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Procesiones de Semana Santa: Jesucristo se despide de su madre en un desgarrador Encuentro en Alcañiz Procesiones de Semana Santa: Jesucristo se despide de su madre en un desgarrador Encuentro en Alcañiz
Los niños dieron vistosidad al desfile. M. N.

Procesiones de Semana Santa: Jesucristo se despide de su madre en un desgarrador Encuentro en Alcañiz

La emocionante jota, esta vez entonada por la alcañizana Isabel Rocatín, vino en 2017 para quedarse
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La jota del Encuentro ha venido para quedarse en Alcañiz. Si en 2017 Julio Latorre puso los pelos de punta en San Francisco y en 2018 en los Almudines, la segunda vez acompañado de la valdealgorfana Cristina Fuentes, este año se encargó de la tonadilla la alcañizana Isabel Rocatín, que emocionó a sus convecinos en el preciso instante en que Jesús de Nazaret y su madre se encontraron en la parte alta de la ciudad.

“Suenan roncos los tambores/cargados de sufrimiento/dos miradas que se enlazan/cuando llegan al Encuentro”. Esta fue la cuarteta que la alcañizana echó al aire, acompañada de la banda de tambores de Martes Santo –tomó el relevo del tambor de Carlos Quílez, presidente del grupo folclórico Malandía–, ante la iglesia de San Francisco mediada la procesión del Vía Crucis.

La jota llegó después de que el párroco diera lectura a la Estación del Encuentro, la cuarta y probablemente la más emocionante del Calvario. Los diez portadores del paso de Jesús Nazareno y otros tantos de la Virgen de los dolores caminaron frente a frente en una de las imágenes más características de la Semana Santa alcañizana. Primero, el silencio. Después, los tambores que acompasaban la Pasión de Cristo y el chorro de voz de la jotera local. 

Este fue el tercer año en que tuvo lugar esta saeta a la aragonesa, introducida hace dos años en el Vía Crucis por la cofradía del Santo Entierro, que es la que organiza la procesión. Su presidente, Alfredo Barberán, destacó que las tres veces que se ha hecho “ha sido un éxito” y, “si no cambia la cosa, lo vamos a tener como tradición para siempre”, indicó.

No obstante, el responsable reconoció que en su momento “la decisión fue bastante arriesgada”, pues la Semana Santa de Alcañiz es poco amiga de cambios y novedades. “Pero la iniciativa ha sido bien vista, bien reconocida y a la gente le ha gustado mucho, tanto por la parte alta como por la parte baja”.

De esta forma, Isabel Rocatín se suma al breve listado de cantadores y cantadoras que han participado en el Martes Santo alcañizano, después del montalbino Julio Latorre y de la valdealgorfana Cristina Fuentes. 

El primero abrió fuego en 2017 en el mismo punto donde la jotera local emocionó anoche, y la segunda le acompañó el año pasado en un tonadilla a dúo que hizo brotar lágrimas de fervor y fe en la parte baja.

Cientos de personas

Según destacó Barberán, en esta procesión pueden llegar a participar unas 600 personas a las que dan orden y solemnidad una veintena de cetrilleros que velan por que el desfile se desarrolle con “una seriedad, un respeto y que no haya ningún percance”.

Son miles las personas –vecinos, hijos del pueblo que viven fuera y los primeros turistas– que contemplan la procesión, que supone el primer gran acto de cuantos se celebran estos días en la capital del Bajo Aragón.

En esta ocasión, se desarrolló por la parte alta de la ciudad. Uno a uno, de la iglesia de Santa María fueron saliendo hacia la calle Alejandre la bandera del Santo Entierro, la Cruz Guión, las 14 estaciones con sus 14 faroles  –portados por niños vestidos con túnica y tercerol negro y fajín morado–, la Virgen de los Dolores, la Oración en el Huerto, la Burreta, la Entrada en Jerusalén, las Sibilas, las hebreas portando laurel y olivo, las figuras bíblicas, la Banda de Tambores –precedida por un aluvión de infanticos con túnica azul–, el Nazareno y los soldados romanos.

Para rematar el desfile, los mayordomos (Carmen Seguer, Vicenta Sevil, María Pilar Pina, Ramón Fernández, Miguel Ángel Gil y Jesús San Nicolás) y la priora, honor que corresponde este año a Sara Cebrián, una vecina que llegó a presidir la Cofradía de la Soledad. Tras ellos, los tres antorchones que cierran desde hace unos años para dar empaque. 

Todos los portadores de pasos iban vestidos de negro, con fajín morado y la cara descubierta. La banda de tambores portaba túnica azul, el mismo color que engalanaba los instrumentos, con crespón negro. Eran los únicos con capirote, de color morado. En el pecho, el escudo de la cofradía.

Tras el encuentro, la Virgen se situó tras el Nazareno. El desfile enfiló entonces por la calle Baja, para seguir por la calle del Carmen, plaza Mendizábal, calle Blasco y subida del Teatro para acabar recogiéndose en la iglesia.

Se rezaron las 14 estaciones de la pasión y muerte de Jesucristo, desde el momento de su condena hasta su sepultura, pasando por la carga de la cruz, las tres caídas, el encuentro, la ayuda de Simón el Cirineo, el paño de la Verónica, el consuelo de Cristo a las mujeres de Jerusalén, la retirada de las vestiduras, la crucifixión, la muerte y el descendimiento.