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Sonsoles Valdivia Salas. Almeriense afincada en Teruel desde 2009 y miembro de la Sociedad Fotográfica Turolense desde 2015

Es romper de olas

El Espejo de Tinta, por Rosa Montolío Catalán

Por Rosa Montolío Catalán

‹‹¡¿Quién anda ahí?!››, frunció el ceño, dejó el pincel, abandonó el estudio y se dirigió directamente a la puerta. La abrió. Nada. Echó una mirada y le pareció ver una silueta que giraba por la esquina de la casa, después vio la sombra que se difuminaba. ‹‹¿Cómo se le habrá ocurrido venir? ¿Cómo?››. Le dio la espalda, entró, cerró la puerta, volvió al estudio e intentó concentrarse en la imagen del ordenador que había dejado a medias: un inmenso y precioso salar, con colores espectaculares, donde apetecía sumergirse, perderse y, para Galtier, pintar. Era Uyuni. Se levantó, cogió el pincel, dos pinceladas y parón, a los pocos minutos el punto de inspiración estaba muerto, el lienzo no transmitía. Se sentía como un foco obstruido. Nada. ‹‹¿Cómo se le habrá ocurrido venir? ¿Cómo?››. Sabía que era ella, sabía que era Eve, la primera, la única, la mujer que le había hecho volar, pero… el desgaste se había apoderado de sus vidas.

Al dejar el pincel, su mirada buscó instintivamente un saco de lona lleno de arena, conchas, piedras y caracolas marinas con flores de diseño clavadas encima, las apartó y hurgó en el interior hasta tocar algo, un cofrecito, escondido, que cogió y sacó con máximo cuidado, lo abrió ‹‹colección Nairobi›› y repasó una a una las piezas que contenía: collares, pendientes, anillos, amuletos, tobilleras, pulseras y hasta una mariposa-pin, un conjunto de extrañas formas y colores que ofrecían vida. Eve las creaba, era artesana de bisutería étnica. Siempre tenía ideas. Y éxito. No se quejaba. Sus últimas palabras:

- No encuentro la colección Nairobi, ¿la has visto?

-  No.

Delante de él: colección Nairobi. ‹‹¡Hala!, que vuelva a África››, y en su cara se dibujó una maliciosa sonrisa. Después se oyó una sonora risotada. (Así era Galtier). 

De pie, ensimismado, echó una mirada al salar, la pantalla oscura del ordenador no se lo devolvió, presionó la ‘m’ y ante sus ojos apareció una imagen de mar, idílico, hermoso, con grandes olas que rompían. Intentaría otra pincelada, más gruesa, impresionista. En su mano: otra negación.

Comió, relajó sus músculos. Alerta: las palmas flamencas de Rosalía le llamaban, anunciaban un mensaje de móvil:

Juro que, juro que, juro que, juro que (olé)

El tiempo que tú estés dentro yo te esperaré (ay)…

- He sido yo. 

‹‹Ha sido ella››.

Esa visita inesperada le había revuelto el día. Miró hacia adelante, contempló la tarde, aquella ciudad de papel y los grandes edificios anodinos que alcanzaba su vista. Respiró. Salió, cogió la bici, atravesó el jardín y cerró la verja. Pronto se adentró en los senderos de las afueras, apartando arbustos, pequeños, grades, milenarios, agrestes, sin podar. La altura de la bici le llevaba a otro espacio, volvía Galtier, joven, optimista, con ganas de comerse el mundo. Giró a la derecha. Enfrente: La Salvaje: playa. Las olas rompían, le llenaban el espíritu, lo acogía la espuma, lo abrazaba el rugido del mar, lo movía el baile de agua; se vio poseído, no podía contener ese círculo. Dio un giro repentino y regresó por el sendero.

Ya de noche, cenó frugalmente y se acostó. Dejó pasar tiempo. Pensaba, recreaba tonalidades, susurros, voces en medio de la noche. Oleaje. El problema era que no lo podía plasmar en el lienzo, ¿tendría que dejar de pintar? Se montaría una galería, una tienda de arte, o mejor… posaría desnudo, como modelo, estaba de buen ver, se miró al espejo ‹‹piernas de gladiador››, ¡uf! pero… no lo tenía tan claro. O podría ser artesano, como cuando estaba Eve. No, artesano: no. Oyó algo. Prestó atención: el viento zarandeaba la verja, chirriaban los goznes, las ramas de los árboles se movían acechando la casa, le entró miedo, ‹‹¿será ella?, y, ¿si no?››. Le vino a la cabeza el reciente chanchullo con un marchante de arte, que había criticado su ‘venida a menos’ creatividad artística y le había tapado la boca con unos miles de euros, ¿y si era él? En su mano: un palo, por si acaso.

Con mucho sigilo repasó la casa y después de asegurarse de que todo estaba en orden se desplazó a la cocina sin titubeos, dejó el palo ‹‹como premio: un tinto››, cogió una copa de Burdeos y se sirvió uno. ‹‹Goya en Burdeos›› (Saura), pero para él Burdeos era algo más que una película, un museo: La Cité du Vin, era un símbolo con sabor a amor, Eve y él lo habían incluido en su ruta de la arquitectura del vino, lugares mágicos, diseñados por los mejores arquitectos como un maridaje entre el vino y el arte. Movió ligeramente la copa, olió el aroma y degustó el contenido. La voz de Eve le resonaba: ‹‹¿Galtier?, es tu apellido, ¿no?››. Se conocieron en el Guggenheim de Bilbao, tomaron vino y el vino se quedó con ellos. Enamorados, se instalaron en las proximidades, en una pequeña ciudad costera para desarrollar sus sueños. 

Pasaban las horas y con ellas el viento. Sentado en forma de cuadrícula en una silla de cocina, dormitaba. Los rayos de luz comenzaban el día. Parpadeó y rápidamente, con una excitación inusual salió al jardín, tenía ganas de pisar la tierra, de humedecerla, y la pisó y la humedeció con el agua que salía de La Regadora, mujer rural con pañuelo al cuello y delantal, esculpida por él hacía años. Después entró al estudio y con determinación sacó una tela y la extendió en el suelo, sentía el expresionismo, lo abstracto, en su imaginación: Pollock. Mil formas extrañas se abrían paso en su cerebro. Pintaría olas. Y empezó a tirar gotas, chorros, gotas y chorros, y más gotas, y más chorros, hasta que un sudor frío le detuvo. Se fijó en que todos los colores eran oscuros y que predominaba el marrón y el negro. Exclamó gritando:

-  ¡Mediocridad, mediocridad! ¡Chorros sin sentido!

Se tiró encima de la tela, se revolcó con rabia y con las uñas rascó la pintura y arrugó la tela, desbordado, impotente, frustrado, se incorporó, la pateó y se restregó mil veces los zapatos, la arrastró al jardín, la desgarró con los pies y rompió los trozos que quedaban con las manos. Preso de ira, agotado y exhausto, en el cuarto de baño, se lavó compulsivamente la cara, se la atrapó con las manos; había perdido todo, bajaba en picado por aquel tobogán de vida. No podía pintar, en su cabeza un vaivén de olas. Desencantado y con la ausencia en su búsqueda de belleza corrió al jardín, cogió la bici, abrió la verja, pedaleó deprisa y se adentró por el sendero, alcanzó la playa, frenó, saltó de la bici y se dirigió a la orilla, rompían las olas, lo tambalearon, cayó y se dejó llevar hacia adentro.