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Jose Manuel Martín Andrés. Turolense aficionado a la fotografía y al diseño gráfico

Epidemia

El Espejo de Tinta, por Julián Paralluelo

Me encuentro solo, solo en una habitación vieja, sucia, descuidada. Ya no se limpian, el servicio de limpieza hace tiempo que no pasa, no pasan las enfermeras y los médicos han desaparecido. Creo que estoy solo, no se oyen ruidos, no hay nadie.

Tengo que salir de aquí, pero no puedo, estoy conectado a una máquina. Llamo al timbre y no viene nadie. Creo oír ruido, tiene que haber alguien, grito, pido ayuda, los pasos se oyen cada vez más cerca, se paran, creo que esta detrás de la puerta, vuelvo a gritar, a pedir ayuda, la puerta se abre, por fin, es un enfermero.

-No te conozco ¿eres nuevo aquí? 

-No se preocupe, ahora mismo lo desconecto, ya no hace falta.

-Gracias, me estaba agobiando, ¿qué eres enfermero o médico?

-Qué más da lo que sea, esto no tiene remedio.

-Espera, ¿qué me vas a hacer?

-No te preocupes, sé lo que hago.

No podía creérmelo llevaba más de un mes postrado en cama y aún tenía fuerzas para caminar.

El enfermero, creo,  porque nunca llego a decirme lo que era, me tenía cogido del brazo ayudándome a caminar. Pasamos por un pasillo vacío camino al ascensor, bajamos hasta la calle, desierta, sin signos de vida.

-¿Dónde me llevas?

No contestó, apenas hablaba, tenía prisa, me llevaba casi en el aire, mis pies se arrastraban debido a la poca fuerza que me quedaba en las piernas. Volví a preguntarle, pero seguía sin contestar.

Me introdujo en una ambulancia, en el asiento delantero, fuimos por unas calles vacías, sucias, los carteles de nuestro líder estaban desprendidos, sus símbolos caídos. 

El líder con el cual iba a venir la prosperidad al país, fuera de políticos corruptos e instituciones innecesarias, empresas productivas que nos garantizarían unos salarios dignos, extranjeros sin papeles expulsados, el paraíso… del cual huyó, desapareció sin dejar rastro. 

El gran hombre, que al ver el peligro nos dejó a nuestra suerte.

Parecía una ciudad diferente, mi ciudad, pequeña, pero bonita donde las hubiera. Éramos treinta mil habitantes, para mí el número ideal, paseabas  por la calle sin aglomeraciones, en el barrio nos conocíamos todos, nos saludábamos, charlábamos sobre cosas intrascendentes, calidad de vida.

Esta noche era diferente, lo bonito se transformó en tenebroso, quise reconocer a alguien  en ese momento, sí, era el dueño del bar donde solía tomarme mi cortado y leer la prensa diaria, un local acogedor donde me sentía a gusto, su música ambiental, el mejor blues que se editaba en ese momento. Juan, que así se llamaba el dueño, era como yo un gran amante de este género musical, podíamos estar horas hablando de música con gran entusiasmo.

¡Juan, Juan!, le grite desde la ventanilla de la ambulancia, se giró, con cara triste, me hizo un gesto con la mano como si no me conociera, estaba ido deambulando por la calle.

-¿Qué ha pasado? Le pregunte al enfermero, esto no es lo que yo dejé antes de mi ingreso, había vida, ahora solo hay desolación.

-Es lo que hay, lo que nos han dejado nuestros dirigentes, muerte y miseria.

- ¿Dónde me llevas?

-Qué más da, todos los caminos nos llevan al mismo sitio

Recuerdo como empezó todo, esta pandemia no fue como la primera, está aniquilando toda forma de vida, quedamos pocos, muy pocos.                                                                                                      

Siempre creí que el fin de la humanidad sería consecuencia de alguna guerra fraticida por la hegemonía mundial, la locura de un dirigente todopoderoso que se creyera como líder supremo, pero no, fue la estupidez humana la que nos hizo este daño.

La primera pandemia, el estado de alarma, el confinamiento de la población en sus casas.

Todo parecía controlado, pero ahí estaba la oposición política hacia el gobierno al cual tacharon de embaucador, que la pandemia era mucho más de lo que nos estaban diciendo.

Ocultaban las cifras totales de fallecimientos, nos teníamos que haber confinado mucho antes, no hicieron caso de las recomendaciones dadas por la Organización Mundial de la Salud, que usó el estado de alarma para cambiar el signo político hacia una dictadura comunista.

La oposición, con una magnifica manipulación de los medios de comunicación, hizo girar la opinión pública hacia ellos.

Nombres prestigiosos de distintos ámbitos pregonaron a los cuatro vientos las mentiras y el plan oculto del Gobierno para convertirnos en rehenes del comunismo. 

Pidieron la dimisión en bloque del actual equipo de Gobierno y un anticipo de las elecciones generales

Manifestaciones multitudinarias, huelgas, disturbios, hicieron que el gobierno dimitiera y convocara elecciones.

Nuestro mapa político tuvo un giro radical, control exhaustivo tanto policial como fronterizo, sobre todo a los emigrantes sin papeles. Gobierno centralizado, supresión de comarcas y autonomías. Sin  garantías sociales, este no es un país de vagos.

El país lleno de símbolos hacia su nuevo líder.

Cárceles llenas, grandes presupuestos en política de defensa y seguridad ciudadana, tenemos que defendernos ante cualquier injerencia extranjera, incentivos a la población por vigilancia y denuncia vecinal. Hospitales privatizados, fin de la sanidad universal.

Pero llegó una segunda pandemia, mucho más agresiva, motivada por la relajación después de la primera. El contagio se produjo en la gran manifestación de la exaltación anual de nuestro líder. No teníamos recursos para pararla, morían miles de personas, millones, pero nadie nos ayudaba, las fronteras estaban cerradas y no llegaban ayudas, nos dijeron que era mundial, que no se podía parar.

Nuestra estupidez hizo que nos dieran la espalda.

No fue el fin del mundo, fue el fin de un país.