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Varios miembros de la expedición de los almorávides, observando el territorio antes de la batalla. Tamara López Sánchez

Cutanda fue testigo hace 900 años de una batalla crucial durante la Reconquista en el Reino de Aragón

El pueblo recuerda el hecho de forma virtual el fin de semana

La recreación de la batalla de Cutanda, que se celebra en esta localidad del Jiloca desde 2015, mantiene su celebración entre el 12 y el 14 de junio, pero sustituyendo los actos presenciales por otros de carácter virtual. Esta edición reviste un especial interés porque se cumple el 900 aniversario de este acontecimiento bélico y porque al mismo tiempo estrena su declaración como Fiesta de Interés Turístico Autonómico, un reconocimiento que fue otorgado por el Gobierno de Aragón a principios de este año. Podrá seguirse a través de la web https:www.batalladecutanda.com/recreacion-2020 así como a través de distintas redes sociales, como Facebook o Instagram, además de en YouTube. 

¿QUÉ PASÓ EN LA BATALLA DE CUTANDA?

Por J. Ibáñez González & R. Sáez Abad

Rabi’al-Awwal, a 514 años de la Hégira (mayo-junio de 1120). Hacía más de dos semanas que la expedición de los murabit (almorávides) había partido del valle del río Grande (wadi al-kabir, Guadalquivir), con destino al río Ibro (wadi-Ibro, río Ebro). Habían recorrido unas trescientas millas hasta llegar a Tirwal (Teruel); y aún les faltaban casi otras cien para llegar a Saraqusta (Zaragoza), ciudad ocupada por los infieles desde finales del sha ban del año 512 (diciembre de 1118). Este último trayecto era el más comprometido, ya que discurría cerca del territorio enemigo, hasta adentrarse totalmente en él; si los aragoneses no hubieran salido al paso, en tan sólo cinco jornadas habrían cruzado las últimas sierras, llegando hasta el castillo de Muwala (Muel), cerca de las puertas de Saraqusta.

Se trataba de un ejército muy poderoso, comandado por Ibrahim ibn Yusuf, gobernador de Ishbiliya (Sevilla) y hermano del emir Ali ibn Yusuf. Estaba formado por 5.000 jinetes, 10.000 infantes e infinidad de voluntarios. No en vano, el alim Abu Ali al-Sadafi había predicado la yihab y, pese a su avanzada edad, acompañaba a la expedición; había nacido cerca de Saraqusta, en tiempos en los que al-Muqtádir reinaba en esta ciudad, y que había conseguido extender sus dominios hasta al-Daniyya (Denia).

Tirwal era un castillo situado en las proximidades de la confluencia del río Rojo (wadi al-Hamra, Alfambra) en el río Blanco (wadi al-Abyad, Guadalaviar). Este enclave ya había visto pasar, ochenta años antes, a otro gran ejército, comandado por Abd al-Rahmán ibn Muhámmad (Abderramán III); también se dirigía a Saraqusta, en este caso a combatir a los levantiscos tuyibíes. Pero el ejército del primer califa de al-Ándalus siguió el camino del castillo del Llano (hisn al-Sahla, Cella). El camino de Qutanda era un poco más largo; desde hacía unas décadas, se utilizaba habitualmente entre Balansiya y Saraqusta; y era el que mejor podía abastecer de alimentos y agua a tan nutrida tropa, y a la importante recua de bestias de carga y montura que la acompañaba, y que incluía no pocos camellos.

Tras levantar el campamento de Tirwal, los murabit ascendieron por el estrecho valle del río Rojo, transitando por un camino que cruzaba varias veces el curso fluvial. Su fértil vega se regaba gracias una red de acequias, que permitían aprovechar al máximo sus aguas, reduciendo notablemente su caudal. A ambos lados del valle, sobre unas lomas rojas y blancas, se asentaban infinidad de alquerías, una cada menos de dos millas; casi todas se encontraban al amparo de una pequeña torre defensiva, que permitía a sus habitantes refugiarse en caso de peligro.

Muchas de estas alquerías tenían parte o todas sus casas excavadas en la blanda y blanca roca, con varias salas distribuidas en dos o tres alturas; estas cuevas labradas horadaban las laderas de los montes próximos al río; y se abrían al exterior mediante puertas y ventanas tan estrechas, que casi pasaban desapercibidas en el cortado rocoso.

