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Lunes, 22 de octubre de 2018
BAJO ARAGÓN

10/8/2018

“Un médico con ilusión, sentido del deber y humanidad se siente bien dedicándose a la medicina”

Miguel Perdiguer, pediatra y anestesista, cumple 100 años
Maribel S. Timoneda
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Miguel Perdiguer, con la primera cámara fotográfica que tuvo con 14 años
Miguel Perdiguer, con la primera cámara fotográfica que tuvo con 14 años

Miguel Perdiguer cumplió este jueves 100 años. El médico pediatra y anestesista, que ejerció el oficio hasta los 80 años, celebrará su centenario este domingo rodeado de su familia, sus hijos, nietos y biznietos. Sus 51 años como “médico de niños” en Alcañiz, además de su trabajo como anestesista, le valió en 2007 el reconocimiento de la Real Academia de Medicina de Zaragoza, que le concedió el Premio al Mérito Profesional, aunque no son éstos los únicos galardones que ha recogido en su vida. Perdiguer ha sido Premio nacional de fotografía del Banco de Santander y de la Asociación Española de Farmacia de Letras y Artes 2010. En el mantenimiento de la forma física y la lucidez mental que tiene tienen que ver, dice, la falta de excesos y algo de genética. 

-¿Cómo se siente Miguel Perdiguer al cumplir 100 años?

-Me encuentro bien, como todos los días, y no noto nada excepcional, a pesar de llegar al centenario.

-¿Cuál es el secreto para conservarse en este estado de forma a los 100?

-Creo que, por un lado, el factor suerte, es decir, que no he tenido ninguna enfermedad grave. Aunque creo que una de las cosas que ha sido determinante es aquella que cuenta un aforismo que dice: si quieres llegar a viejo, cuando seas joven has de vivir como si fueras viejo. Es decir, sin cometer ningún exceso ni abuso, porque nuestro cuerpo es un organismo parecido al de un motor, que si se cuida puede durar muchos años, y yo he procurado siempre no cometer excesos. Aparte de ésto, genéticamente mis familiares han sido longevos, teniendo en cuenta que no es lo mismo la longevidad hace 40 años que hoy. Actualmente, una persona de 80 años es más joven que una de 60 hace medio siglo, porque las condiciones de vida han variado mucho y los esfuerzos que antes tenía que hacer la gente para subsistir eran enormes. Las mujeres tenían seis o siete hijos, tenían que coser la ropa, ir a lavar al río, se ocupaban de los animales etc. Se levantaban a las seis de la mañana, no paraban de trabajar y se acostaban, rendidas, a las nueve o las diez de la noche. La vida ha cambiado mucho.

-¿No ha fumado ni un solo cigarro ni bebido en su vida?

-Prácticamente nada. Solamente fumé una semana en toda mi vida.

-¿Y qué le llevó a hacerlo y a dejarlo?

-Ocurrió cuando estalló la guerra civil. Cuando llegaron a la franja de Aragón las columnas catalanas de anarquistas y se estableció el comunismo en todos los pueblos. Se suprimió el dinero y se establecieron los vales para ropa, la comida y para tabaco. En ese momento, yo tenía 16 años y los hombres, a partir de 14 años, teníamos derecho a una cajetilla de tabaco picado, a una caja de cerillas y a papel de fumar para liar los cigarros. En aquella época lo de fumar lucía mucho, pero yo con dos pipadas que le daba al cigarro lo tiraba, porque era malo y lo aborrecí, así que al cabo de una semana decidí que ya no fumaría más. Y así fue como me fumé una cajetilla de cigarrillos como mucho.

-Hay tres asuntos que están relacionados de una manera muy personal con usted. Uno de ellos es la medicina, que ha sido su oficio, otro la fotografía, su gran afición, y el último Santolea, que es el pueblo en el que nació y al que ha estado muy vinculado...

-Y sigo estando muy vinculado con Santolea.

¿Sentimentalmente, se refiere?

-Sentimentalmente, por supuesto, pero también voy a Santolea todos los años. Hace poco, por ejemplo, que he estado allí. Salimos de allí con mi familia, porque inundaron las tierras más buenas con el pantano, que no las casas, de las que todavía quedan los restos, y hasta la escuela se mantiene de pie. Es uno de los pocos edificios que quedan, ya que el resto los tiraron.

-Los derribó la Confederación Hidrográfica del Ebro a propósito para que la gente se marchara y no pudiera volver.

-Más que nada para que no decidieran vivir allí otras personas. Nosotros salimos de allí  en 1930.

-¿Qué significa para usted Santolea?

