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Antonia Garzarán publica el diario “de una turolense de estar por casa” Antonia Garzarán publica el diario “de una turolense de estar por casa”
Antonia Garzarán asegura que no cambiaría Teruel por ninguna otra ciudad

Antonia Garzarán publica el diario “de una turolense de estar por casa”

Con sinceridad y buen humor el libro recrea vivencias en el Teruel de las ocho últimas décadas

El primer recuerdo que guarda de sí misma es con cuatro años, recien terminada la guerra civil. Algunas palabras de sus padres y un trasiego de gente en su antigua casa, en la plaza del Torico, de mujeres y la comadrona que ayudó a nacer a su hermana. 

A partir de ahí Antonia Garzarán de las Peñas desgrana el relato de su vida en El Teruel que yo conocí, unas memorias, con grandes dosis de humor, de sinceridad y una memoria envidiable, que bien podrían ser las de la propia ciudad que se ha crecido y se ha transformado. Antonia describe el libro como “una ventana abierta hacia la calle”, una ventana a través de la que se ve el discurrir de la vida a ras de suelo, poniendo énfasis en los asuntos que no aparecen en los libros de Historia convencionales. “A veces los libros cuentan la historia como si se viera desde un avión, arriba y sin poder tocarla”, reflexiona la autora. “Yo no hablo de documentos o de libros, sino que solo he querido contar las cosas que yo veía y tocaba todos los días”. 

El Teruel que yo conocí es la biografía de “una turolense normal y corriente”, según Antonia Garzarán, que retrata Teruel capital desde la perspectiva de una niña, de una joven y de una mujer adulta, en función de la época, y que se alimenta de una proverbial memoria. “Ha sido una especie de diálogo conmigo misma, reflexionando y escribiendo las cosas que me venían a la cabeza, pero sin querer hacer un libro muy gordo, porque lo bueno si breve, dos veces bueno”. 

Antonia no revela tan fácilmente su edad –”eso es de conversación de taberna”, sostiene– pero ha sido testigo del cambio fundamental que ha vivido el Teruel desde la durísima posguerra hasta la actualidad. Una ciudad en la que ha vivido siempre y que no cambia por nada. “Hasta que me casé en la plaza del Torico”, donde su familia tuvo la Sombrerería Garzarán, “y después en el Ensanche”. 

A través de docenas de anécdotas, recuerdos, vivencias y reflexiones de su autora, el libro dibuja esa transformación gradual pero inexorable en la ciudad hasta el punto que “Teruel ya no es la misma, está desconocida”, asegura Antonia, aunque ni mejor ni peor. La turolense asegura que “podría decirse que la ciudad que yo conocí de joven no tiene nada que ver con la actual”, pero “a mi me ha gustado Teruel siempre y en todos sus momentos. Siempre me he sentido muy orgullosa de ser de aquí”. Ese elemento, el hecho de que la propia ciudad de Teruel sea un personaje secundario pero relevante en este libro, hace que cualquier persona, al margen de su edad o condición, pueda verse reflejado en un momento u otro a lo largo de la obra. 

Una de las principales diferencias que percibe Antonia entre los diferentes terueles que ha conocido no son tanto las calles y monumentos, que también, sino las personas. “Con la electrónica, los móviles y todo eso la gente ha cambiado mucho. Yo escribo sobre costumbres, sobre cómo se hacían algunas cosas antes o sobre palabras que utilizaba de joven que ya casi nadie sabe lo que significan”, explica Antonia. “Parece que sean cosas de hace dos siglos, pero no... en realidad no son de hace tanto tiempo”. 

Antonia Garzarán vivió su infancia y juventud en una casa de la plaza del Torico, junto a la Casa de la Madrileña, bajo la cual estuvo el comercio Garzarán, que se vendió diferentes géneros en función de la época. “Empezaron vendiendo sombreros, pero cuando empezaron a dejar de estar de moda fue cambiando, porque mi padre se iba acoplando a lo que más demandaba la gente. También vendieron alpargatas, juguetes, y otras cosas”, explica la autora. 

