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Salvador Victoria, la gran referencia turolense de la pintura del siglo XX Salvador Victoria, la gran referencia turolense de la pintura del siglo XX

Salvador Victoria, la gran referencia turolense de la pintura del siglo XX

DIARIO DE TERUEL regala la Cartilla sobre el de Rubielos, obra de Jesús Cámara

Jesús Cámara, quien fuera a comienzos del presente siglo director del Museo Salvador Victoria (1928-1994), dijo del artista rubielano que, “junto con el cineasta Luis Buñuel, el escultor Pablo Serrano y el músico Antón García Abril, es uno de los grandes que ha dado el arte turolense durante el siglo XX”. Cámara es el autor de Salvador Victoria, pintor de universos, título del número 26 de la serie Cartillas Turolenses, que el Instituto de Estudios Turolenses editó en 2006. La obra, que obsequia gratuitamente DIARIO DE TERUEL con su edición de mañana, lunes, es una obra de referencia, didáctica y asequible para todos los públicos, para adentrarse en uno de los nombres imprescindible de nuestra cultura.

De forma breve y sucinta aunque rigurosa, Salvador Victoria, pintor de universos, se acerca al artista desde un ámbito personal, hablando sobre muchos aspectos de su vida que hasta entonces permanecían inéditos y que permiten conocer mucho mejor su obra y el alcance que tuvo. Victoria perteneció a la generación abstracta del siglo XX, tuvo una enorme proyección internacional y, a pesar de las prolongadas ausencias de su tierra, Rubielos de Mora y la provincia de Teruel nunca se apartó por completo de su pintura.

Victoria tuvo la curiosidad innata que se le presupone a todo artista que experimenta con las vanguardias y la abstracción, pero además sus inquietudes artísticas le llevaron a adentrarse en otras disciplinas artísticas más allá de la pintura, como el grabado o la obra gráfica. Su relación con otros artistas fue fecunda y estrecha, pintores y escultores que renovaron el lenguaje del arte español en un momento complicado en el que atravesó un camino tortuoso y sin marcar, en el que Salvador Victoria es una pieza clave sin la que no se entendería su evolución, la del arte español, a lo largo del siglo XX.

El autor diferencia bien entre las etapas geográficas de Victoria, atendiendo a Rubielos de Mora como la partida y la meta de su carrera, Valencia como el nacimiento de su vocación artística, Granada Islas Baleares, madrid o Barcelona, entre otros lugares, durante su época viajera de autoconocimiento; París, y su encuentro con las vanguardias y Madrid, donde tuvo lugar su mayor expansión creadora.

En este sentido, Cámara considera vital que la primera luz que impresionó la retina del futuro artista fue la de Rubielos, donde ya empezó a destacar como dibujante, a pesar de que a los ocho años y en plena guerra civil, en la primavera de 1937, se trasladó al barrio del Carmen de Valencia con su familia. Pese a unos primeros años grises y tristes, en plena posguerra y con su madre cumpliendo prisión por auxiliar a los heridos republicanos durante la guerra, y el Mediterráneo terminó de despertar la sensibilidad artística que se encontraba latente en el turolense.

 

Lo geométrico y la esfera terminó convirtiéndose en una seña distintiva de Salvador Victoria

Pocos referentes directos

Victoria se matriculó en 1943 en la Escuela de Artes y Oficios, y en 1947 en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, “que en ese momento no atravesaba su mejor momento docente”, matiza Jesús Cámara, “ya que los mejores profesores pertenecían al bando perdedor y prácticamente todos marcharon al exilio, fueron depurados o se adaptaron a otro tipo de enseñanza más acorde con los nuevos tiempos”, como fue el caso de Genaro Lahuerta, “quizá el único profesor de Victoria que tuvo algo que transmitirle”.

El ambiente era decididamente pequeño para un genio como el de Victoria y tan pronto terminó sus estudios comenzó un periplo viajero que le llevó por multitud de ciudades españolas. Entre 1954 y 1955 expuso varias veces en Madrid, pero el viaje decisivo fue en 1956, cuando gracias a una beca del Ministerio de Educación marchó a París, en pleno barrio de Montparnasse. Los diez años que el turolense pasó ahí fueron decisivos para su formación, su profesionalización como pintor y la creación de su propio lenguaje plástico. Cuenta el autor que en abril de 1956 Victoria escribió a su amiga Natacha Seseña: “No te puedes imaginar lo que supone el cambio de Madrid a París artísticamente. Yo me consideraba moderno en mi concepto y mi forma, pero aquí yo quedo primitivo y la evolución es inminente”. Allí conocerá de veras la abstracción y asume el informalismo, de enorme importancia en ese momento, como un lenguaje propio.

Su proceso de investigación es inacabable y en París comienza a darse a conocer en los círculos artísticos internacionales, mucho antes incluso de que su nombre sonara en la atrasada España.

Será a principios de 1965, cuando se instala definitivamente en Madrid, cuando poco a poco sus obras empiecen a ser reconocidas en el panorama nacional. Según el autor de la Cartilla Turolense, uno de los cambios más esenciales en Madrid es su interés por la tercera dimensión y las formas geométricas, protagonistas en sus obras posteriores. También es la época en que realiza sus collages y, a partir de 1967, inicia su gran dedicación al grabado y la obra gráfica.

Quince años de plenitud

Jesús Cámara asume que entre 1980 y 1995 Salvador Victoria conoció su época de plenitud, con intensa y fructífera madurez creativa y enrome reconocimiento a su figura. Fueron los momentos de las grandes exposiciones antológicas; Centro Cultural de la Villa en Madrid, Palacio de la Lonja en Zaragoza, o Museo de Bellas Artes de Huesca, entre otras. En 1988 le fue concedida la Gran Cruz de San Jorge de Teruel y en ese mismo año pudo verse una gran exposición antológica en el Museo Provincial.

Jesús Cámara recuerda como “en el verano de 1994 Salvador Victoria nos dejaba en plenitud vital y pictórica, se diría que murió en mitad del verso, como dice el poema de Gerardo Diego, la mejor forma de morir para un creador, pero la más desoladora para quienes amaron su persona y para quienes admirábamos su pintura”.

Para finalizar, la obra sobre Salvador Victoria dedica un capítulo a la Fundación y Museo que llevan su nombre en Rubielos de Mora, así como una selección de frases y escritos que dejó el autor, y que definen su talante como persona y como artista, además de una prolija y exhaustiva lista de exposiciones individuales que realizó y una bibliografía para profundizar más en su figura.

 

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