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Rafael Álvarez El Brujo en una de las representaciones de ‘El Lazarillo de Tormes’

El Brujo actúa este martes en Mora: “Si todo el mundo cultivara emociones positivas, el tono tenso que hay en la atmósfera desaparecería”

“La frontera entre el Lazarillo y yo está desdibujada desde hace tiempo”, asegura
Nuria Andrés

“Déjenme decirles algo: jamás abandonaré El Lazarillo”, dice Rafael Álvarez El Brujo cada vez que tiene que hablar de esta obra del siglo XVI. El Brujo lleva el Siglo de Oro dentro, al pícaro del Lazarillo disuelto en la sangre y tatuado en la piel a Fernando Fernán Gómez -quien llevó a la gran pantalla El Lazarillo de Tormes-. Rafael Álvarez tiene el don de la palabra y de la puesta en escena. Es por esto que hace magia con los clásicos de la literatura española, ilumina la mirada de las personas que le escuchan con sus obras extraordinarias, monólogos en los que él solo llena el escenario y en los que la risa y la reflexión profunda del público se entremezclan dejando un dulce sabor de boca. El Brujo, admite, tiene la alegría y el buen humor por bandera, incluso en los tiempos que corren. Medio siglo en los escenarios, treinta años representando El Lazarillo de Tormes y 5.000 o 6.000 representaciones dándole vida. Este martes, el actor y dramaturgo aterriza en Mora de Rubielos en el festival Puerta del Mediterráneo para dar vida al famoso pícaro de la literatura española, una obra que trasladará al público quinientos años atrás, pero que también supondrá una precisa ducha de palabras para entender los despropósitos del presente.

 -Treinta años representando El Lazarillo de Tormes… No tendrá ya lagunas en los diálogos, se los debe de saber de memoria. 

-Me los sabía ya de memoria hace 29 años. Ya me ha dado tiempo a que se me olviden y volvérmelos a aprender varias veces más. 

-¿Sabría decirme alrededor de cuántas veces lo habrá representado en los escenarios?

-No llevo la cuenta pero pueden ser 5.000 o 6.000 veces.

-Algo tendrá en común con su personaje...

-Hay una simbiosis muy fuerte. Son tantos años que es muy difícil saber dónde acaba el personaje y empieza la personalidad del autor o viceversa. La frontera está desdibujada desde hace mucho tiempo.

-Vivimos tiempos de cambio, tiempos difíciles. Desde ahí arriba, desde el escenario, ¿cómo espera percibir usted los ánimos del público?

-Con mascarilla, los ánimos con mascarilla, que si no incumpliríamos las normas de seguridad impuestas (risas). La verdad es que la gente está reaccionando muy bien en los teatros, hasta donde se permite ahora, claro está, que es con una restricción del aforo debido a la crisis sanitaria del coronavirus. Pero bueno, la restricción suele ser de un 40% o un 50%, pero ese aforo se llena a tope de gente que está cómoda, que se siente segura porque tiene distancia con el otro espectador presente, ya que la persona más próxima está a un metro y pico y la gente se siente relajada, tranquila… Las entradas a los teatros se hacen en orden, con mucho cuidado y mucho respeto hacia el personal de seguridad.

-La risa y el humor, esa parte tan importante en su obra, ¿en qué medida el humor es importante en los tiempos que corren?

-Muy, muy importante. El humor siempre ha sido y siempre será una parte importantísima de la vida de todos. Es algo que no debemos perder nunca. Aligera la tensión nerviosa, relaja completamente el diafragma que este músculo influye mucho en las emociones, cuando uno se ríe, el miedo se desvanece, la risa oxigena la mente y el cuerpo. Sienta muy bien reir, se lo recomiendo a todo el mundo, es muy sano y en estos tiempos todavía más.

-¿Les recomendaría ver  alguna obra de teatro de las suyas a los líderes de los grandes partidos políticos de ahora?

-Cualquiera de las que hago les vendría bien verla, tanto para los líderes como para cualquier persona. Generalmente, creemos que los líderes son los responsables de la situación que vivimos, pero los líderes son solamente el síntoma, no son la causa como muchos se creen. La causa somos nosotros, que los elegimos, y los elegimos con la mentalidad que tenemos y que posteriormente los dirigentes muestran cuando hablan. Nos llevamos las manos a la cabeza pero es lo que hay, los líderes tan solo son el síntoma de cómo está la sociedad y el pensamiento que guarda la gente.

-En sus espectáculos hace siempre usted un guiño a la actualidad...Y en estos momentos, ¿qué estado prevalece en usted? ¿Indignación, desilusión, ira?

-Miedo no, desde luego. Bueno a ver, es un sentimiento común, alguna vez lo he sentido, por supuesto, pero cuando me entra esa sensación trato de buscarme algo, una cosa que me entretenga o que me haga reír o que me dé vida para olvidarme. El miedo es inactivo y paralizante, una emoción muy peligrosa y muy negativa, hay que tratar de evitarlo. ¿Indignación? La indignación no sirve para nada, trato de cultivar en mí emociones positivas porque es lo mejor, con la negatividad no se va a ningún lado. Si todo el mundo hiciera eso, bajaría el tono que hay ahora en la atmósfera, que es muy tenso, al igual que bajó la contaminación con el confinamiento. El problema es que tenemos una tendencia a hablar, ahora todo el mundo habla pero no saben decir cosas bonitas. En fin, es lo que hay y con lo que nos toca vivir.

