Sábado, 21 Agosto 2010
TRIBUNA ABIERTA
Vicente Altaba. Delegado Episcopal de Cáritas Española
Si el agua resulta siempre un elemento imprescindible para nuestra supervivencia y bienestar, parece evidente que durante el verano y en la etapa de las vacaciones lo es todavía más. Pasemos las vacaciones en la costa o en la montaña, en un pequeño pueblo o en la ciudad, ahí está el agua acompañándonos en el descanso estival.
Si vamos a la costa, el agua nos ofrece múltiples posibilidades para disfrutar: la brisa suave del amanecer a orillas del mar, un baño cuando aprieta el sol o un paseo para disfrutar de una puesta del sol en el horizonte inmenso del mar.
Si vamos a la montaña, por más que digamos que somos de secano y que lo nuestro no es el agua, disfrutaremos de ella paseando a la orilla de un pequeño río, zambulléndonos en un pantano o simplemente haciendo de las fuentes en cañadas y pinares el lugar de nuestros paseos o de una excursión buscando el merendero para celebrar un reencuentro o una comida familiar.
Hoy, hasta en los pueblos más pequeños de nuestra provincia se ven piscinas, sea en el patio de una casa restaurada o en el polideportivo municipal. Y, además de piscinas, grandes balsas para los ganados y también para el acopio de agua por si llega un incendio que hay que controlar.
El agua que nos acompaña siempre y sin la que resulta imposible vivir se hace más presente de múltiples formas en nuestro verano, sin olvidar la que disfrutamos y bebemos en las más variadas formas de refrescos que nos ofrece el mercado.
Todos, en alguna medida, podemos decir que nuestras vacaciones están pasadas por agua. Agua refrescante, tonificadora, reparadora. Pero mientras muchos disfrutamos así del verano y del agua, millones de personas en Pakistán han visto cómo el agua se llevaba a sus seres queridos, sus casas y ganados en unas inundaciones que algunos ya califican de más dramáticas, por la magnitud de las consecuencias y del número de víctimas, que lo que fue el Tsunami o el terremoto de Haití.
La dispersión del verano y, tal vez, la distancia cultural con ese país, hacen que la información nos llegue muy amortiguada y la realidad nos resulte lejana, pero no podemos ignorar que los datos son estremecedores. Lo que se está viviendo en Pakistán es una verdadera catástrofe humanitaria con una quinta parte del país bajo el agua y millones de personas a la intemperie, necesitadas de urgente asistencia. Son casi 20 millones las personas afectadas.
Anila Gill, secretaria general de Cáritas Pakistán, nos dice que la situación es cada día más apremiante y que se necesitan donaciones que puedan paliar las necesidades básicas de los afectados. “La prioridad –dice- es asegurar que la gente tenga comida, agua, albergue y asistencia médica. Muchísimas personas están en serias dificultades. Es una situación muy difícil para aquellos que lo han perdido todo y tienen que depender de otros hasta para tener un poco de agua para beber”. Después vendrá la tarea de identificar infraestructuras, como carreteras, puentes y acequias que haya que reconstruir.
Los esfuerzos de auxilio han comenzado, pero la respuesta internacional está siendo lamentablemente lenta e insuficiente: la ONU ha solicitado urgentemente 460 millones de dólares en concepto de asistencia inmediata, pero apenas el 40% de dicha suma ha sido efectivamente entregada.
Las agencias humanitarias advierten que sin un incremento inmediato de la ayuda, las víctimas mortales podrían alcanzar cifras escalofriantes. Juntos podemos ayudar enviando dinero directamente a través de organizaciones de ayuda humanitaria y presionando a nuestros gobiernos para que intensifiquen sus esfuerzos. Demostremos a nuestros líderes lo que es la solidaridad exigiéndoles que se unan a esta respuesta global.
Mientras disfrutamos del verano y del agua no olvidemos que hay muchas vidas que se están viendo pasadas y sobrepasadas por el agua y necesitan nuestra solidaridad.