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Por Javier Lizaga

A Domingo le gusta el olor a tierra humeda cuando la levanta la legona. Quitarse las costras de barro de las manos en un pozal que mete y saca con una cuerda de la acequia. Recuerda también, de niño, cuando se perdía entre el panizo, sin confesarlo después, y buscaba las voces de las mujeres. No le gustan los líos, esperar a que haya agua para regar, ni subir los sacos al granero. Tenía 15 años, 7 meses y 25 días cuando empezó la guerra.

Ya se escuchan lejanas las ametralladoras que siguen repicando en la sierra de Albarracín. Pisan los soldados los mismos adoquines que pisaron los muertos, que, ahora, yacen entre los escombros. Pisan los vecinos, que recogen el carbón que han traído los camiones de Ariño. Y alguna minúscula partícula de sangre, seca, se llevarán para casa en sus alpargatas.

43 falangistas y dos tenientes de la guardia civil estaban escondidos en las alcantarillas y muchos más siguen en el Seminario y en las Claras. Quedan en el cementerio los huesos, de los vivos, hasta hace muy poco, y de los muertos, ya desde hace un tiempo. Todos revueltos en el escenario de las últimas acometidas, cuerpo a cuerpo. Si es que así se puede llamar cuando desconocidos se clavan bayonetas y, sin motivo, se juegan la vida. Sin recordar ya que no es latas y frío.

Es jueves 22 de diciembre y vuelve a nevar, se impone un silencio mudo como si fuera una noche sin más. No la noche en que los periodistas apuran sus crónicas para contar que Teruel ha sido recuperado por la República. La única verdad es el frío y el hambre. Las preguntas persiguen a los que faltan. Uno siempre piensa que volverán. La vista se fija en los parapetos y los escombros, y todavía nadie ha visto que el Torico no está. En una guerra es dificil saber dónde estamos o quienes somos.

Nada somos ante los designios del señor, dice María resignada. Y mira a Domingo con esa misma mirada del día que se conocieron, entre el cariño y el tú verás, que le pone la tripa revuelta a su novio. Ella soñaba ser sastre, quería irse a Barcelona, quería dejar de cargar cestas. Lo primero que matan las guerras son los sueños, las esperanzas, los planes. Y ahí está ella, como si no tuvieran en casa suficientes quebraderos de cabeza, con un hermano en Valencia, sin cosecha y mirando a un saco en la cuadra, uno que trajo “el Domingo”, como le dice su padre, hace ya una semana.

Se conocían de siempre. Sus padres se prestaban las manos, porque cuando hay que segar o sacar patatas, todas son pocas. Y en el campo cuando faltaban los medios, sobran los favores. Los enemigos se heredan sin preguntar, al igual que los pobres comparten esfuerzos porque es lo único que tienen. Porque lo importante es que alguien se acuerde de tí y que alguien le abra la puerta a los tuyos cuando todo se tuerza. Y así, habían pasado de odiarse a hacerse promesas.

Sin las mulas, muertas seguro de hambre en algun cerro, y con los padres al tajo, aquella cuadra, donde corrían los ratones y olía a paja humeda era un refugio y ya pudo María decir, En que momento se te ocurrió que era buena idea traerte el Torico a casa, y Domingo respondió, Soy la ruina de mi familia. Parecía que se iba a hundir la plaza. Solo pensé en hacer algo bien por una vez. Pero van a pensar que lo robaste. Pero tú sabes que no es así. Ya sabes lo que cuentan, hay más muertos que razones, dice mi madre. Me voy a volver loco. Ahora es cuando tienes que ser valiente. Me va a matar mi padre o algun desgraciado. Cállate, cállate y no digas ni una palabra. Cambia esa cara y vamos a esperar.

Están los cementerios llenos de grandes hombres que no salieron de una vida precaria, que no se dieron la oportunidad. En frente otros tienen el único mérito del empecinamiento. Jose Enrique empezó tarde la academia militar, suspendió todas las pruebas. Había heredado redondez, escasa estatura y genio de su madre, costurera a toda honra. Quería ser mejor que su padre, un simple corneta, pero de él había aprendido que no hay más madre que la patria. Ese 22 de febrero Varelita, como lo llamaba Franco, se había encontrado con las tropas de Aranda que bajaban de Valdecebro y juntos recuperarían Teruel. Había que limpiar España, sin dejarse ningún rincón.

Chaval, vente a Valencia, no seas tonto, allí hay chavalas y huerta, aquí se hielan las ideas. No te van a dejar ni el saco los nacionales. Domingo ni levantaba la cabeza. Poco le importaba a él quien viniera. O un poco sí. Llevaba dos meses esperando el momento justo para librarse del Torico. Le pesaban más los remordimientos que ese toro paticorto de ojos vivarachos, y aun así, iba de medio lado. No había dicho nada a nadie. Así sería más creible que era cosa suya. Pensaba que igual estaba muerto o en la carcel en solo un rato.

Abrió la puerta del ayuntamiento y no se sintió ni un alma. Papeles por el suelo, desorden, unas banderas rajadas y unas sillas amontonadas, preparadas para arder. Estaba tan vacio como la ciudad. Adonde vas chaval, y se le pararon los pies antes de que lo verbalizara el alguacil. Vengo a dejar esto, acertó a escupir a media voz. Y eso qué es chaval, o te crees que soy adivino. Date la vuelta. Entonces es cuando vio la cincha de la que colgaba la escopeta con la que sabía que le pegarían dos tiros. Carbón. Es carbón. No me fio, ni de ti ni de los tuyos Sietesoles. Abre ese saco. Que mencionaran a los suyos casi le dolió tanto como saber que si abría ese saco estaba muerto.

Un chirrido salió de las bisagras congeladas del portón. Por qué te has adelantado, te dije que te ayudaría a cambiar el carbón por otro seco. Qué hace aquí la hija del Mediasuelas, ahora si que quiero ver lo que hay en ese saco. No se fía usted de la nieta del campanero, señor alguacil, mire que mi abuelo conoce a Maícas, al alcalde, el que dicen que va a volver, lo ha olvidado. Los vivas y los tiros al aire se acercaban. Ojalá os pillen por aquí los nacionales, a ver si ellos son tan misericordiosos como yo. Se dio media vuelta y se marchó.

A la salida se cruzaron con dos soldados gallegos que ni repararon en dos chavales con un saco de carbón. Se pensó al principio que se lo habían llevado los rojos. Una raja en la parte trasera y la falta de una parte del cuerno derecho dieron fe de que era el de siempre, cuando alguien lo encontró. El alcalde Maícas y su teniente Alfonso Bea se hicieron una foto antes de colocarlo y nadie preguntó mucho más. Domingo y María siguieron juntos. Se casaron, tuvieron hijos, penurias, días buenos y malos. Y a pesar de todo fueron felices. Si podían pasaban por la plaza del Torico. Aseguraban que nunca iban a contar el secreto de su suerte.