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Sábado, 22 de septiembre de 2018
BOLLIGANDO
Cruz Aguilar

13/8/2018

Veraneo en el pueblo

Los grandes recuerdos de mi infancia, de mi vida, huelen a calor, a baños en la acequia y a noches en la fresca. Yo no veraneaba en un pueblo, yo vivía todo el año en el pueblo, pero en verano seguía estando allí porque antes la gente no se iba de vacaciones como ahora, y menos si tenían ganado y una puerta abierta al público como era el caso de mi familia. 
Pero de todas formas el verano era el mejor momento del año porque pasábamos en la calle todo el tiempo que no estábamos durmiendo o comiendo desde las 12 de la mañana hasta las 12 de la noche, cuando sonaban las campanas de la iglesia, que era el momento en el que todos nos íbamos a casa. No había discusiones con los padres por pedir que nos dejaran un poco más ya que no hubiera servido de mucho, todos teníamos la misma orden, cuando tocaban las 12, a casa. 
Los niños desde bien pequeños íbamos solos por las calles, pero en las calles siempre había gente por la noche tomando la fresca. Los críos jugábamos (y siguen jugando) a pillar y vale para esconderse cualquier rincón dentro del casco urbano del pueblo. Recuerdo muchas veces llegar a casa llena de telarañas o de polvo por haberme tumbado en la puerta de una casa cerrada desde hace tiempo a esperar a que me encontraran. 
En los pueblos no hay vados porque todo el mundo sabe que en determinados puntos, que es donde se ponen a la fresca los vecinos, no hay que aparcar.  También es una ley no escrita que entre las 3 y las 4:30 no hay que hacer ruido porque es la hora de la siesta. Los otros juegan al guiñote. 
Cuando era pequeña no teníamos piscinas y nos refrescábamos en las balsas de riego, compartiendo espacio con culebrillas y ranas. A algunos les sonará bucólico, a otros les dará asco, pero era la realidad del verano. Si querías bañarte, o algún padre se enrollaba y nos limpiaba una balsa o tenías que remojarnos con cuidado de no tocar el suelo, porque el agua estaba cristalina, pero el fondo lleno de barro.
Ahora salgo por la noche en mi pueblo a la fresca y veo que cuando tañen las campanas los críos se van a casa. Hay cosas que nunca cambian y me gusta que sigan así.

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