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Jueves, 15 de noviembre de 2018
COMARCAS
Redacción

4/9/2018

Gúdar-Javalambre, territorio medieval: Grandes casonas con ventanas geminadas y arquivoltas que muestran un importante pasado
Vista aérea de la masía y del molino de las Alcafas (Cabra de Mora).  Qualcina
Vista aérea de la masía y del molino de las Alcafas (Cabra de Mora). Qualcina

Por Javier Ibáñez

A diferencia de la traza urbana, que tiende a fosilizarse y a perdurar en el tiempo, la arquitectura doméstica en los medios urbanos suele tener una existencia tasada. La disponibilidad de espacio urbano era limitada dentro de los recintos amurallados o al amparo de las fortificaciones, lo que favorecía la sustitución de los edificios cuando estos dejaban de cumplir razonablemente el cometido para el que fueron construidos. De esta forma, en el medio urbano, los edificios de viviendas se fueron renovando paulatinamente, sucediéndose en la mayor parte de los casos dos o tres generaciones de casas desde la repoblación hasta los edificios que han subsistido hasta nuestros días, que en su mayor parte suelen ser del siglo XVIII o del XIX. La excepción suelen ser las casas solariegas, cuya renovación dependía de que los titulares pudieran construir un edificio de mayor empaque. Aún así, son muchos los elementos de posible origen bajomedieval que perviven, reutilizados en construcciones posteriores.

Construcciones con empaque

Como veremos más adelante, la situación es radicalmente distinta en las masías, en las que el problema del espacio es secundario, respecto a las ventajas de la reaprovechamiento de los edificios obsoletos.

En los cascos urbanos de Rubielos, Mora, Mosqueruela y Sarrión subsisten buenas muestras de arquitectura doméstica de origen bajomedieval, pese al apabullante dominio de las casonas y de la arquitectura de Edad Moderna. En todos los casos se trata de construcciones de un cierto empaque. Posiblemente, el caso más notable es el denominado Palacio del Rey Don Jaime de Mosqueruela, considerado uno de los mejores ejemplos del gótico civil levantino en Aragón. Adosado a la muralla (ocupando un torreón semicircular), fue construido en fechas muy avanzadas del siglo XIV o ya en el siglo XV. Pese a que la tradición lo vincula con el rey Jaime I, en realidad pertenecía a los Gil de Palomar, la familia más poderosa de Mosqueruela durante el medievo, pasando posteriormente a los señores de Argavieso.

También es muy notable el palacio que los Gil de Palomar poseían en el extremo opuesto de esa misma calle y que incluía una torre-puerta de la muralla. Documentado desde 1418, actualmente se le conoce como el Antiguo Hospital, ya que esta familia lo donó para que desempeñara dicha función. Posteriormente, financió una profunda reforma en 1557 (fecha que aparece en el escudo de la fachada), plagada de reminiscencias góticas.

En Rubielos de Mora también se conserva un pequeño repertorio de arquitectura civil privada de origen medieval. El edificio más interesante se encuentra en la calle Ygual y Cano, nº 16, que posee una portada de traza gótica, con al menos tres arquivoltas y unos sencillos capiteles con decoración lineal; esta portada quedó oculta tras una reforma en el siglo XVII, recuperándose más tarde durante la rehabilitación del edificio. También es muy curiosa la viga con escudos de Aragón y emblemas de clara raigambre medieval, reutilizada en un edificio de la plaza del Ayuntamiento.

El repertorio se completa con algunas casonas de la plaza de la Iglesia de Mora (una con un par de ventanas geminadas trilobuladas y multitud de fases constructivas) y con los deteriorados restos del Palacio de Ventivilla de Sarrión. 

Las masías

El mas, masía o masada es la forma más característica de poblamiento disperso de este territorio, estando presentes en todos los municipios de la Comarca. Se trata de pequeños núcleos de habitación, generalmente de una familiar, que constituyen una unidad de explotación económica de carácter agropecuario y forestal.

Se adaptan perfectamente a la compleja orografía y la fragmentación y dispersión de los recursos de este territorio, lo que favoreció su masiva implantación. Empezaron a generalizarse a partir de mediados del siglo XIII, en un momento avanzado de la repoblación aragonesa. Se instalaron en la periferia de villas y aldeas (creadas unas décadas antes), junto a espacios agrícolas alejados de estas, complementando su explotación con el aprovechamiento de pastos y bosques circundantes.

Durante la Baja Edad Media proliferaron de forma muy notable; se calcula que pertenecen a ese momento al menos las dos terceras partes de las 870 "masías tradicionales" registradas en la Comarca; su ritmo de formación fue mucho menor durante la Edad Moderna. En el siglo XIX y principios del XX se crearon unos 480 "masicos" o "casetos", versión más precaria y perfectamente diferenciada, de la masía tradicional.

A diferencia de lo que sucede en las viviendas de los cascos urbanos, en un porcentaje elevado de las masías de origen bajomedieval de la Comarca se conservan estructuras asimilables a este periodo, constituyendo, sin duda, el más amplio repertorio de arquitectura doméstica medieval de la Comarca. Esta pervivencia obedece, en gran medida, a la inexistencia del factor limitante del suelo; en el caso de las masadas, resultaba más cómodo ir creciendo en superficie, edificando los nuevos bloques constructivos contiguos a los antiguos, que en muchos casos quedaban semiocultos; las construcciones antiguas se reaprovechaban, reponiendo los materiales deteriorados y readaptando el antiguo edificio a funciones secundarias. Sólo se demolía, cuando el agotamiento de las estructuras las hacía irrecuperables; y aún así, se solían mantener aquellas partes aprovechables. De esta forma, gracias a ese proceso acumulativo, se han conservado abundantes estructuras antiguas; y el caserío de las masías de origen medieval suele ocupar una amplia superficie (con frecuencia más de 400 metros cuadrados de planta). Dentro de este conjunto se integran las masías fortificadas, a las que ya se hizo referencia en el reportaje del pasado 12 de agosto.

Por desgracia, gran parte de las masadas tradicionales (al igual que de los masicos) se están hundiendo a pasos agigantados y son, con diferencia, la parte del Patrimonio Medieval más amenazada.

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