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Marta Rivera, en la residencia que dirige en Monreal del Campo

Monreal, zona 0 de la covid o cómo afrontar una pandemia sin poder fijarse en nadie

En la residencia San José se confirmaron los primeros 3 casos oficiales de la provincia el 10 de marzo de 2020
Cruz Aguilar

Domingo 8 de marzo de 2020. Marta Rivera, directora de la residencia Monreal-San José de  Monreal del Campo estaba en una celebración familiar en Madrid cuando una de las enfermeras del centro la llamó para informarle de que había varios ancianos enfermos, posiblemente de covid. Su primera reacción fue sentir miedo a lo desconocido, pero pensar que lo podía controlar. Aún así, adelantó el regreso a Teruel y tanto el número de llamadas como la procedencia –desde la consejería de Sanidad a la Dirección General de Salud Pública– le hicieron darse cuenta, ya durante el camino, de que esa iba a ser, posiblemente, la situación más difícil de toda su vida profesional. 

Tres ancianos, de 83, 84 y 87 años, ingresaron ese mismo día 8 de marzo en el hospital Obispo Polanco de la capital turolense, después de que un médico relacionara sus síntomas con otro mayor que murió a finales de febrero a causa de lo que se creyó que era una neumonía bilateral. El diagnóstico de los tres ancianos, como casi todo en esos primeros momentos, no estaba claro. Apenas se hacían pruebas y los resultados tardaban varios días en conocerse, de forma que hasta el martes 10 de marzo no se confirmó que los tres residentes estaban infectados por el virus. 

“No existía en nuestras vidas”

Ese análisis los convirtió en los primeros enfermos oficiales de SARS-CoV de la provincia de Teruel. Pero Rivera asegura que el caso 0 no fueron esos ancianos sino el que había fallecido algunos días antes y que posiblemente se contagió durante una operación de cadera. “Tuvimos aquí el virus cebándose y no nos dimos cuenta porque el covid no existía en nuestras vidas. Entiendo que la carga vírica de esos primeros días no era demasiado alta, pero fue en aumento”, añade.

Al hecho de enfrentarse a lo desconocido junto a casi un centenar de residentes con edades de alto riesgo se sumó que se puso a la residencia en la picota porque fue la primera que apareció en los medios de comunicación de Aragón por casos de covid. En fechas anteriores ya se habían diagnosticado positivos en varios geriátricos de Zaragoza, pero su nombre no trascendió. Desde la Fundación residencias Monreal-San José se había hecho una importante apuesta por la calidad y el exquisito trato asistencial y en ese momento Marta Rivera vio como todo eso se desmoronaba, ante sus ojos, como un castillo de naipes. 

Esa primera semana la recuerda como una de las más duras de un año entero que le gustaría borrar del calendario. Se sintieron muy solos porque había mucho temor a lo desconocido incluso entre el personal sanitario. Fueron días de gran incertidumbre tanto por el miedo como por la falta de información, ya que los síntomas variaban mucho de un paciente a otro y en ocasiones tenían dificultad, sin ninguna prueba diagnóstica, para saber si era o no coronavirus. 

A modo de ejemplo relata que el único síntoma de una de las residentes fue el enrojecimiento e hinchazón de la conjuntiva. Saber detectar si el anciano tenía covid o no en un momento en el que no se hacían apenas PCRs era fundamental para aislarlo si era necesario. “Ahora ya sabemos mucho, pero entonces no se conocía nada, incluso los tratamientos eran a ciegas”, dice.

Sus únicas herramientas eran el termómetro y el pulsímetro, que cada día empleaban 3 veces con todos y cada uno de los residentes. En cuanto alguno de ellos tenía unas décimas de fiebre y la saturación bajaba se quedaba aislado. Otro de los escudos con los que sí contó el personal de Monreal del Campo fue con mascarillas gracias a la insistencia de la delegada de prevención de riesgos laborales, Laura García, quien mucho antes de que la covid empezara a sonar ni siquiera en China ya planteó la necesidad de tener mascarillas en abundancia para hacer frente a una posible enfermedad infecciosa dentro del centro. Lo que no se imaginaba es que la enfermedad infecciosa afectaría a todo el mundo y sus mascarillas iban a ser el mejor regalo de vida para sus compañeros y los residentes. 

