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Historias de la Historia, con Javier Sanz: la gripe española mató a entre 50 y 100 millones de personas en el mundo (II)

Una tercera parte de la población mundial sufrió esta pandemia que se desarrolló en 3 oleadas
Javier Sanz

Gracias a la neutralidad de nuestro país, la maquinaria diplomática española podía operar en todas partes, incluso podía llegar más lejos que la Cruz Roja, y así, localizaron desaparecidos, repatriaron heridos, lograron la liberación de prisioneros o, si esto último no era posible, consiguieron humanizar sus condiciones de cautiverio. La acción humanitaria de la Oficina Pro Cautivos proporcionó ayuda a 136.000 prisioneros de guerra franceses, belgas, italianos, ingleses, estadounidenses, portugueses, rusos, etc. Repatrió a 21.000 prisioneros enfermos y a cerca de 70.000 civiles que habían quedado en terreno ocupado por el enemigo. 

Sus colaboradores también realizaron alrededor de 4.000 visitas a campos de prisioneros, y se consiguió un acuerdo entre las partes beligerantes para que no atacaran ni torpedearan a los buques hospitales. Además, también intentó liberar y traer a España a la Familia Imperial rusa; sin embargo, la Revolución bolchevique frustró sus planes. Sin duda, Alfonso XIII se ganó la estima y gratitud de muchas familias involucradas en aquella terrible guerra. Por su labor humanitaria fue propuesto dos veces, aunque sin éxito, al Premio Nobel de la Paz en 1917 y en 1933. Alfonso XIII les dio sobradas razones para elaborar un reportaje humano y solidario, pero estos medios prefirieron  utilizar la figura del rey para echar más leña al fuego y publicaron que tanto el rey como medio gobierno enfermos de gripe. Y los medios británicos, siendo esto ya suficientemente sangrante, fueron más allá. 

La British War Propaganda Bureau, la agencia de propaganda creada por el gobierno británico cuando estalló la Primera Guerra Mundial, dirigió su labor propagandística a los países aliados y, sobre todo, a los neutrales —especialmente Estados Unidos y China— para vender la maldad de las Potencias Centrales y, de esta forma, ofrecerles argumentos para posicionarse. Una de las campañas más miserables y que más éxito tuvo fue las de las fábricas de tratamiento de cadáveres de Alemania.

En 1917 los periódicos británicos The Times y The Daily Mail publicaban una noticia bajo el titular “Los alemanes y sus muertos”. La fuente de la noticia era una publicación en un periódico belga que referenciaba uno holandés que se hacía eco de uno alemán. Según los diarios británicos, en estas factorías se procesaban los cadáveres para extraer la grasa y fabricar nitroglicerina, velas y aceites lubricantes.  Además, el hueso se molía hasta convertirlo en polvo y como fertilizante. Lo terrible de esta historia es que se publicó que los cadáveres utilizados no eran de animales, sino cuerpos humanos. Las autoridades alemanas protestaron antes aquellas “repugnantes y ridículas afirmaciones” y trataron de explicar que la noticia del periódico alemán hacía referencia al mal olor que provenía de una fábrica y utilizaba la palabra kadaver -con k-, que en alemán significa cadáveres de animales. Los británicos, intencionadamente, lo tradujeron por cadáveres humanos. La noticia llegó a cruzar el charco y The New York Times también la publicó. La oficina de propaganda había conseguido su objetivo. El caso llegó a discutirse en la Cámara de los Comunes concluyendo que, aunque no existían pruebas de ello y que no era un asunto en el que el Gobierno británico tuviese que inmiscuirse ya que no tenía ningún control sobre los diarios británicos, conociendo cómo actuaban los alemanes cualquier cosa era posible. 

Secuelas de las ‘fake news’

Para aquellos que difundieron noticias falsas en 1917, los alemanes eran tan malvados que cualquier cosa podía ser usada como arma contra ellos, incluyendo rumores y mentiras. Pero aquellas fake news iban a tener consecuencias. Cuando en la década de los años 30 comenzaron a llegar noticias de las atrocidades que los nazis estaban cometiendo con los judíos (campos de exterminio, cámaras de gas…), muchos no las creyeron pensando que se trataba de otro bulo como el de las fábricas de tratamiento de cadáveres de la Primera Guerra Mundial, y esta duda contribuyó a la tardanza en responder a las solicitudes de asilo de los refugiados judíos.

Dejando a un lado mi crítica a los medios europeos de la época, creo yo que justificada, si  España no fue el origen de aquella virulenta pandemia, ¿dónde encontramos el foco inicial? Pues ese es uno de los misterios que todavía rodean a esta gripe. Antes, habría que puntualizar que hablamos de una pandemia que atacó en tres oleadas: la primera  durante la primavera de 1918, algo más grave que una gripe estacional pero sin llegar, por ejemplo a Sudamérica o Australia; la segunda, la más devastadora, que asoló el mundo desde agosto de 1918 hasta el mes de diciembre; y, la tercera, durante los primeros meses de 1919, que afecto a más territorios que la primera pero de menor impacto. 

El origen, como tal pandemia, es harto difícil situarlo en un solo punto, y las alternativas que se barajan son China o Asia central, Francia y los Estados Unidos. Sin embargo, si hablamos de la segunda oleada, la considerada como la gripe española, la balanza se decanta por los Estados Unidos, concretamente en los campamentos militares establecidos en el condado de Haskell (estado de Kansas). Aunque tenía un gran poder de propagación, como cualquier gripe, según los médicos militares estadounidenses aquel virus no resultaba más letal que la gripe estacional de todos los años. Y este fue el primer error, porque se determinó que la neumonía fue la causa de la muerte de varios soldados, cuando realmente había sido la gripe. 

