Cada Vaquilla es la misma y distinta a la vez. Supongo que eso es parte de la magia. Va pasando la vida, la nuestra, la de los nuestros y la de los otros, y cada año no dejamos de sentir esa especie de gusanillo de lo novedoso, de la sorpresa de la Vaquilla del año que nos toca, que recién nos llega siempre como una desconocida, sugestiva, inédita, a pesar de que nos sabemos el programa al dedillo, hasta con las comas. Cada año que nos atamos de nuevo al cuello el pañuelico, sentimos la misma novedosa emoción, el mismo ligero cosquilleo en un ritual que nos envuelve de sentimientos tribales, que nos bautiza y confirma como TUROLENSES, ese título tan difícil, tan duro a veces, tan hermoso y que con tanto orgullo presumimos de llevar . Y es que todo turolense podría escribir una biografía colocando uno tras otro, en fila, los recuerdos de sus Vaquillas.
Fiestas vividas de niños bailando de la mano de los padres, de adolescentes con las manos anhelando libertad dentro de los bolsillos, de jóvenes ya de manos emparejadas… aquella Vaquilla de locura total, desternillante, ¿delirante?, aquella otra más triste, la siguiente en la que no sabías dónde colocar a tantos amigos que se te apuntaron a última hora, la del amor, la del desamor, la de volver al amor… la de la mano del hijo en tu mano… Historias de nuestras vidas en que los escudos sobre la casaca son como las piedrecitas de colores que iluminan el camino hecho y dejan espacio paciente al por hacer.La noticia completa, en la edición impresa.
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