-Pues es fácil, cada vez que acudo allí, me hace un cosquilleo muy especial el estómago (se le humedecen los ojos)... Es emotivo, desde luego, y cada año voy hasta allí unas tres o cuatro veces.

-Aunque usted reside en Alcañiz desde que se instaló como pediatra, tras salir de Santolea sus padres decidieron asentarse en Mas de las Matas. ¿Será éste su segundo pueblo?

-En Mas de las Matas estuvimos bastantes años, pero si alguien me pregunta de qué pueblo soy, tengo muy claro que yo soy de Santolea. Esas son mis raíces y mis orígenes.

-A pesar de que salir de Santolea es lo que les permitió a sus padres mandarle a estudiar a Zaragoza.

-Mis padres eran unos labradores del pueblo pobres, y no me podían enviar a estudiar, a pesar de que el maestro les insistía, porque no podían pagarme los estudios, ni el alojamiento ni la manutención fuera. Cuando ocurrió lo del pantano, nos fuimos a vivir a Mas de las Matas, y con lo poco que le habían pagado a mi padre por sus tierras, apenas 30.000 pesetas para defenderse por el mundo, decidió comprar una huerta y se especializó haciendo un vivero de frutales, que era la única manera de sacarle rendimiento a un trozo pequeño de tierra. Al cabo de un tiempo obtuvo 1.000 pesetas de la cosecha, lo que para mi padre era una mina de oro. Mi madre tenía unos hermanos en Zaragoza, así que les escribieron para que me buscaran algún colegio, pero de segunda fila, porque los de primera, Escolapios, Jesuitas, etc, no los podíamos pagar, y allí fuí, pagando cuatro pesetas diarias. Estuve cinco años de seis en el colegio interno, porque el tercer y cuarto curso de Bachiller los hice en un año.

-¿Fue vocación lo que le llevó a hacerse médico?

-Casi ni lo sé. Acabé el Bachiller en 1936, el mismo año en que estalló la guerra, y las facultades cerraron. Tuve que ir a la guerra y estuve tres años en el ejército. Al acabar, mis padres se plantearon que hiciera una carrera corta como la de maestro, que eran dos años, pero era una pena que después de haber estudiado seis años el Bachiller me quedara con dos años de maestro, así que hice Medicina, a pesar de que en mi familia no había tradición científica ninguna, porque era una familia de labradores.

-¿Qué ha de tener un médico para ser bueno en lo suyo?

-Para mí la medicina lo ha sido todo. Pero tengo muy claro que un médico se sentirá bien siéndolo si tiene ilusión, sentido del deber y, además, humanidad.

-¿Por qué se especializó en Pediatría?

-Nada más terminar los estudios me quedé un año en Beceite como médico titular, y allí vi cómo estaba el horizonte. En aquella época se escalaba poco a poco y cuando un médico moría se iban cubriendo las bajas. Se producía un concurso de traslados, pero a los pueblos más grandes, que era donde se ganaba más, acababan yendo los médicos más viejos. Un día, en la única revista que había de medicina, apareció una convocatoria en Madrid para hacer un curso de tres meses para prepararse las oposiciones de la Escuela nacional de puericultura. Yo ya tenía muy claro que tenía que escoger una especialidad donde no tuviera que gastarme dinero en instalaciones, porque no teníamos dinero. Si casi no teníamos para pagarme los estudios de Zaragoza, ¿cómo iba a tener dinero suficiente para montarme una clínica? Eso quedaba descartado, así que con lo que había ahorrado me pague una pensión mientras me preparaba las oposiciones. Me presenté y aprobé una de las pocas plazas que salieron. 

¿Y cree que acertó?

-Sí, ejercí muy a gusto, porque la especialidad me gustaba.

-¿Alguno de sus hijos ha seguido la trayectoria de su padre?

-No exactamente. Tengo un hijo que ha hecho farmacia, otra que es bióloga y una tercera que es enfermera. 

-¿Cuánto ha cambiado su oficio en un siglo?

-Ha cambiado mucho, pero ¿cuántas cosas no han cambiado durante el siglo XX? El siglo pasado, desde mi punto de vista, es el periodo de tiempo en el que la humanidad ha evolucionado más que en toda la historia anterior. Yo he visto cómo ver pasar una avioneta por el cielo era considerado un gran acontecimiento, cuando ahora tenemos surcando por el cielo a grandes mastodontes de la aviación. Antes, los particulares nunca subían en avión, solamente los pilotos, y ahora...

