Miércoles, 01 Febrero 2012
LA BURBUJA
No sé si la compleja aventura –el vuelo truncado– de Spanair tiene algo que ver, por lo que a nosotros respecta, con el conocido refrán: cuando las barbas de tu vecino veas pelar, por las tuyas a remojar. Ya sé que no es el caso, que aquí no se apostó por una compañía de aviación –aunque todos recordamos aquel desliz baturro sobre el puente aéreo–, sino por algo más pegado al suelo: una ancha y kilométrica pista de aterrizaje.
Hay indicios de que dedicándola al desguace de los viejos, renqueantes pájaros de hierro no corremos los mismos riegos de tantos aeropuertos españoles sin otra actividad que la generada por los acreedores.
Es un consuelo que este de Caudé, si la cosa tira –y aunque termine convertido en un grandísimo cementerio de chatarra, en contraste con nuestro bizarro mudéjar, nuestro delicado modernismo y nuestro limpio paisaje– tenga algún sentido.
Pero la catástrofe de Spanair sí ofrece enseñanzas sobre las apuestas políticas no ya caras, sino a menudo inviables.
Sí late en el fondo el mismo desorden de conceptos, ese modo temerario de gastar (que no es lo mismo que invertir), esa perversa afición al hecho consumado (con las arcas consumidas), y esa opaca sensación de impunidad que ha permitido a tantos gestores no temer siquiera que les corten las barbas.