Ese emplazamiento era un punto privilegiado para ver la vida pasar en Teruel, ya que si  hoy en día el Torico es centro neurálgico de la ciudad, todavía más lo era antes. “Todo ocurría allí”, asegura Antonia. “Se celebraban fiestas, procesiones, conciertos y desfiles, y todo el mundo, del Arrabal o del Ensanche, pasaba por el Torico”. 

La única temporada que la vida de Antonia Garzarán discurrió lejos de Teruel tuvo que ver con su profesión de maestra. Después de opositar la turolense ejerció dos años de maestra, “después me casé y ahí se terminó. Ayudé a mi marido en la empresa y durante muchos años no ejercí, aunque seguía teniendo la enseñanza dentro de mí y muy presente, porque daba clases de repaso a mis hijos y nietos, a vecinos, y a todo el que necesitaba ayuda y me lo pedía”.

Tras enviudar sintió que la vida la “empujaba otra vez a la docencia”, y solicitó entonces su reingreso. Se daba la circunstancia de que el último destino de Antonia Garzarán había sido Caudiel, provincia de Castellón. En aquel entonces la Educación no estaba transferida a las Comunidades Autónomas, pero a esas alturas sí, por lo que tuvo que reincorporarse en la Comunidad de Valencia. Trabajó entonces en Burriana, después a Villarreal y por último en Valencia ciudad, antes de poder regresar a Teruel y dar clase en el Colegio Ensanche hasta su jubilación. “Durante esa época hacía vida de estudiante”, explica. “Vivía en Castellón entre semana y cuando llegaba el fin de semana regresaba a Teruel”. 

Un libro que es un regalo

El Teruel que yo conocí de Antonia Garzarán es hijo de la pandemia, en el sentido de que comenzó a escribirlo durante el confinamiento. Antonia Garzarán tiene la buena costumbre de obsequiar a su familia durante las navidades “con alguna felicitación especial, una fotografía antigua, o algo personal”, explica. “Este año pensé en escribir este libro para ellos, pero se me fue de las manos”, bromea la turolense. “Pensé que con veinte volúmenes o así tendría bastante para todos. Pero una amiga mía leyó alguno de los capítulos y me dijo que le parecía interesante y divertido, y que por qué no publicarlo...”. 

Así que, con ayuda de su hijo, Antonia Garzarán buscó editorial y el libro ya puede encontrarse en diferentes establecimientos de Teruel, como las librerías Senda, Escolar, Balmes, Aula o algunos quioscos de la ciudad. “Estoy muy satisfecha por el éxito que está teniendo y por la gente que lo está leyendo”, afirma Antonia. “No por mí, que yo no busco ni dinero, ni fama ni nada, sino porque es bonito que mucha gente me diga que le gusta leerlo, que gracias al libro están recordando muchas cosas”. Aunque las vivencias de El Teruel que yo conocí son personales, “coincidirá con muchas que han tenido otras personas. Y si alguien, joven o mayor, lee este tipo de cosas, a su vez rememorará las que vivió él o le contó su padre o su madre de pequeños... esas son las sensaciones que quiero provocar”.

Para la turolense es importante que “algunas experiencias reales, de primera mano, queden por escrito y no se pierdan”. “Hoy en día, con tantos móviles y aparatos, los jóvenes ya lo saben todo... pero este tipo de cosas, las vivencias que tenían lugar a pié de calle, los comercios, las costumbres... todo eso no se sabe, y si no lo contamos se olvidará”. 

Antonia Garzarán aprovechó el confinamiento y la cuarentena para escribir el libro, que le llevó entre tres y cuatro meses, entre abril y julio, aunque hasta septiembre fue añadiendo historias y haciendo correcciones. 

Queda lo bueno

Antonia Garzarán explica que en su vida ha habido de todo, “bueno y malo”. “Pero a mi edad lo malo se retira. Cuando te pones a recordar pesan más los buenos momentos, y en el libro abundan”. Los buenos tiempos  y también “la forma en la que hemos tenido que salir adelante en los malos tiempos”, que no han sido escasas ni poco imaginativas. 

La portada está diseñada por Borja Fabre y el libro prologado por Paco Martín, que recuerda que “la vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda y cómo lo recuerda para contarla. Y Antonia transmite verdad, emoción y conocimientos compartidos”.