían entre pinceles, óleos, barro, algunas piedras y aquella letanía de mi madre hijo lo dejas todo perdido. Una buena amiga oscense me lo hizo llegar en Valencia hacia el final del curso -cuanto ha cambiado Valencia- y me lo presentó como algo escrito en aragonés. Con la transición la lengua aragonesa no sé si tenía espacios de atención o dicha atención era por el desconocimiento general que el personal tenía de ella, lo cierto es que la curiosidad era importante, las comunidades con dos idiomas se habían zafado de las prohibiciones franquistas y quizás en parte el interés, en parte la concienciación existencial de un patrimonio propio, ayudaba a su presencia como tema en tertulias y conversaciones, ausentes entonces de modos actuales como descargas de APP, Iphones y otros conceptos de la red que ahora son virales incluso por virales enfermizos.
Lo cierto es que a mí ese poemario me impactó, lo reconozco, tal vez el leer por primera vez algo escrito en aragonés, tal vez porque son ese tipo de cosas que contribuyen a que tu mente se abra a pensar que más allá de los espacios comunes hay vida, otra y otras vidas. Tal vez aquellos eran tiempos donde la curiosidad duraba mucho más de lo que ahora dura una descarga en la red, donde no existía la inmediatez de Internet ni falta que hacía porque había inmediatez a nuestra manera y porque los astros estaban de nuestra parte. Hacer una amiga de Huesca que en realidad era primero amiga de una prima tuya que te presenta y a su vez ésta te da a conocer un libro de poemas escrito en aragonés, es fantástico.
Luego con el tiempo y con mi discurrir por Aragón -presumo y mucho de haber vivido en Alcañiz, Huesca, Barbastro, Zaragoza y Teruel, lo que no me convierte en un experto en Aragón lo soy más bien en mudanzas-como digo la curiosidad te susurra al oído y descubres a ese Ánchel Comte que fue profesor en Teruel cuando ganó su plaza en 1974 de la entonces conocida como Enseñanza Media, aunque las biografías wikipedias y páginas de voz diversas se esfuerzan en recordar lo de organizar el PCE en Teruel y lo de Andalán y el Consello, que también es historia de acuerdo, pero en estas letras yo me asomo más a la vida de Ánchel, a la vida literaria sensible y creativa, también la de historiador, que te hace entender perfectamente aquello que decía y que daba título a su poemario “A mia voz tremola con os aires, brilla con o sol, se chela con os cierzos, s’aflama con os claors…”. Siempre he pensado, y naturalmente es una opinión personal, que es una de las mejores síntesis de la atmósfera que rodea a los aragoneses, y no en el aspecto meramente climatológico sino más bien en su lucha a brazo partido con la tierra, con el clima, con la parte de hogar entrañable después de la jornada, con la risa y la alegría de una cosecha conclusa o con la noche tranquila del verano de montaña, de charla, bota y fresca.
A mí de Anchel Conte me deslumbran muchas cosas, evidentemente su poesía. Para nuestra generación y nuestra manera de desbrozar la vida todo un manual de estilo, por otro lado su incansable trabajo, ese desarrollo como historiador que nos ha permitido conocer mucho sobre los templarios oscenses y sus estructuras económicas, autor de referencia sobre la historia de los moriscos en el Altoaragón, además de otras publicaciones sobre comunidades mudéjares en ciudades como Barbastro. Todo lo reseñado nos da una dimensión importante de su trabajo como historiador, porque conviene muchas veces situar al personaje en todos los parámetros de su obra, que en el caso que nos ocupa es prolífica e intensa. De aquellos años ochenta el recuerdo de No deixez morir a mía voz´ se convierte en ventana y visillos de lo vivido, de recuerdo de aspiraciones y sobre todo del afán de aquellas generaciones por descubrir nuestras cosas, nuestro pasado, nuestra historia, de empezar a administrar esa libertad que recién llegada todavía deambulaba entre precipicios y barrancos.
Y sobre todo descubrir que la poesía podía ser el vinculo que abría los ojos a la conciencia, a sentir que había mil maneras de amar, que los férreos dogmas dictados al efecto podían ser pulverizados porque era mayor el deseo de gritar libres que las normas de buena conducta y obligado cumplimiento con olor a alcanfor y podridas en sus entretelas. Luego vendrían Labordeta y Sopeña y le pondrían música a May, también Manolo García, para entonces May ya formaba parte de la banda sonora de nuestra vida pero con ellos empezó a formar parte de la vida de otros mucho más jóvenes.
De Ánchel Conte sigo conociendo sus palabras a través de las redes sociales, me gusta leer su opinión sobre algunos aspectos de actualidad que están cada día más desbaratados y en profundo desequilibrio mental diría, lo sigo viendo valiente y rotundo, a veces más poeta (cuando habla de música) y en combate puro percibo al historiador capaz como nadie de poner los puntos claros y precisos; cuenta ahora Ánchel que vive en Almería tras más de media vida en Barcelona, de un mediterráneo a otro de Alcazaba, corrientes y paisajes por escribir, la vida sigue a merced de mares y cielos, en ocasiones las vidas, los mares, las torpezas humanas y las miradas perdidas… Son dos purnas chitadas d’o fuego que no alumbran ni matan do chelo.

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