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Hostelería rural: el difícil equilibrio entre sobrevivir o echar el cierre Hostelería rural: el difícil equilibrio entre sobrevivir o echar el cierre
Asunción Vicente (izda.) y Nieves Agustín, en la barra del bar del hostal Las Grullas de Tornos. EFE/María Rosa Lorca

Hostelería rural: el difícil equilibrio entre sobrevivir o echar el cierre

La pandemia pone en una situación crítica a estos establecimientos

M. Rosa Lorca/EFE

Los pueblos de alrededor de la Laguna de Gallocanta, a caballo entre los límites provinciales de Teruel y Zaragoza, celebrarían este fin de semana la fiesta de despedida de las grullas, un acontecimiento que llenaría los caminos rurales de turistas y los hoteles y hostales de la zona, que ahora se debaten entre sobrevivir o echar el cierre definitivo por las restricciones de la pandemia de Covid-19.

Las nevadas de diciembre y enero y el ascenso de temperaturas en las dos últimas semanas han favorecido la germinación del cereal que ahora verdea todos los campos de las comarcas del Jiloca y de Campo de Daroca, los rigores de las últimas borrascas aún se dejan observar en el tono amarronado que las históricas heladas han dejado en pinos y laureles y en algunos chopos caídos por el viento que salpican zonas yermas, mientras los grajos solitarios saltan de un lado a otro en busca de pequeñas presas.

El día ha salido cubierto con viento algo desapacible que pronto se lleva las nubes y deja el cielo surcado de jirones blancos a los que una laguna de plata con las primeras luces del atardecer devuelve una imagen borrosa.

Apenas se observa algún tractor a lo lejos; la faena ahora, a la espera de la cosecha, se hace a cubierto, en las granjas de porcino que no han dejado de proliferar en estas frías tierras como garantía de sustento de quienes aún prefieren quedarse.

Sin la agricultura algunos hosteleros de la zona no habrían podido sobrevivir o lo habrían hecho a duras penas durante este último año de pandemia, sin clientes y sin viajeros, pero también porque en su mayoría son negocios familiares, como el Hostal Las Grullas y la casa de turismo rural El Laberinto, de Tornos; el bar del Cura de Bello o el albergue Allucant de Gallocanta.

Peor lo está pasando el Mirador de Bello, el primer silo de Europa transformado en un hotel con observatorio astronómico y ornitológico que tiene cuatro empleados en ERTE.

El gerente, Miguel Ángel Ayuso, le da a su negocio, en el que invirtió 1,4 millones de euros, "tres o cuatro meses" antes de echar el cierre porque cada mes abierto le supone 20.000 euros de pérdidas. Mientras conversa con EFE, dos clientes consumen en la terraza acristalada, uno por cada trabajador que esa mañana atendían el establecimiento.

Hace un año, en esta época en la que miles de grullas se reúnen en la Laguna de Gallocanta antes de emprender el regreso hacia las frías tierras del norte de Europa, ni Miguel ni prácticamente ninguno de los alojamientos de la zona tendrían camas disponibles. Ahora, sin viajeros, espera una respuesta a la solicitud de ayudas.

"Los confinamientos perimetrales han terminado de redondear la jugada", lamenta Ayuso, quien, aunque aguanta, reconoce que "no se le ve color" porque los que residen son pocos y el negocio no puede responder. "Cuando se acabe la tesorería, ya veremos", sentencia.

Eve García comparte territorio y clientes en su bar de la Casa del Cura, de propiedad municipal, que regenta desde hace cuatro años con su marido tras cerrar el hostal que gestionaban en Alcorisa. "Bello depende de la gente de Zaragoza" y ahora tiene que sobrevivir con los pocos vecinos que quedan en el pueblo que, no obstante, asegura, "han reaccionado muy bien".

En un rincón soleado del pueblo, un cliente consume una cerveza en la terraza mientras dentro, en un momento, acuden una decena de vecinos y trabajadores durante el descanso del almuerzo, y por la tarde lo harán los cuatro que han retomado sus partidas. "Un grupo burbuja en el que no entra nadie más, porque el día que falla uno ya no juegan", señala Eve García, quien, no obstante, matiza que son pocas las ganancias y les ha obligado a reducir todos los gastos prescindibles.

En Tornos, Asunción Vicente regenta con su hermano Miguel y su cuñada Nieves Agustín el Hostal Las Grullas, un establecimiento familiar con 16 habitaciones dobles del que si no fuera por el almacén de cereal y la agricultura con lo que lo compaginan no podrían vivir.

Durante el cierre por el estado de alarma recibieron una ayuda de mil euros; "ahora, con el cierre parcial, nada", explica Asunción, quien asegura que en esta zona se sienten "desprotegidos. No hay a lo que agarrarse", aunque sonríe al decir que ya están acostumbrados.

No tienen ninguna habitación ocupada porque los clientes que se suelen alojar, muchos ya habituales, proceden del País Vasco, Cataluña, Madrid o Valencia, y tampoco han podido celebrar los dos cursos de fotografía que se organizan durante el año, uno de ellos justo en febrero.

Un año hará en marzo que lleva cerrada la casa rural Laberinto, conocida por ser la primera del medio rural que incorporó un "Escape Room", completamente domotizada y con unas vistas espectaculares. La gestiona Raúl Cantín, maitre y sumillier profesional quien, tras trabajar en alguno de los prestigiosos restaurantes de Zaragoza capital, decidió hace ya casi seis años cambiar su modo de vida aprovechando la idea que habían tenido sus padres de construir la vivienda.

Con "cero ingresos" salvo una ayuda de algo más de 600 euros, reconoce que al no tener cargas familiares o hipotecas su gasto es limitado. "El que en una guerra no es víctima es afortunado", dice, mientras confiesa que no sabe cuándo podrá retomar la actividad de este negocio que recibe reservas con más de un año de anticipación para Nochevieja y con medio año para el verano.

Tampoco está abierto el Albergue Allucant en Gallocanta, un municipio de la provincia de Zaragoza a la misma orilla de la laguna que en estas fechas estaría completo, sobre todo de aficionados a la ornitología, en lo que Javier Mañas, su gerente, es un experto.

Pionero en este tipo de negocios hace más de 25 años, tiene grupos fijos de ingleses que visitan la zona dos veces en invierno, acoge colonias en verano, organiza quedadas familiares y cursos de bellas artes o comidas temáticas especializadas en cocina ayúrveda o hindú gracias al chef de origen indio Vipul Dutt y cuyo dominio del inglés, alemán, francés y catalán le ha permitido dirigirse también a un público con más alto poder adquisitivo.

Con el chef en ERTE y dos ayudas de 1.500 euros del Gobierno de Aragón y de 1.600 de la comarca de Daroca, Mañas también reconoce que en esta labor se ve "muy solo", sin "voluntad política ni administrativa de echar una mano" en un territorio en el que, advierte, "cuatro agricultores se van a quedar la tierra".

"Son extraterrestres", como define a estos empresarios y emprendedores la técnica de turismo de la Comarca de Daroca, Carolina Julián, después de comprobar en las mesas de trabajo que comparte con el sector que están "menos deprimidos de lo que pensaba", lo que atribuye a que "les puede la profesión, su amor al territorio y su trayectoria profesional" y que les ha llevado a "una especie de hibernación" a la espera de que pase la pandemia.