-¿Cree que nos puede enseñar algo la vida de este pícaro del siglo XVI en tiempos de pandemia y crisis económica?

-Sí, claro, que hay que amar la vida. El Lazarillo se adapta mucho, es un hombre con humildad, con fortaleza, con inocencia y con inteligencia para salir adelante como puede estando en una situación difícil. Es muy bello todo, como lo cuenta el autor, el texto, el lenguaje, el estilo… Es muy bonito, uno sale del teatro, lo garantizo, con un estado de ánimo maravilloso y con ganas de volver otra vez. Por eso El Lazarillo lleva treinta años en los escenarios.

-¿Ha avanzado la sociedad desde aquel 1.500. ¿Ahora somos mejores personas?

-Somos distintos. ¿Mejores personas? Bueno, algunos somos mejores personas que aquellos y otros peores. El avance es siempre en espiral, hay momentos en los que se avanza aunque desde el exterior pueda parecer que retrocedemos, pero nada más estamos contemplando el avance desde un ángulo desconocido.

-¿Confía en que algún día alcancemos una sociedad igualitaria?

-Sí, iguales sería un aburrimiento, pero igualitaria sí. Algún día conseguiremos una sociedad donde todos tengamos los mismos derechos. Ya se supone que los tenemos pero luego en la práctica no es así, aunque vamos avanzando. Quién nos iba a decir que hace veinte o treinta años a un rey se le iba a poner contra las cuerdas, investigado por un caso de supuesta corrupción o algo que tiene que ver con millones de euros. Eso es una cosa que nunca se ha visto y evidentemente, significa que la sociedad tiene unas normas y en teoría son iguales para todo el mundo. Si alguien debe rendir cuentas ante la justicia o dar una explicación ante la Seguridad Social, más que nada porque yo, por ejemplo, sí que la tengo que dar, están obligados a darla. Se supone que todos somos iguales ante la ley en los estados democráticos. Esperemos que esa igualdad sea entre todas las razas, independientemente del sexo y todo lo demás. En ese aspecto, soy optimista, yo creo que la humanidad sí que va avanzando hacia estados mejores.

-Sabrá usted que estas tierras luchan contra la despoblación y en las localidades despobladas cuesta mucho que llegue el teatro y otras actividades culturales. ¿Se le ocurre alguna solución?

-Que los alcaldes contraten muchos artistas y actores, que los concejales de Cultura vean que el teatro se está poniendo de moda, el cine también, pero ahora la gente ya no va tanto, mucha más gente prefiere decantarse por el teatro. 

Hay que salir de casa, ir al teatro es una experiencia maravillosa, la gente se arregla, es un acontecimiento social. Además, en los pueblos es beneficioso para todos que se apueste por la cultura, que traigan el teatro a los pueblos porque si no uno se muere de aburrimiento, la vida se convierte en una rutina. 

En el teatro uno puede ver obras bonitas, conocer otros mundos, inmiscuirse en otras vidas, relajarse...El teatro hace pensar al espectador de una forma hermosa, le hace olvidarse de lo malo y transmitir las cosas buenas de la vida

-¿Viviría usted en una capital de provincia tan pequeña como es Teruel?

-Yo tengo claro que viviría donde fuera necesario siempre que estuviera con mi mujer, por supuesto.

-¿Cómo sobrevive un actor en tiempos de pandemia?

-Difícilmente, trabajando el doble y peleando como nunca antes lo habíamos hecho. En la compañía con la que yo trabajo, desde hace muchos años estamos cinco o seis personas y hemos estado todos nosotros cuatro meses sin trabajar ni cobrar. Los funcionarios, los políticos y muchos otros profesionales han cobrado estos meses de pandemia, los actores no.

-Se sentirá un privilegiado al ser de los pocos que van a poder actuar en estos tiempos

-Me siento muy feliz de poder trabajar, sé que Mora de Rubielos, que es donde voy a estar, es una zona muy controlada con el tema del coronavirus, me han dicho que no hay ningún contagio. Hoy he leído en la prensa que en Aragón ya están empezando a controlar todo lo que pasaba, va un poquito mejor aunque en Zaragoza aún haya problemas.

-¿Se reinventa usted en cada representación? 

-Sí, por supuesto, si no sería un aburrimiento. Además, en cada obra descubro algo nuevo que hay dentro de mí y desconocía y lo tengo que explotar para la siguiente actuación. Ninguna vez que me subo al escenario es igual a la anterior  

-¿Qué va a traer nuevo?

-Allí lo tendré que ver, sobre la marcha. Aún no lo tengo claro del todo pero algo nuevo y que llame la atención traeré, eso seguro.

-Medio siglo en los escenarios, ¿Qué lección le queda de todo esto?

-Inmensas, cada día aprendo una lección nueva y diferente de la anterior. Mi vida han sido los escenarios, he crecido con la luz de los focos. La lección con la que me quedaría es que me ha enseñado a que cada nueva mañana tengo que aprender algo, porque el día que lo sepa todo es porque estoy acabado. Tendría que preocuparme porque algo malo estaría pasándome entonces.