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Cuando la vida pende de un hilo Cuando la vida pende de un hilo

Cuando la vida pende de un hilo

Relato de Rubén García Bielsa / Fotografía de José Manuel Martín Andrés

Siempre he creído en el destino. Cuando era pequeño, mientras estaba en mis divagaciones astrales por medio de cochecitos de juguete, recuerdo toparme con aquel accidente aéreo de Spanair, donde 154 personas perecieron al poco de despegar el avión en el que viajaban en un día de verano de 2008. El telediario estaba haciendo una especie de recuento de las víctimas conforme se hacían oficiales, pero mi madre se dio cuenta de que yo lo estaba viendo y cambió de canal. Iban por 140. Mi inocencia no me permitió abrumarme en exceso, pues para eso tenía que entender de una forma más madura la gravedad del asunto, pero sí que pensé en aquellas personas que salían con vida de aquella catástrofe, en la cual hubo 18 supervivientes. “No sé exactamente cómo muere tanta gente de manera simultánea, pero tú has sobrevivido y eso me llama la atención” pensé.

No es que a partir de ahí les dijera a mis padres aquello del ‘Carpe Diem’ y demás historias, aún pasarían unos cuantos años hasta dar ese tipo de términos en la escuela, pero sí que me hizo darle vueltas a eso del ‘destino’; ese concepto etéreo que no termina de estar asociado directamente a una religión, pero que tiene un componente místico. La realidad es que el por qué ocurren las cosas a ciencia cierta es un campo que todavía se escapa al saber humano (vamos, que no lo tenemos lo suficientemente estudiado), por lo que las elucubraciones esotéricas en este tipo de vacíos científico-legales toman un cariz importante.

“Y, sin embargo, se mueve”, como diría Galileo tras ser cuestionado ante la ley por sus difamaciones sobre la rotación de la Tierra, el destino quiso que un señor -no recuerdo el nombre, tiro de memoria infantil- que estaba sentado en los primeros asientos del avión sobreviviera. ¿Por qué pudo ser?, ¿Tenía todavía grandes acciones por hacer o simplemente tuvo una suerte increíble y no era su hora? Vas desarrollando tu hipótesis mental y ves que el destino lo gobierna todo: definirá si pone o no a aquella chica frente a ti durante la fiesta de fin de curso, si aquel conocido que frecuenta el mismo bar que tú conoce a un compañero que tiene contactos de lo tuyo o, simplemente, decidirá si llegas a la vejez.

No creo que yo llegara a pensar todo esto sin antes volver a ordenar en la línea de salida a mis cochecitos, pero la verdad es que es una reflexión que ya existía en la antigua Grecia, si bien estos desviaban responsabilidades a tres hermanas que dominaban de una manera un tanto macabra los hilos que simulaban la línea de la vida: las Moiras. Según la mitología griega, fuente inacabable de respuestas cuanto menos elaboradas de los pormenores de esta vida, las Moiras -Parcas en su versión romana- estaban compuestas, de menor a mayor en rango de edad, por Cloto, Láquesis y Átropos, todas ellas seres del Inframundo que decidían, literalmente, si alguien vivía o moría. Un poco al estilo de los emperadores romanos y su pulgar arriba o abajo en el Coliseo, pero llevado al máximo exponente.

Cloto, la menor, era la encargada de la rueca, en la cual hilaba cada una de las vidas de los mortales. Los hilos de lana respondían por los desdichados y pobres, destinados a una vida perdularia, mientras que la nobleza, los terratenientes o la gente de grandes triclinios en sus moradas gozaban de la calidad de los hilos de seda u oro. Láquesis continuaba esta manufacturación al por mayor, midiendo y coordinando la longitud de cada vida; agrupaba cada hilo en un carrete y con ello repartía la suerte que iba a tener cada una de las vidas. Átropos, la hermana mayor, revisaba las funciones de sus dos hermanas, así como, sin mediar palabra, aplicaba un tijeretazo según le venía en gana a cada uno de los hilos, induciendo el fin de la vida de cada persona.

Personalmente me quedo con Láquesis, que es la que decide al final si la chica que hemos mencionado antes coincidirá conmigo en la fiesta, si bien el respeto otorgado a las tres era máximo, incluso para los dioses, quienes también se veían expuestos a que sus vidas, de repente, pendieran de un hilo, pues Átropos tenía la misma soltura para cortar el oro que la lana.

Que las Moiras tuvieran el corte listo en la línea de la vida marcó un buen punto de partida para aquello del destino, pues, si algunas han personificado esta palabra, sin duda han sido ellas. Es curioso ver como el humano, con la mente puesta en el por siempre eufemismo de la muerte, decide adoptar diversos caminos diferentes en relación con su hilo, desde el trotamundos constante, el sedentario, el trabajador cuyo oficio le tiene exprimido o el que pone las películas en streaming a 1,5x de velocidad, normalmente, y válgame la paradoja, para ahorrar tiempo de su vida y dedicarlo a otro tipo de contenidos también en streaming. Todos ejecutamos nuestras vidas como si fuera un sistema informático en aquello que, a priori, nos hace felices. Algunos piensan con frecuencia en el fin de su vida -y, por tanto, indirectamente en Átropos- intentando adivinar el momento exacto del tijeretazo de su hilo -hay filtros en Instagram que predicen el día de tu muerte por si alguien desea comenzar a establecer suposiciones-, mientras que otros viven sus vidas sin pensar en nada más que una existencia plena dentro de sus posibilidades: polvo fuimos, polvo seremos.

No sabría decantarme sobre quien de estos dos grandes grupos es más feliz, pues a veces el destino te tiene preparado un hilo dorado por tu alegría de vivir, pero quizás la prudencia te ahorre alguna que otra cuerda deshilachada. En ese sentido, el poeta griego Hesíodo ya alabó en torno al 700 a.C. la mesura en la anticipación de nuestros actos, ya que “lo mejor en todo es escoger la ocasión adecuada”. Quien sabe, igual si mezclamos la actitud frente a la vida de ambas ideas, las Moiras nos den otra chance para que nuestro hilo siga girando en la rueca, como si nos sobrara el tiempo.

* Rubén García Bielsa

Estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual en inglés en Madrid, ha colaborado en artículos con diversos periodistas expertos en fútbol antiguo, así como publica análisis de cine y obras de arte en sus redes sociales. Tras estar de prácticas en Heraldo de Aragón, está escribiendo un libro sobre la evolución de la Selección Española de fútbol desde 1900 hasta la actualidad.

* José Manuel Martín Andrés

Turolense aficionado a la fotografía, principalmente nocturna y retrato. Para él fotografiar es una forma de expresión, una manera de contar historias y de hacerlas más grandes y especiales.