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Domingo, 20 de enero de 2019
LA ESPUMA DE LOS DÍAS

23/12/2018

Solanar

Juan José Francisco
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En el solanar se está bien en esas horas tontas de la tarde que preceden al trajín del anochecer, cuando los hombres regresan a la casa y hay que prepararles la cena mientras ellos arreglan los animales en las cuadras, dejándoles  los pesebres bien repletos de cebada. Animales y hombres llegan derrengados.
Pero justo ahora, zurciendo pantalones de una pana gastada, una puede respirar con cierto alivio y olvidarse de ese eterno dolor de espalda que la acompaña desde que tuvo que parir a su quinto hijo, ese que tanto añora. Antonio, su difunto marido, la dejó sola demasiado pronto por culpa de unas maltas mal curadas. Si es que con tanta faena en casa no había tiempo ni para ponerse malo...
En su fuero interno, justo en ese ratico en el solanar, siente que lo quiso mucho, que lo quiso bien, que jamás le quitó la razón delante de la gente y que no tenía más remedio que entender la marcha del último vástago ante la ira y disgusto de su padre, contrario a restar manos en el trabajo diario.Pero ella sabe que el enfado de Antonio iba más allá de la contrariedad que produce perder fuerza de trabajo: ese hijo tenía determinación y fe, quería medrar y le sobraba valentía. Todo lo que él nunca tuvo.
Le irá bien -piensa-, pero ella es muy probable que ya no lo pueda comprobar. El norte de Francia está muy lejos de ese pueblo que socarra la piel en verano y agosta el ánimo en los oscuros y gélidos inviernos.
Los hijos que están en casa, cuatro hombres que no le dan tregua, apenas piensan más allá del día a día, de tal o cual oveja o de que la cuerda del pozo está desgastada. Lástima que tengan tan pocas luces porque, si es verdad eso que dice el páter sobre la quema de iglesias en las capitales y que los comunistas quieren quitar las tierras, aquí se va a armar gorda y a estos me los conozco, que todo lo quieren solucionar a trompazos. Ay, Antonio, cómo se nota tu falta. En el solanar ya no queda ningún rincón para el sol y la labor de zurcido está acabada. Un escalofrío recorre su maltrecha espalda cuando se levanta de la silla, demasiado baja ya para su edad. A ver cuánto duran estos remiendos porque en la tienda ya no le fían ni para las telas.

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