El distrito de Tirwal acababa junto a uno de los principales azudes del río Rojo, situado a una once millas. Esta derivación de las aguas se encontraba próxima a una de estas alquerías con cuevas, al pie de un pequeño, pero aguerrido castillo, protegido por un ancho foso excavado en la roca. A partir de este punto, se iniciaba el distrito del castillo Rojo (al-Hamra, Alfambra).

La vega se ensanchaba poco antes de llegar al castillo Rojo; y los montes que la flanqueaban dejaban paso a bajas lomas arcillosas. Tan sólo había un estrecho y alargado cerro en el centro del valle, ocupado por la fortaleza. Sus muros eran de piedra y yeso, destacando una esbelta torre de sillería, situada en la parte más alta; junto a esta, había un gran aljibe, que consiguía purificar las aguas de los tejados gracias a su sistema de decantación.

Al día siguiente, la expedición prosiguió su ruta, adentrándose en un territorio cada vez más peligroso. El camino de Saraqusta continuaba junto al río Rojo, hasta llegar a una estrecha cañada que ascendía al altiplano; pero este último paso era muy adecuado para sufrir una emboscada, por lo que los murabit prefirieron tomar una senda, más incómoda pero despejada, que partía de las proximidades del castillo Rojo.

Tras abandonar definitivamente la verde y fértil vega, el ejército se adentró por un extenso llano, cubierto de carrascas. En este territorio escaseaba el agua y estaba mucho menos poblado; los escasos lugares habitados se encontraban en la cumbre de cerros aislados, fácilmente defendibles.

Fuentes Calientes

A algo más de ocho millas del castillo Rojo, llegaron a otra pequeña huerta, alimentada por las aguas de unas fuentes que dicen que son calientes. El manantial se encontraba en la parte baja de un monte, en cuya cumbre había una pequeña fortificación.

Desde allí se adentraron en un amplio collado, donde nace el río cuyas aguas riegan buena parte de las tierras del distrito de Qutanda (río Pancrudo). Al final de la jornada, el campamento se instaló al pie de un castillo situado en la cumbre de un alto monte, que marcaba el inicio de un territorio mucho más quebrado.

A partir de aquí, el riesgo de un ataque infiel era cada vez mayor. El camino de Saraqusta seguía paralelo al curso del río, por la incómoda ladera de varios montes. Estaba protegido por una pequeña fortificación, encaramada en una peña, sobre las casas del río (Alpeñés). Después, penetraba en el interior de un angosto, en cuya parte final había otra pequeña fortificación, construida con grandes bloques de piedra. Este enclave marcaba el inicio del distrito de Qutanda. Pero, aunque se trataba del trayecto más rápido, el terreno era muy propicio para sufrir una emboscada; y los infieles podían no estar muy lejos. Por ello, la expedición lo evitó, dando un rodeo y discurriendo por una vaguada mucho más amplia, hasta llegar al puerto que descendía nuevamente al río que cruzaba el distrito de Qutanda. Era un recorrido más largo, y no exento de peligros, pero que también acababa a la salida del angosto, permitiendo retomar el camino de Saraqusta.

A partir de este punto, el trayecto discurrió por la vega del río. Era más estrecha y menos fértil que la del río Rojo, pero también se encontraba densamente poblada, con alquerías cada dos millas, protegidas con torres. De una de ellas, situada a casi tres millas del angosto, cuentan que parte un túnel que llega hasta el mismísimo castillo de Qutanda, aunque nadie lo ha visto.

Un poco más adelante, frente a una pequeña fortificación, en camino abandonaba el valle; y tras cruzar una cañada, se adentraba en una vaguada que conduce hasta Qutanda. Su castillo se encontraba en lo alto del cerro; el caserío estaba a sus pies, en un pequeño rellano; y más abajo, una pequeña huerta.

El campamento se instaló en un terreno casi llano, al amparo del Castillo. Ocupó un espacio de más de 600 codos de lado, formando una efímera ciudad, en la que se agolpaban soldados, voluntarios, monturas y bestias de carga.

Llegaron noticias de que los infieles estaban sitiando el Castillo de Ayyub (Qalat Ayyub, Calatayud), situado a dos jornadas de distancia; y que era posible que ya hubieran salido a su encuentro, lo que hizo crecer aún más la inquietud. Pero nadie pudo prever lo que les esperaba la jornada siguiente, yawm al-khamis, día 11 de rabi al-awwal a 514 años de la Hégira (17 de junio de 1120), seis días antes del mawlid.