Por todo el mundo

En agosto de 1918, y tras algún tipo de mutación que la hizo extremadamente virulenta al cruzar el charco o ya en el viejo continente, prendió la mecha de la segunda oleada en Europa, concretamente en Brest (Francia), el puerto francés por el que, casualmente, entraban la mayoría de las tropas estadounidenses que se incorporaban al frente europeo de la Primera Guerra Mundial. Desde los campos de batalla europeos el virus se extendió por todo el mundo, llegando incluso hasta áreas remotas de Siberia, Alaska o las islas del Pacífico. Hoy en día, aunque los datos siguen presentando unos amplios márgenes de incertidumbre, podemos situar el número de muertos en una horquilla que va de 50 a 100 millones de personas (más que las dos guerras mundiales) y el número de las que padecieron la enfermedad en más de 500 millones (una tercera parte de la población mundial). 

La vida en las trincheras suponía una constante prueba de resistencia humana durante las veinticuatro horas del día. Era agotadora física y moralmente, y la muerte siempre acechando. No solo estaban expuestos a los bombardeos y disparos del enemigo, sino también a la inhalación de gases tóxicos y a la fiel compañía de piojos y ratas. Cada día morían compañeros y, en muchas ocasiones, los cadáveres quedaban en la tierra de nadie (terreno entre las trincheras enemigas), donde se descomponían ante la mirada imponente de sus amigos. Los soldados se sentían cansados, deprimidos, apenas con ánimos para vivir y seguir luchando, cayendo muchos de ellos en desórdenes mentales, especialmente durante los últimos años de la guerra. Se ha estimado que hasta un tercio de las bajas aliadas en la Gran Guerra se produjeron en las trincheras. Y es que, aparte de las muertes producidas en combate, las enfermedades también fueron una pesada carga: vivir mal alimentados, con la fiel compañía de piojos y ratas, hacinados en lugares reducidos casi siempre mojados y embarrados, y en una tierra tan fría y húmeda como el norte de Francia y el sur de Bélgica, causó millares de bajas debido a la pulmonía y la disentería. A veces, la simple lluvia podía dar lugar a todo un mar de lodo. Las trincheras se llenaban de barro. Si los soldados pasaban demasiado tiempo en una zanja llena de agua y la situación se complicaba con el frío de los inviernos extremadamente duros (hasta 20 bajo cero) el resultado eran los llamados pies de trinchera, el primer paso para la posterior gangrena. Hacia finales de 1915, y para tratar de combatir el pie de trinchera, los soldados británicos estaban equipados con tres pares de calcetines y tenían órdenes de cambiárselos al menos dos veces al día. Como para hacer público que, en medio de aquel escenario terrible y desolador, apareció una enfermedad infecciosa aguda, que afectaba al aparato respiratorio, y que mataba a diestro y siniestro. Si bien es cierto que la movilización de tropas y el ámbito mundial de la guerra, así como las multitudinarias celebraciones tras  la firma del armisticio en noviembre de 1918, favorecieron la expansión de la enfermedad,  no lo es menos el hecho de que la enfermedad no influyó en el devenir de la guerra. Ni la alargó ni la acortó, y tampoco tuvo que ver con el desenlace final. 

¿Qué hizo diferente a esta gripe de las de fiebre, tos y malestar general de todos los años? La alta tasa de mortalidad (hasta 25 veces más letal que otros virus de la gripe) y, sobre todo, el hecho de que fuera especialmente virulenta entre adultos sanos con edades comprendidas entre los 20 y 40. La curva de mortalidad de la gripe estacional tiene forma de U, correspondiendo los dos picos donde es más elevada con la población de niños y ancianos, personas normalmente más sensibles a las infecciones. Por el contrario, la curva de la española tenía forma de W, con tres picos que corresponderían a niños, adultos de entre 20 y 40 años y ancianos. E incluso el último pico, el correspondiente a las personas de más edad, era más atenuado que los otros dos. Más tirando a colina que a pico de alta montaña. Dejando a un lado los niños, que salían mal parados en ambas, la explicación de la colina de los más mayores podría deberse a  que hubiesen adquirido cierta inmunidad al haber estado expuesto a  lo largo de sus vidas a otras cepas gripales que compartiesen parte de sus antígenos con la cepa mutada y letal de 1918. 

Y no hace falta remontarse muchas gripes atrás, porque la observación de aquellas poblaciones a las que no afectó la primera oleada, pero sí la segunda, en la que la tasa de mortalidad fue sensiblemente más alta que las que fueron afectadas por las dos oleadas, lo que confirmaría que las personas que sufrieron la enfermedad en la primera y sobrevivieron desarrollaron un cierto nivel de inmunidad frente a la más mortífera segunda oleada. 

Y respecto al grupo poblacional de jóvenes y adultos, sin llegar todavía a maduritos interesantes, se cree que la enfermedad provocó una reacción exagerada del sistema inmunitario, lo que hizo que en personas jóvenes y sanas se volviera contra sí mismos. 

Dejando a un lado el frente de batalla, que ya hemos visto que la ocultación fue la norma general, ¿cómo se hizo frente a la terrible pandemia? Pues como en botica, de todo hubo. Empecemos por los que la cagaron, pero bien cagada, como en Filadelfia (Estados Unidos).