Martes, 31 Enero 2012
LA BURBUJA
Este pasado fin de semana ha seguido siendo noticia la tragedia coruñesa. Me han conmovido las declaraciones de la mujer de uno de los policías, Javier López López (ese nombre es un homenaje impagable al humilde policía español), tragado por el mar y ya devuelto a la tierra, a la tierra para siempre.
Loreto, la mujer, explicaba que ya no sentía inquietud cuando el marido salía de servicio. No siempre fue así: los años en el País Vasco, bajo constante amenaza, les habían marcado la vida.
Pero la muerte, sin duda heroica, la había encontrado ahora. Quizá no constituya una perversidad decir que este hombre fue alguna vez objetivo etarra. ¿Qué pensarán ahora quienes, siquiera maquinalmente, desearon su muerte?
¿Se alegrarán de esta tragedia entre las olas, tratando de salvar a un náufrago? ¿Solo celebraban las víctimas propias?
No olvidemos que han decretado el silencio de las armas, pero no el de las conciencias, pues jamás hablan de arrepentimiento. Es la terca sombra del odio, su iniquidad.
Me viene a la memoria el Teruel de los noventa. Un compañero de trabajo, simpatizante de la «lucha armada», contemplaba en la prensa la foto de un policía abatido por ETA: «vaya cabrón, tenía cara de que lo mataran». Cuánto odio. El sacrificio de Javier López es un antídoto.