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Desde arriba y en sentido horario, Guillermo Navarro, Lorena Recio, Cristina Ramo, Lucía Espinosa, Mario Torres, Pablo Bailén, Inés Escartín y Malena Goya. M. A.

‘Universos liminares’ cierra el ciclo Especies de Espacios 2020-21

Ocho estudiantes de Bellas Artes participan en la última exposición colectiva

El edificio de Bellas Artes de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas del campus universitario de Teruel acoge hasta el próximo viernes Universos liminales, la sexta y última exposición colectiva del ciclo Especies de Espacios, que cierra así su undécima edición.
En la muestra participan los alumnos de 3º del grado de Bellas Artes Inés S. Escartín, Guillermo Navarro, Lorena Recio, Pablo Bailén, Cristina Ramo, Mario Torres, Lucía Espinosa y Malena Goya. A través de diferentes disciplinas artísticas los creadores exploran el concepto de límite o frontera, de las realidades que están a caballo entre dos mundos, que no están exactamente en ninguno de ellos sino en una región difusa que comparte elementos de ambos, o en todos ellos. 
Inés S. Escartín presenta La creación y pone de manifiesto dos intenciones. Por un lado indagar sobre la existencia del ser humano antes incluso de que tenga esa naturaleza humana, a través de dos esferas suspendidas del techo que van derritiéndose poco a poco depositándose en un mismo recipiente que simboliza la unión que da pie a la creación de lo humano. “La pieza también pretende ser una provocación”, explica la autora, “en el sentido de que los materiales con los que están construidas las bolas siguen considerándose tabú, a pesar de que creemos que vivimos en una sociedad suficientemente avanzada”. Una de las esferas está formada con sangre menstrual y la otra es semen humano congelado. “La mejor prueba de que sigue existiendo ese tabú es lo complicado que me ha resultado obtener esos materiales”. 
Por su parte Guillermo Navarro explora el concepto de límite difuso a través de La paradoja de la nada, un libro de autor realizado con serigrafía a una sola tinta donde, mediante su disposición en acordeón, sus elementos desplegables y diferentes orificios practicados en algunas de sus páginas es capaz de trasportar al espectador por un proceso reflexivo sobre el concepto de la nada y su reflejo en el lenguaje y en los social. La paradoja de la nada recuerda a la de Epiménides, y el autor aporta ejemplos como el de la doble negación, la  demostración que la nada no lo es dado que es posible pensar en ella, incluso ubicarla mentalmente en un espacio, aunque sea una espacio idealmente vacío.
Lorena Recio presenta cuatro piezas que forman una instalación titulada Control del azar. Está basada en el shibari, un estilo japonés de anudación de cuerdas que sigue unos estrictos principios técnicos y artísticos muy determinados, y que sirven a su vez de base para el bondage. La construcción de estas piezas a través de nudos y de ataduras alude al hecho de que es posible controlar, sujetar y mantener en un espacio vigilado la realidad, lo que choca conceptualmente con el hecho de que estos objetos que forman las cuerdas son poliedros regulares semejantes a los dados que se utilizan habitualmente en los juegos de rol, juegos de azar u otras actividades que necesitan un factor aleatorio en el sentido de incontrolable o predecible por ninguno de los jugadores. En concreto aparecen flotando un dado de cuatro caras, uno de seis, otro de ocho y otro de diez caras, “elementos que representan al azar y que, por tanto, se enfrentan a nuestra idea de control”, según la autora. 
Pablo Bailén Llabata propone El artificio de los medios, una colección de fotografías que pueden verse en la planta inferior del edificio de Bellas Artes. El límite que ha elegido el autor es el que separa la verdad de lo aparente cuando ambas no coinciden, y critica frontalmente la manipulación que puede sufrir la realidad a través de lo visual, habitual en determinados medios de comunicación, medios de propaganda o redes sociales. Enfrenta diferentes fotografías, tomadas sobre un mismo objeto, en las que un muñeco que sugiere ternura puede esconder otra cosa o en las que una actitud aparentemente apasionada puede ocultar realmente un episodio de violencia.
Por su parte, Cristina Ramo inventa un universo liminal fundiendo elementos vegetales y animales, una constante recurrente, por cierto, en el cine, la ficción o el arte, que siempre ha ocupado al ser humano. Titula Fusión una pieza compuesta por dos elementos escultóricos que reúnen elementos humanos y vegetales, como si de un ser híbrido y limítrofe entre ambos se tratara. 
Mario Torres, por su parte, reflexiona sobre la identidad en una pieza que titula Reencuentro, y que consta de dos partes. La primera es una escultura antropomorfa formada por fragmentos de disco compacto, de forma que ofrecen una serie de reflejos que en parte devuelven la imagen del observador, pero deformada y cambiante en función de la posición del espectador o de la luz que refleja. La segunda parte de la pieza lleva hasta una estancia separada fuera de la Sala de Exposiciones de Bellas Artes, a través de unas flechas, donde un cubículo en el que solo cabe una persona desvela el sentido último de Reencuentro, la propia obra. 
Lucía Espinosa presenta por su parte Resiliencia, una pieza elaborada con vendas de escayola sobre el torso de una mujer. La escultura aparece cuajada de fisuras y cicatrices, colmatadas con una sustancia dorada como si se tratara de una pieza de kitsugi, arte oriental que habitualmente se identifica con la unión de las piezas rojas de un jarrón cuyas fracturas se rellenan con oro, para revalorizar la pieza que, de otro modo, solo sería un conjunto de fragmentos cerámicos rotos. Para Espinosa las cicatrices en el torso tienen además un significado que tiene que ver con los complejos femeninos y con las enfermedades físicas, y también con haberlas superado con brillantez, “de forma que haber sufrido esa enfermedad y haberla superado hace todavía más bello al cuerpo”. 
Por último, en el vestíbulo principal del edificio de Bellas Artes puede verse la última pieza de Universos liminales. Es obra de Malena Goya que se muestra muy interesada por el concepto creativo de hogar, y el de mudanza, así como otros asociados que tienen que ver con hábitat, identidad, transformación y crecimiento. La pieza, titulada Todas las pieles que he dejado atrás, se materializa a través de elementos contenedores en forma de gota -o de nido- confeccionados con lana, “un material que la creadora asocia a la sensación de hogar, según explicó-. Cada contenedor representa uno de los hogares que ha tenido la autora, y está asociado a él a través de un elemento intangible, un olor, que identifica cada hábitat y su etapa evolutiva a la que corresponde.
La exposición puede visitarse gratuitamente hasta el  próximo viernes. Es la sexta y última del ciclo Especies de Espacios 2020-21, undécimo de una serie que  su recoge exposiciones colectivas de los alumnos de Metodología de proyecto: Espacio, asignatura de que se cursa en 3º del grado de Bellas Artes, con la profesora Silvia Martí Marí.