-Miguel Perdiguer ejerció como médico pediatra privado cuando no existía la Seguridad Social. ¿Cómo era el oficio entonces?

-Duro. Hasta que llegó la Seguridad Social, cada noche me solía levantar de promedio dos o tres veces para ir a visitar enfermos. Fuera invierno o fuera verano, y me desplazaba hasta los barrios que fueran, de donde me llamaran. Llegó un punto en que estaba acobardado. Me acostaba pensando a qué hora me llamarían esa noche. Sin embargo, fue llegar la Seguridad Social y el servicio de Urgencias y aquello me liberó, porque continué trabajando muchas horas, pero de día.

-¿Cómo sentó en Alcañiz que se instalara un médico nuevo que sólo visitaba niños?

-Con mucha sorpresa entre la gente. Y a la gente le costó un poco, porque había que pagar la visita y las medicinas, pero al final salimos adelante. Luego hice oposiciones de endocrinología.

-¿Por qué decidió mantenerse solamente con médico pediatra particular?

-Por una razón muy sencilla. Cuando se estableció la Seguridad Social sólo hacía falta pedirlo para acceder a ella como médico. Pero el caso es que en el edificio donde se ubicó había tan pocas salas para consultas que teníamos una hora cada especialista para visitar a los enfermos. Yo no podía visitar a 20 niños en una hora, cuando la primera consulta con un chiquillo duraba, como mínimo, media hora. ¿Cómo pretendían que viera a 20 criaturas en una hora? Eso no era medicina, era imposible. Quiero decir que no fue porque estuviera en desacuerdo con la Seguridad Social, sino porque no se podía ejercer bien, antes prefería quedarme sin visitas en el domicilio. No estaba dispuesto a hacer ese tipo de medicina como pediatra.

-En cambio, fue anestesista y endocrino en el hospital de Alcañiz.

-Me hice anestesista, después de realizar un curso en Santander con varias de las figuras mundiales más importantes del mundo de la anestesiología en ese momento. Esta especialidad también ha evolucionado, porque las anestesia entonces, aquí en Alcañiz, era una verdadera tortura. Yo realizaba transfusiones en el hospital de Alcañiz y me daba cuenta de que aquello era un verdadero sufrimiento para los enfermos. Ciertas operaciones, de dos o tres horas de duración, eran imposibles de hacer, porque sabías que el enfermo terminaría muriendo. Me fuí a Santander a hacer un curso, me lo pagué de mi bolsillo y me saqué la titulación.

-Ha comentado que escogió no trabajar para la Seguridad Social por las condiciones en las que se ejercía la medicina. Pero, ¿si fuera ahora, tomaría la misma decisión?

-No, claro. Ahora sería completamente distinto. En este momento están mucho mejor atendidos los pacientes de la Seguridad Social, por la cantidad de medios disponibles y de ayudas que existen. Estoy seguro de que si ahora yo ejerciera como pediatra lo sería de la Seguridad Social, y además lo haría encantado.

-Si tuviera que escoger una etapa de su vida, ¿con cual se quedaría?

-Con toda, no tengo ninguna preferencia especial. Quizá con toda en general, menos la de la guerra, con esa no me quedaría nunca.

-¿Y no hay algún momento especial en el que Miguel Perdiguer fuera especialmente feliz para decantarse por él?

-Si uno se adapta a lo que tiene y no ocurre ningún acontecimiento desagradable en su familia, uno es feliz siempre. El síndrome de adaptación es el más importante de todos los que tenemos los humanos..

-Es usted un fotógrafo de primera linea. ¿Cuántas fotos calcula que ha hecho en su vida?

-Tengo unas 120.000 fotos hechas, probablemente, aunque antes hacer una fotografía se las traía y tenía sus complicaciones, además de que la fotografía era una afición muy cara. Comprábamos unos rollos de ocho fotos, de ocho clichés, que eran carísimos, como siempre ha sido la fotografía, y había que revelarlos y positivarlos. No había otra solución más que esa, con lo que aquello tenía, ya que te arriesgabas al resultado, porque se disparaba a ojímetro y hasta que no lo revelabas, a los 15 o 20 días, ya que había que disparar con mucha cautela, no sabías el resultado que habías obtenido. Era muy caro y más para las economías débiles. A veces te pasaban cosas y no te salían las fotos. Si entonces hubieran estado las máquinas fotográficas de ahora, posiblemente no tendría 120.000 fotografías, sino millones de ellas. 

-Ha sido una revolución, como todo el siglo XX.

-Lo ha sido como en todo. Todavía guardo las cubetas y hasta la primera cámara fotográfica que tuve con 14 años.

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