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La suerte de Saúl

El Espejo de Tinta, por Fabiola Hernández

Aquel jueves no era un buen día para morir. Como cada 24 de junio, la noche había sido tan fugaz que Saúl dudó de que el sol hubiera llegado a ponerse. Siempre se decía a sí mismo que la muerte debería llegarnos  en un día oscuro de invierno; frío, con un viento que mandara un manto de nubes negras para avisarnos.  El cielo que tenía delante estaba totalmente despejado, y el azul, que acabaría siendo intenso con el paso de las horas, le pareció en ese momento tan transparente que le dieron ganas de asomarse dentro para ver qué había. 
La habitación del hotel en el que se alojaba tenía una preciosa terraza que daba al Mediterráneo; se había ocupado personalmente de que así fuera.   El lujoso parador estaba ubicado en un suave acantilado  poblado de romero, retama y tomillo. Cuando el sol empezaba a calentar,  el aire se impregnaba de una pócima dulce y traicionera que  mezclada con el salitre,  emborrachaba hasta convencer a cualquiera de que seguir vivo en aquel rincón del mundo, merecía la pena.
El sol todavía tibio en sus mejillas, el café con leche recién hecho y el hipnótico sonido de las olas rompiendo suavemente debajo de la terraza, le hicieron olvidar qué había ido a hacer allí.  La realidad le sacudió en forma de llamada telefónica.
—Dígame— contestó con desgana, dejándole claro a su interlocutora que le molestaba.
—Te hemos dicho mil veces que si no estás pendiente del móvil,  dejaremos de hacer negocios contigo.
—Efectivamente,  y como ves, aquí seguimos; por lo menos, de momento.
—¿Qué quieres decir?
—Nada—concluyó de la forma menos amable que pudo—Puedes estar tranquila, nuestros planes siguen adelante. Cuando anochezca, Roberto Domínguez habrá desaparecido para siempre.
—Quedamos en que nunca tendríamos este tipo de conversaciones por teléfono ¿se puede saber qué te pasa?—le gritó la voz femenina que a duras penas había mantenido la calma— Esta no es una línea segura. Si no cambias de actitud, será la última vez que te contratemos.
—Como siempre, tienes razón en todo, querida. Mi actitud ha cambiado y sí, esta será la última vez que trabajemos juntos.
Cuando colgó el teléfono, Bibiana seguía hablando muy alterada. Le molestaba sobremanera que la dejara con la palabra en la boca, y aun así volvía a llamarle una y otra vez. En aquella ocasión no lo hizo.
Saúl salió de su habitación impecablemente vestido, como de costumbre. Llevaba unos pantalones chinos color caqui y una camisa del mejor lino que había podido encontrar. Le faltaba el pañuelo de Hermès en el bolsillo, su amuleto; aquellas camisas de verano no tenían dónde colocarlo —en cualquier caso, quién necesitaba ya buena suerte —pensó mientras subía al coche para acudir a la cita que tenía  en el embarcadero abandonado que usaban los habitantes de la zona.
Antes de llegar a aquel apartado rincón que habría podido servir de escenario de una película romántica, vio de lejos a los tres tipos que lo estaban esperando. Concretamente, sus joyas,  sus relojes de oro y sus zapatos de cocodrilo, que le hirieron las pupilas cien metros antes de parar el coche.  En su trabajo había conocido a gente de todo el mundo y casi había conseguido no juzgar a nadie por una primera impresión, pero seguía sin soportar el mal gusto. Había matado a hombres por mucho menos de lo que esos tres llevaban encima.
Respiró hondo, bajó del coche desempolvando el inglés que hacía meses que no hablaba y saludó a los tres matones con su exquisita educación habitual. Para su alivio, de cerca resultaban algo menos grotescos de lo que parecían de lejos. Eran unos buenos profesionales. Cerraron la compra venta de treinta kilos de cocaína y cien de hachís y le emplazaron a aquella misma noche  en el restaurante habitual para celebrar el trato.  El señor Domínguez acudirá a las nueve en punto—confirmaron—Le gusta cenar temprano y rápido, ya sabe, y que sea la fiesta lo que se prolongue. Habría fiesta, pensó Saúl, eso seguro.
El resto del día transcurrió lentamente. A pesar de su experiencia y de la aparente calma con la que  siempre gestionaba sus encargos, en aquella ocasión estaba nervioso. Paseó un rato entre los atrevidos pinos que crecían en la costa  antes de bajarse a la playa a nadar: bañarse desnudo era su placer más barato y seguramente el más reconfortante. Sobre todo de noche, cuando podía quitarse la ropa sin verse las terribles cicatrices que le había dejado su paso por las minas de coltán africanas.  Ese día no podía esperar a que anocheciera, así que se bañó por la tarde en la apartada cala en la que había estado con Miranda por última vez. El mar se había llevado a la mujer de sus sueños de la misma forma que se la había traído años atrás a una playa de Jamaica: desnuda y sin remilgos. No bendijo su suerte el día que la conoció ni  la maldijo la noche en que la perdió. La vida había enseñado a Saúl a creer en el destino. La suerte, pensaba, era otra cosa. En la suerte sí se podía influir.
Llevaba más de un año dándole vueltas a todo aquello y seguía haciéndolo cuando llegó al hotel en el que había quedado con Domínguez, el más exclusivo de la costa. No lo veía desde hacía tres años cuando coincidieron por última vez en El Congo, así que se tomó un minuto para mirarlo detenidamente antes de entrar. Pensó en las profundas cicatrices que siempre escondía debajo de los carísimos trajes de Brioni. Se le podían achacar mil despropósitos a aquel traficante al que el destino le había unido irremediablemente, pero el mal gusto no era uno de ellos.
 No confiaban el uno en el otro, aunque se debieran la vida. Se habían protegido mutuamente de crueldades mayores de las que ellos eran capaces de cometer; o eso querían creer.—¡Saúl!, ¡Domínguez!—se abrazaron como dos viejos amigos. Ese era el momento que Saúl tenía que aprovechar. Sacó la pistola con silenciador que llevaba en el bolsillo interior de la americana y se la incrustó  en el costado izquierdo para que la bala fuera directa al corazón. Habría tenido más tiempo para huir si le hubiera disparado en el estómago; si el cuerpo de Domínguez no se hubiera desplomado sangrando en el reservado del restaurante.
Ya no le importaba demasiado, pero fue suficiente para llegar a la cala en la que el mar se había tragado a Miranda el año anterior. Se desnudó y dejó que el agua fría fuera mojando sus cicatrices una a una antes de dejarse llevar por la fuerte corriente. Una profunda borrasca se acercaba a la costa, ya podían verse las primeras nubes negras en el horizonte.