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Imagen que tomó Andrés Serrano Miranda en la inauguración, el 17 de mayo de 1970

El monumento al jotero de Albalate cumple medio siglo con la fuerza con la que fue concebido

La localidad del Bajo Martín celebró el aniversario de la escultura del oscense Ángel Orensanz

El Monumento a la Jota de Albalate, obra del oscense Ángel Orensanz, pudo por fin celebrar su 50 aniversario este pasado sábado, en un acto que se pospuso en su día por culpa de la pandemia, y que con todas las medidas de seguridad necesarias reunió a cerca de cien personas en la plaza de toros de la localidad del Bajo Martín. 

Fue un acto simbólico en reconocimiento al folclore aragonés y al desarrollo cultural en Albalate, que tuvo como protagonista, eso sí, a la escultura que puede verse en la plaza Aragón –la del Jotero, la llaman muchos–, colocado allí el 17 de mayo –algunas fuentes, como el investigador Jesús Pedro Lorente, hablan del 25 de septiembre, día de la Virgen de Arcos patrona del pueblo, aunque el Ayuntamiento precisa la fecha exacta el 17 de marzo– de hace medio siglo. Eso lo convierte en el monumento a la jota aragonesa más antiguo de nuestra Comunidad Autónoma, que es tanto como decir el más antiguo del mundo.

El hecho de que el autor de la escultura, el oscense Ángel Orensanz que por aquel entonces rondaba la treintena de años, sea hoy una de las grandes referencias artísticas españolas en el extranjero, contribuye a realzar la importancia del monumento realizado en acero y hormigón.

Además de las jotas, que protagonizaron el homenaje, el público pudo disfrutar de un audiovisual en el que se repasó aquel 17 de mayo de 1970, con fotos de la inauguración del monumento, y también contó con el testimonio a través de la pantalla del escultor oscense Ángel Orensanz, afincado en Nueva York y actualmente en París, que recordó el encargo albalatino. 

María Pilar Trullenque comentó algunas de las fotografías de aquella jornada histórica para la localidad y para ella, ya que fue una de las personas que, hace 50 años, estuvo presente en ella y bailó además con Alfonso Zapater, jotero homenajeado ese día e inmortalizado en una de las tres figuras que forman el monumento.

Un 17 de mayo

La fecha de la inauguración fue un 17 de mayo, algo  menos de un mes más tarde de la que, ocho años después, se elegirá como Día de Aragón –23 de abril–. Pero fue un auténtico baño de aragonesismo, pues además de jota cantada, bailada y esculpida, aquel día se aprovechó la gran presencia de autoridades –estaban los Gobernadores Civiles de las tres provincias , así como los alcaldes de las tres capitales y hasta la Banda Provincial de Zaragoza– para inaugurar oficialmente algunas de las calles y plazas más importantes de Albalate, todas ellas con denominaciones que hacían referencia a nuestra Comunidad Autónoma, que en 1970 todavía no lo era –como la avenida Teruel, avenida Zaragoza, avenida Huesca, calle Galán Bergua– insigne humanista e intelectual del folclore– y la propia Plaza de Aragón, donde se encuentra en monumento a la Jota . 

Llaman la atención las fotografías que realizó en aquella jornada el albalatino Andrés Serrano Miranda, imágenes que cedió al Ayuntamiento de Albalate para crear el audiovisual, en las que se ven unas calles llenas a reventar de personal. Aunque la localidad ya había iniciado su descenso demográfico desde su máximo de 4.630 habitantes en 1920, en el año 70 todavía contaba con algo más de 3.000 vecinos, y eso sumado a la gran cantidad de visitantes de Zaragoza y de toda la contornada hizo que el pueblo se llenara de gente como nunca. 

Monumento de los vecinos

La iniciativa de encargar y colocar en Albalate del Arzobispo un monumento dedicado a la jota aragonesa surgió con motivo de la concesión al bailador Alfonso Zapater Cerdán, El molinero, el título de hijo adoptivo de la localidad turolense. Se formó un patronato que, además de fondos del Gobierno Civil y la Diputación de Teruel, contó con numerosas donaciones populares del pueblo, y se decidió que una escultura en metal de Ángel Orensanz ocuparía el lugar de la antigua fuente de la plaza Aragón, a la sazón plaza Nueva. 

La escultura representa al cantador albalatino Manuel Gracia El capacero, a los pies de la popular pareja, por aquel entonces, formada por Alfonso Zapater y Pascuala Sancho La cestera. Se trata de una muestra del uso de plancha soldada de acero heredera del cubismo, que se prodigaría más adelante durante la Transición española, y en el que se ve la influencia de Pablo Gargallo.

Orensanz: “El monumento fue un encargo pero yo trabajé para mí mismo, como siempre”

Ángel Orensanz (Larués, Huesca, 1941) es el escultor aragonés vivo con mayor proyección internacional, y una de las grandes referencias del arte español contemporáneo fuera de Europa. 

Cuando se inauguró su Monumento a la Jota de Albalate hacía solo tres años que había instalado una de sus primeras obras públicas bien reconocidas, el Homenaje a Rubén Darío en Zaragoza, pero ya dejaba entrever que, siguiendo los pasos de Pablo Gargallo o Julio González iba a abrirse un brillante hueco en el camino de la escultura, sin decidirse claramente por la abstracción o la figuración. Hoy en día el oscense, Medalla de Oro de la Academia de Bellas Artes, tiene piezas en el Estudio 54, Holland Park de Londres, Tokio, Central Park en Nueva York o la Plaza Roja de Moscú. Llevan su nombre el Museo de Arte del Serrablo, en Sabiñánigo, y su Fundación con sede en Nueva York. Habitualmente reside en esta ciudad norteamericana aunque en la actualidad se encuentra en París, desde donde envió un vídeo para este homenaje. En él explica que recuerda lo “congratulante” que resultó ese encargo y estar presente en la inauguración, por lo especial de la temática: “Me encanta la jota por la fuerza que tiene, porque es difícil entender cómo puede decir tanto con tan poco”.

Orensanz explicó que en el Monumento a la Jota “trabajé para mí mismo”, como siempre hacía “incluso cuando me llegaban encargos institucionales”, y desveló algunos detalles poco conocidos, como que el entramado de hormigón encofrado que puede verse en el monumento se repitió luego en numerosas obras por todo el mundo. “Cuando lo vio Subías Vallés me dijo que tenía que estar en la fachada de la Universidad Autónoma de Barcelona, en Zaragoza, y que no permitiera que nadie me lo cambiara”. 

Sobre la libertad artística, Orensanz bromeó sobre su antigua amistad con Luis Buñuel: “Él era muy trágico y siempre me decía que tenía mucha suerte, porque lo que yo hacía dependía solo de mí y nadie me lo podía tocar, mientras que a él había mucha gente de iluminación, de vestuario o de electricidad que podía transformar su obra o cambiársela”. También explicó que concibió el bailador de la escultura “para que tuviera una elegancia que no superaría el mejor bailarín de París o de Covent Garden”.