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Las voluntarias de la Asociación Española Contra el Cáncer de Calamocha durante la distribución de las bolsitas entre todas las mujeres que cosieron mascarillas durante el confinamiento

Bolsitas hechas con antiguos ajuares que son ya parte de la historia de Calamocha

Las 46 mujeres que cosieron mascarillas para todos los vecinos han recibido un regalo especial
Cruz Aguilar

Al grito de ¡Vamosss! 46 mujeres de Calamocha cosieron mascarillas que han servido “de escudos protectores de algodón” para las bocas de todos los vecinos, fuera cual fuera su edad. Las hicieron con sus propias telas y también con ajuares propios y donados por muchas personas del pueblo. Los bordados que las ilusionadas novias confeccionaron para cubrir sus camas matrimoniales fueron guardados y ahora se han convertido en la decoración perfecta para unas pequeñas bolsas que, con su mascarilla a juego, les van a recordar de por vida a cada una de las voluntarias un pedazo de la historia de España y el mundo en el que ellas mismas se convirtieron en protagonistas.

Protagonistas de una coreografía que –como les dice María Eugenia Martínez Cebrián, que fue la coordinadora del equipo– “sin ser ensayada tomaba cuerpo y dimensión artística porque, para bailar al ritmo de la solidaridad, solo hacen falta ganas”.  

Martínez Cebrián es la presidenta de la Asociación Española Contra el Cáncer en Calamocha y la idea de coser mascarillas surgió del grupo de costura que tiene esta agrupación, que incluye a 7 mujeres. Ellas fueron las encargadas de tejer las bolsitas y mascarillas que han servido para agradecer la labor a todas las voluntarias. También ha sido una forma de conservar esos bordados realizados con esmero por varias generaciones de calamochinas. Las familias pasaban años preparando los ajuares para sus hijas, cosiéndolos o encargándolos, pero siempre garantizado que a la joven novia no le faltara ropa de cama en el matrimonio que pronto comenzaría.

La coordinadora enviaba las sábanas de los ajuares a las voluntarias para que las cortaran y, cuando le devolvían las mascarillas ya cosidas, incluían en el paquete los bordados. Con todos ellos María Eugenia Martínez Cebrián elaboró lotes, a los que añadió cintas de colores, para que las 7 voluntarias de la Asociación Española Contra el Cáncer cosieran bolsitas y mascarillas. Cada una de las costureras se las apañó para colocar los bordados de la forma más decorativa y el resultado son unas bolsas que no son solo bonitas, sino también el testimonio de una pandemia que se ha cobrado miles de vidas en España y del derroche de solidaridad que han demostrado las mujeres de Calamocha, unas cosiendo y otras cediendo sus tesoros de tela.

Había tantos bordados que salieron en torno a un centenar, una cifra muy superior a las 50 que hacían falta para distribuir entre los colaboradores. A las 46 mujeres se sumó un conjunto para el archivo, “al fin y al cabo es historia de nuestro pueblo”, dice la coordinadora; también para el Ayuntamiento, donde aún está pendiente entregarlo; la lavandería local, que se ocupó de desinfectar todos los materiales elaborados en casas particulares, y a la persona que metió una a una todas las mascarillas en fundas para repartirlas entre los vecinos.

“Cuando recibí las bolsitas no me atreví a tocarlas, era como si desmontara un tesoro y decidí que el reparto había que realizarlo entre todas”, relata. Por eso esperó hasta que se pudo juntar con las otras 7 voluntarias del Cáncer y distribuir el material entre todas las colaboradoras. En cada paquete se incluía una gran tarjeta realizada por Bárbara Bujeda, otra mujer de Calamocha que no colaboró en la costura, que agradeció así el trabajo de sus vecinas. 

Martínez Cebrián anunció por el grupo de WhatsApp –denominado Mascarillas– que iba a hacer un nuevo envío de materiales, “y muchas pensaron que era para hacer más protecciones y desempolvaron las máquinas”, comenta la impulsora del proyecto. La recepción de su regalo fue un momento emocionante, pero aún quedaba otra sorpresa, y era el vídeo que la propia María Eugenia Martínez Cebrián les había preparado con ayuda de su hijo. 

También la coordinadora y Enrique Sánchez, que fue el encargado de tejer la red para distribuir los materiales por todo el pueblo, tuvieron su sorpresa y a sus manos llegó una mascarilla con su propio nombre. Por otro lado, Enrique Sánchez atesora otro regalo, una bolsa con una gran flor similar a la del azafrán que recoge de sus campos.

Sororidad en mayúsculas

Sororidad es una palabra que ahora está muy de moda y que hace referencia al apoyo entre mujeres que, muchas veces y por desgracia, se queda solo en el papel. En el caso de Calamocha el Covid-19 la ha llevado a la práctica. Se ha tejido una red femenina entre personas que no se conocían pero que, desde el confinamiento, saben que cuentan con hombros en los que apoyarse. “Nos ha unido mucho”, reconoce la presidenta de la AECC, que añade que han llorado juntas aunque desde la distancia y, ahora, cuando se encuentran en el paseo, se dan cuenta de que las lágrimas que muchas de ellas vierten crean más apego que los abrazos, aún prohibidos para evitar un posible contagio.

Han trabajado mucho, pero también han tenido en esa labor solidaria una forma de llenar el tiempo con algo útil. De momento el grupo Mascarillas sigue abierto y se activará de nuevo si hace falta. “Firmaron un pacto de compromiso con la sociedad, con su pueblo y con ellas mismas”, como dice la coordinadora de la iniciativa en el vídeo, aunque en el fondo de su corazón todas confían en poder utilizar la unión para otros proyectos, también solidarios, pero que no tengan un precio social tan alto.