EPI con bolsas de basura

En este sentido, Rivera reconoce que el hecho de ser de los primeros en mirar a la pandemia a los ojos propició que tuvieran acceso a los equipos de protección individual, que luego enseguida se agotaron. Marta Rivera no olvidará nunca la imagen de Félix Peña, el médico del centro de salud, vestido con bolsas de basura para protegerse del coronavirus y poder pasar así visita a los pacientes. “Verle con las bolsas de basura y observar cómo se emocionaba cuando le dimos EPIs que nosotros sí teníamos eran esos detalles que te hacían constatar la gravedad de la situación”, especifica.

Calculan que el 70% de los residentes pasaron el covid y la directora indica que es muy difícil hablar de muertes por coronavirus, porque tardaron meses en hacer PCRs de forma masiva tanto a los ancianos como al personal.  Aún sin superar la primera fase, la del miedo, llegó el dolor de las muertes. Los familiares enterraban solos a padres, hermanos y abuelos de los que no habían ni siquiera podido despedirse.

Tras las primeras muertes, los responsables de la residencia decidieron humanizar la situación en la medida de lo posible y se adelantaron a la autorización oficial de que los familiares pudieran decir adiós. Los protegían con los EPIs –ellos sí los tenían– y les permitían al menos una breve despedida. “Esos 15 minutos de estar juntos era una forma de humanizar el covid”, relata. 

Durante esos primeros meses también hubo momentos buenos porque algunos de los ancianos hospitalizados regresaron a la residencia y fueron recibidos por compañeros y personal como si de estrellas de Hollywood pisando la alfombra roja, aunque fuera sobre una camilla o silla de ruedas, se tratase. Sin embargo, Marta Rivera matiza que pronto se dieron cuenta de que esa vuelta a casa era un espejismo porque los abuelos morían pocas horas después, con una PCR negativa pero de las secuelas que había dejado en ellos la covid. “Era una alegría verlos entrar por la puerta, pero luego presenciar como caían uno a uno era demoledor”, comenta. 

Agradece mucho la labor de la plantilla y, sobre todo, que nadie faltara al trabajo, aunque acudieran con miedo e incluso enfermos. Esa fidelidad fue clave para poder atender a los ancianos, porque durante el último año las plazas laborales de los geriátricos se quedaban en su mayor parte desiertas. “Nadie quería venir a trabajar aquí, pero de la plantilla no faltó ni una, aún enfermas, porque sabían que no había nadie para sustituirlas, fue un acto de generosidad bestial”, destaca Rivera. 

Cuentas pendientes

Los fallecidos por covid eran introducidos en una bolsa, de ahí se metían en la caja y se enterraban cuanto antes para evitar la expansión del virus. “Fui al cementerio varias veces a despedir a residentes y era dantesco, como si no hubieran pasado por este mundo, enterrados como a escondidas y en la soledad absoluta”, recuerda. 

A lo largo de estos meses ha tenido, al igual que sus trabajadores, muchos momentos de frustración, de sentirse incomprendida y lamenta que la Administración ha reducido la pandemia a números, olvidándose del aspecto emocional que, a su juicio como psicóloga de formación que es, aparecerán a medio plazo. “Cuando esto acabe vendrán las secuelas, tendremos que racionalizar el covid psicológicamente y eso llevará un tiempo”, vaticina. Esa factura será especialmente costosa para la gente que ha perdido a sus seres queridos o que ha sufrido la enfermedad y el aislamiento en sus propias carnes. 

La residencia está gestionada por una fundación cuyo patronato está integrado por los miembros del Ayuntamiento y Marta Rivera subraya el gran trabajo realizado tanto por el alcalde, Carlos Redón, del Partido Popular, como por Aurora Vicente, del Partido Socialista y que forma parte de la oposición. “Aquí se han unido para trabajar, nuestra difícil situación no ha sido un arma arrojadiza para hacer política y eso hay que agradecerlo”, sentencia.

La pandemia ha enseñado a Marta Rivera que “todo se desmorona en un segundo” y que la sociedad se ha quitado la máscara de fortaleza que se le presuponía para mostrar su gran vulnerabilidad. Eso sí, la mejor de las enseñanzas que los golpes le han dado es que “el trabajo en equipo mueve montañas”. El 8.000 al que se enfrentó todo el personal de la residencia Monreal San José era de los más duros, lleno de piedras por el camino, pero durante el acceso sentían el aliento de los ancianos, que siempre confiaron en ellos, y de sus familiares, cuya comprensión y agradecimiento siguen transmitiéndoles aún ahora en forma de flores, bombones o sonrisas una vez que, por fin, pueden entrar para acariciar a sus mayores. La directora explica que ahora ha llegado la inyección sanitaria, pero la de motivación la han ido aportando los familiares poco a poco y durante todos estos largos meses.