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Por Raquel Sánchez

Detrás de la inclinada torre de la plaza Pérez Pardo el sol desaparece poco a poco, se refleja en la construcción mudéjar y hace brillar su cerámica, que produce multitud de destellos verdes. La última luz del día entra a través de los ventanales como arcos apuntados para iluminar los pasillos internos de la torre y si la observas desde la plaza tienes la sensación de que el tiempo se detiene, igual que lo hacen las motas de polvo del interior descubiertas por los rayos de sol. Ninguna tarde la torre luce del mismo color, unas veces se acentúan los tonos rojizos de los ladrillos hechos con arcilla, otras se vuelve blanca como el bastón de piedra que la sujeta en el extremo e, incluso, hay veces en que la torre de San Martín, como se la conoce ahora, adquiere un tinte amarillo para competir con los últimos rayos de sol.

Pero, no siempre ha sido la de San Martín, durante mucho tiempo fue la de Omar, el autor de la construcción errada más bonita de la ciudad. Este fue el encargado de dotar a la torre de algo especial, ya que a cada persona se le ilumina de una manera. Más que con cerámica, parece como si Omar hubiese dibujado las estrellas de ocho puntas y los arcos lobulados y entrecruzados con cristales que reflejaran todos los colores en los que se descompone la luz, para que llegaran al ojo humano de forma diferente. La última zona de la ciudad en quedarse a oscuras es siempre la plaza Pérez Pardo. El sol, tras una intensa batalla contra el fortín, en la que solo se aprecian rayos verdes, desaparece detrás de la torre, pero esta sigue brillando durante unos minutos más.

La razón de construir tal torre fue por el amor a primera vista de una mujer. Una mujer por la que dos hombres perdieron la cabeza. Un amor, que al contrario que muchos, nunca morirá y una torre que nos recuerda que los celos son eternos. Los hombres enloquecidos fueron Omar y su amigo Abdalá, dos jóvenes alarifes que se encargaban en el siglo XIII de embellecer la ciudad de Teruel. Crecieron juntos encima de los tejados como hermanos y ambos aprendieron de un viejo maestro de la orfebrería, que les acogió en su taller, por lo que no fue ninguna sorpresa que con apenas dieciséis años se convirtieran en los alarifes más jóvenes de la villa.

Construyeron una ciudad desde el cielo, con el suelo como meta. Desafiaron las leyes de la física para que Teruel no volviera a ser un amasijo de casas sin sentido. Tenían un sueño, pero se quebró una tarde con la misma facilidad que la cerámica con la que trabajaban. Una muchacha pasó por debajo de la ventana del taller y se quedó mirando a los dos jóvenes. Omar y Abdalá no podían apartar su mirada de la forma de caminar, el cabello, la cara y el cuerpo de la joven, pero, hicieron como si no la estuviesen mirando. Esa misma noche, sin consultarlo el uno con el otro, visitaron al padre de la doncella para conseguir su mano. Por suerte, o por desgracia, no coincidieron en la casa de Zoraida. Así se llamaba la mujer por la que estarían dispuestos a distanciarse para siempre.

El padre meditó cuál de los dos hombres era mejor para su pequeña. Pero, por mucho que le daba vueltas, no sabía cómo descubrir la superioridad de uno de ellos. Así que, el patriarca de la familia quiso resolver dicha disputa con lo que ambos mejor sabían hacer: construir una torre. Delante de toda la villa, donde ahora descansa todavía la torre de Omar, el padre de Zoraida juró que desposaría a su hija aquel que antes levantara el fortín más alto de la ciudad. Desde aquel pronunciamiento, la amistad de los dos alarifes se transformó en rivalidad y empezaron las obras.

No hubo un día en el que no se viera a los alarifes trabajar en sus respectivas torres, tapadas con lonas verdes para evitar plagios, que crecían como Thujas al sol. Las torres parecían humanas y los alarifes simples muñecos de arcilla sin corazón. Ambos experimentaban un ardiente placer en la construcción que les impedía dormir. Sin embargo, los turolenses coincidían en que algo malo podría pasar.

Y ocurrió. Debido a la posición en la que había iniciado las obras, la torre de Omar solo recibía el calor del sol por uno de sus lados y, por culpa de la dura competición, no estaba respetando el tiempo de secado de la arcilla que sujetaba la obra, por lo que el lado de umbría podría hundirse. No obstante, él solo veía una torre alta y preciosa que consiguió terminar mucho antes que su hermano Abdalá.

El día en que Omar anunció su victoria, toda la villa se acercó hasta la amplia plaza para completar el monumento a Zoraida. Sin quitar la mirada de los ojos de su premio, el joven constructor retiró las lonas que cubrían su obra con la cabeza más alta de lo habitual. Mientras las lonas caían lentamente al suelo y levantaban el polvo de toda la plaza, un suspiro popular rompió el embrujo que sufría el alarife, miles de voces al unísono exclamaban frases de asombro tan bajo, que parecía una manada de abejas zumbando acercándose hasta su colmena. Poco a poco, desde los pies de la torre, Omar subió la mirada hasta llegar al ecuador de su construcción errada.

La escena y decepción de los turolenses, pero, sobre todo de Zoraida, debió de quedar grabada en la mente de Omar, pues esa misma noche subió a lo más alto de su inclinada torre y se arrojó al vacío. Por su parte, Abdalá terminó las obras una semana después y le mostró a toda la villa la construcción tal y como se ve hoy en día: tan bella como recta. Aún con esta perfección, los vecinos de Teruel no pudieron reprimir la sorpresa cuando el alarife retiró las telas verdes que cubrían la obra. El parecido con la torre de Omar era desconcertante, solo se diferenciaba en el reflejo que la luz hacía sobre ella. Una desprendía luz, mientras que la otra la absorbía y atraía a la oscuridad.

Hoy en día, detrás de la torre de Omar, donde el sol desaparece y comienza el gran bastón que la sustenta, nadie quiere sentarse por el fuerte viento que sopla desde la Andaquilla y se ha convertido en un gran escondite. Desde ahí, una joven afirma que, justo en el instante en el que sol desaparecía detrás de la torre, un hombre al que veía cuando se sentaba en su altillo secreto se le acercó un día y le susurró una frase que le hizo entender que el amor muere, pero los celos son eternos: «No me tiré de la torre, me empujó Abdalá». Cuando pronunció la última palabra despareció junto con el último destello verde reflejado en la torre. Así me lo han contado y así lo dejo por escrito.