Síguenos

120_-1200x150-remamos-b.gif banner click 120 banner 120

Imagen de uno de los cuerpos de los Amantes en el convento de las Carmelitas de Teruel en 1938

El periodista que vino para ver si los Amantes estaban bien y propuso llevarlos a Zaragoza

Eduardo Fuembuena relató en El Alcázar en 1938 su encuentro con los cuerpos después de la Batalla de Teruel
Chema López Juderías

El Alcázar fue un periódico que se fundó en 1936, durante la famosa batalla de Toledo. Órgano de propaganda del ejército de Franco, los números editados durante la Guerra Civil son una glosa constante de las victorias “nacionales” frente al ejército “rojo”. 

La hemeroteca permite  sumergirse –solo desde uno de los dos bandos, eso sí- en lo que fue la Batalla de Teruel, el cruento enfrentamiento que se vivió en la capital turolense y los pueblos cercanos entre el 15 de diciembre de 1937 y el 22 de febrero de 1938. Un episodio que dejó cientos de muertos, desplazados y una ciudad en ruinas.

Pero en las crónicas de aquella época de El Alcázar, un periódico que se siguió editando hasta que cerró sus puertas en 1987, hay algunas ‘joyas’ por contener detalles de episodios históricos de esta ciudad más allá de los muertos, las derrotas y las victorias. Es el caso de la crónica firmada por Eduardo Fuembuena el 27 de febrero de 1938 en la página 7 del periódico.

El periodista viene a Teruel con un objetivo: “Encontrar los restos de sus históricos Amantes. Sabíamos que estaban aquí, que los anarquistas levantinos no los habían encontrado; sabíamos también que un buen turolense los ocultó en una cueva para ponerlos a cubierto del riesgo de cualquier cañonazo”, escribe.

Fuembuena, que dedica los primeros párrafos a contar la desesperanza y tristeza de los turolenses que observan como sus casas, y prácticamente toda la ciudad, se han convertido en cascotes por la dureza de la batalla, relata después su encuentro con los Amantes.

Dice que le acompañan el alcalde, José Maícas, y el teniente de alcalde, Alonso Bea, a los que ha pedido que le lleven a comprobar que los restos de Isabel de Segura y Diego de Marcilla se encuentran en buen estado. Los responsables del Ayuntamiento, según va desgranando en su crónica, le dicen que esté tranquilo, que los Amantes están bien, pero él insiste en comprobarlo con sus propios ojos.

“Y al fin nuestros buenos amigos nos encaminan hacia el sitio donde se encuentras los Amantes. Entramos en el convento de Santa Teresa. Es aquí donde vamos a encontrar las momias famosas y no en las ruinas de Santa Clara, como se dijo en los primeros momentos”.

Cuenta el periodista en su crónica que tuvieron que atravesar el edificio y añade que era uno de los mejor conservados de Teruel después de la batalla, lo cual tiene una explicación: “Los rojos lo utilizaron como hospital hasta las últimas horas”, escribe.

Explica Fuembuena que bajan a unos sótanos ayudados por unas linternas y encuentran un panorama desolador: “Colchones reventados, sábanas desperdigadas, sillas rotas, trozos de vendajes y frascos llenos de material de cura” y añade que pasan hasta por cuatro naves de camas desvencijadas.

Y ya, por fin, el alcalde, el teniente de alcalde y el periodista están a once metros por debajo del suelo de Teruel. Detalla que acceden al fondo de una cueva, lo que explica que es el cementerio de las religiosas y donde, por fin, encuentra los restos de Isabel y Diego, y junto a ellos, “el cadáver de un miliciano rojo”.

Sin ahorrar detalles, el periodista de El Alcázar describe que el espectáculo no puede ser más tétrico: “El primer sitio del mundo en el que hemos visto convivir los gatos y las ratas. Aquel cadáver, con sus ojos inmensamente abiertos, parecía vigilar la estancia de Diego e Isabel en sus urnas respectivas, sobre la que trepa alguna araña”.

“No han sufrido el más leve daño”, se felicita el periodista hablando de los restos de los Amantes, aunque sí que detalla que tienen mucho polvo y suciedad porque se rompieron los cristales de las urnas que guardaban entonces los esqueletos.

En un análisis un poco más detallado, dice Fuembuena que el esqueleto de Isabel de Segura presenta “algún destrozo” en su mano izquierda.

Y aquí es donde el periodista arrima el ascua a su sardina y deja caer al alcalde, y luego lo escribe en su cónica para que quede constancia, que, tal y como están las cosas por Teruel –ciudad destrozada por la contienda-, lo mejor que se puede hacer es llevar a los Amantes a Zaragoza.  Sentencia que en la capital turolense no hay sitio para las momias, con las iglesias, los conventos y los edificios oficiales en ruinas. Vamos, que no quedaba ni una casa en pie.

Añade que la capital aragonesa “tendría un gran honor en acoger provisionalmente las históricas momias, y al hacerlo daría motivo para que una vez más el pueblo zaragozano exteriorizara su devoción por este admirable pueblo tan martirizado, hasta el momento mismo de sucumbir”.

No debió el periodista encontrar demasiado entusiasmo a su propuesta por parte del alcalde y el teniente de alcalde, porque aquí se acaba su relato sobre los Amantes, sin aclarar si el Ayuntamiento le dio respuesta.

¿Anda ‘El Campesino’ por la ciudad?

Fuembuena aprovecha su visita a Teruel para hablar también de la aparición de los cadáveres de “cinco jefes rojos que se han suicidado”.

Explica el periodista que el 26 de febrero se han encontrado numerosos cadáveres “de milicianos rojos” tanto en el interior de las casas como entre los escombros que aquellos días llenaban las calles de Teruel, algo que es fácilmente comprobable echando un vistazo a las fotografías de la época.

Dice que todos ellos pertenecen a la división de El Campesino, e incluso detalla que son un jefe del batallón; dos comisarios políticos; un Jefe del Estado Mayor y un hombre de intendencia. Eso sí, añade que de El Campesino, nada se sabe. Circula el rumor, escribe, de que el tanque que intentaba sacarlo de Teruel tras el triunfo de los franquistas no pudo salir y que puede estar oculto en la capital.