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El Museo de Gargallo, un curioso lugar donde reconciliarse con el pasado El Museo de Gargallo, un curioso lugar donde reconciliarse con el pasado
El antiguo horno de pan de Gargallo se ha restaurado y alberga una importante colección de aperos de labranza

El Museo de Gargallo, un curioso lugar donde reconciliarse con el pasado

El empresario Miguel Gargallo pretende con el espacio poner a su pueblo en el mapa del turismo
Cruz Aguilar

En el Centro de Interpretación de la Guerra Civil y Antiguas Costumbres Aragonesas, popularmente conocido Museo de Gargallo, es posible encontrar un poco de todo. Desde aperos de labranza hasta una máquina de producción textil o mapas para conocer los detalles de la batalla de Teruel. Todo tiene cabida en un viejo caserón del siglo XVII ubicado en el centro de Gargallo y con el que Miguel Gargallo, empresario  dedicado al sector hostelero, ha querido poner a su pueblo en el mapa del turismo.

El espacio despierta sin duda la atención porque la variedad de objetos atesorados, todos ellos antiguos, hace que cualquier turista se interese, al menos, por varias decenas de ellos. El centro ofrece, a través de centenares de prendas, complementos y otros artículos, un viaje en el tiempo que va desde finales del siglo XIX hasta la década de los 60 del pasado siglo. 

Un gran patio empedrado da la bienvenida a los visitantes que, allí mismo y mientras sacan sus entradas, pueden admirar los trajes regionales de la época en la que está ambientado el museo y también una de las primeras centralitas de telefonía que hubo en Barcelona a finales del siglo XIX. 

El primer piso está destinado a mostrar cómo vivía una familia pudiente a comienzos del siglo XIX a través de diferentes espacios cotidianos. Se ha recreado una cocina, con el fuego bajo presidiendo la estancia, y también un comedor con mobiliario de los años 40 en el que no falta la radio, fiel compañera de los españoles durante muchas décadas. Una habitación  Una fotografía del benefactor del museo, Miguel Gargallo, y de su esposa, Filo Llaquet, cuando eran jóvenes. La recreación de la vivienda se completa con un dormitorio en el que no falta ni el brasero para calentar la cama en las frías noches de invierno.

A lo largo de las salas se muestran objetos muy curiosos y sofisticados, como unos esquís que se utilizaron en los Juegos Olímpicos de Oslo en el año 1952 y otros tan simples como la raíz de forma redondeada que antaño se utilizaba en los pueblos para machacar la comida que se les daba a los cerdos. Y es que los artículos de lujo, entre los que hay una máquina para escurrir sábanas que puede considerarse la precursora de las secadora actual, se entremezclan con otros propios del medio rural basado en la economía de subsistencia, como el gorro denominado tapafeas que se iban prestando las mujeres del pueblo cada vez que tenían un acto importante porque era el único que había en todo el municipio.

Entre las colecciones más llamativas hay una de botijos, que incluye piezas de las más diversas formas y colores, y también otra de llamadores de puertas, algunos de ellos de gran belleza realizados en forja artesanal. También hay una recopilación importante de monedas de diversos países que procede, según explica el guía, de los viajes de la familia Gargallo y también de las propinas que los clientes internacionales han ido dejando en sus hoteles.

El guía, Víctor Puch, especifica que hay principalmente dos tipos de visitantes, por un lado está la gente de la zona que acude atraída por los objetos etnológicos y, por otro, los interesados en la guerra civil, que llegan desde diferentes puntos del territorio nacional. “Sobre todo a la gente mayor le encanta la sala dedicada a los aperos de labranza, les sirve para rememorar sus tiempos jóvenes”, dice el guía. 

La amplia colección de materiales agrícolas se exhibe en lo que antaño fue el horno de leña de la localidad, que ha sido restaurado. 

Entre los interesados por el conflicto bélico que sacudió España a partir de 1936 los hay de diferentes lugares del país, como Bilbao, Toledo o Madrid e incluso han llegado personas que estaban rastreando los restos de sus allegados porque saben que estuvieron en el frente de Teruel. “Es un tema vivo, siguen viniendo familiares, tanto de un bando como de otro, que buscan pistas”, aclara Puch.

El viejo caserón alberga más de 300 objetos originales que se utilizaron durante la guerra civil española en uno u otro bando. 

Es el lugar ideal para el que quiere conocer más del conflicto bélico y en sus vitrinas es posible admirar desde las armas que se utilizaron hasta los elementos más cotidianos de la vida en las trincheras, como los platos de hojalata o las latas de sardinas, que aún guardan el óxido acumulado durante años. Entre las piezas destacan los mapas fabricados específicamente para el museo por el Subdelegado de Defensa en Teruel, Miguel Juliá. 

También hay una importante colección de cartelería utilizada durante toda la contienda y por ambos bandos porque, como apunta Adolfo Ibáñez, director general del Grupo Gargallo en Aragón, el conflicto sigue siendo un tema que aún levanta ampollas y desde el museo se aborda con total neutralidad. “Tenemos muchos materiales en los almacenes que no mostramos porque nos falta un objeto similar del otro bando. Cuando lo obtengamos, se expondrá”, alerta.

Algunos de los objetos proceden de la colección personal de los impulsores del museo, como varios de los textiles que se pueden ver, pero otros han sido adquiridos a coleccionistas privados. Buena parte de los materiales de la guerra civil se han comprado a aficionados al tema de Alcorisa, Caspe y Zaragoza. 

Del caserón, que tiene unos 650 metros cuadrados en total, se ha aprovechado todo. Así, las antiguas bodegas se han desescombrado para recrear un refugio antiaéreo, aunque como matiza el guía, este tipo de estructura no era habitual en la zona. 

Fundación Miguel Gargallo

El objetivo que persigue Miguel Gargallo con el museo es, como precisa Adolfo Ibáñez, que es director general del Grupo Gargallo en Aragón, generar visitantes en Gargallo, una localidad que hasta ahora no estaba en el itinerario habitual de los turistas que recorrían el Bajo Aragón histórico. Su apuesta es fuerte y el museo estará abierto del 1 de marzo al 4 de noviembre. De atenderlo se ocupan dos personas que forman parte de la plantilla de la empresa. 

Museo y secadero de jamones, también perteneciente al grupo empresarial, se complementan en Gargallo de forma que los visitantes pueden pasar un par de horas entretenidos sin salir de la localidad. “El centro expositivo no se ha planteado como un negocio”, recalca Ibáñez, quien matiza que su gestión es uno de los cometidos de la Fundación Miguel Gargallo, que se creó hace unas semanas y pretende, entre otras cosas, “luchar contra la despoblación del medio rural”, señala.