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Vista general del techo de los polícromos. Cueva de Altamira. Cantabria. España.

Suka el cazador

El Espejo de Tinta, por Paz Ocio

Por Paz Ocio

Viejos lobos de la tribu de Suka el cazador, ahora que estamos todos reunidos ante el Gran Espíritu del Fuego, contaremos nuestra historia para que no se pierda en la oscura noche del olvido.

 Emprendimos la marcha porque donde vivíamos antes, apenas quedaba alimento. El viaje fue largo y penoso. Atravesamos altas montañas donde sólo había nieve y era tal el viento helado, que el viejo Acab murió. Pero cuando dejamos atrás las montañas, a tan sólo una luna de allí, llegamos a la colina donde ahora dormimos y cazamos. Nada más ver el valle que la circunda, Suka comprendió que el gran viaje había terminado.

Desde nuestra colina se divisa la más hermosa pradera que jamás vimos. El Gran Río que lo atraviesa es generoso con la tribu de Suka. 

Arrikua, que significa el que está en la peña, vigila las manadas de caballos y corzos que se acercan a beber. Xelis, que significa el que talla la piedra de fuego, fabrica los utensilios que nos sirven para cazar. 

Uno era un pequeño muchacho cuando llegamos a la cueva del Gran Río. Aunque desde entonces han pasado ya casi veinticuatro lunas, de su boca salen preguntas y más preguntas igual que el agua sale de una fuente, pero Suka siempre le contesta con paciencia. 

Hoy le lleva a recoger la miel de un panal que vieron días atrás, cuando volvían de una partida de caza. A Uno le gusta salir con Suka. La pradera es una gran escuela donde aprende todo lo que necesita saber sobre el mundo y el viejo cazador es su maestro.

- Ahora tienes que escuchar con atención porque voy a contarte la verdadera historia  de Oge, que significa el que quiere más. Su extraña demencia fue la causa de que tuviéramos que abandonar nuestro hogar junto a la sagrada cueva de los bisontes y emprender el gran viaje por el que llegamos aquí-.

El hombre y el niño se han sentado cómodamente bajo la sombra de un viejo tilo. La presencia del venerable árbol reconforta al niño, que a pesar de su juventud, sabe reconocer los momentos importantes. El viejo cazador comienza su relato.

Oge caza su primera pieza a finales del invierno, con apenas ochenta y cuatro lunas. Es un gran ciervo flaco y huesudo como todos los seres del mundo al final de la estación fría. La nieve empieza a retirarse lentamente y en la cueva las reservas de alimento acumuladas durante el otoño anterior escasean. La carne fresca es recibida con júbilo y los bravos cazadores de la tribu de Suka jalean asombrados al pequeño cazador sin darse cuenta de que la demencia se está apoderando de ellos esa noche, con gran sigilo y astucia.

Como los lobos, los cazadores del pueblo de Suka cazan en grupo. Juntos son como los distintos miembros de un solo cuerpo, que actúa regido por una sola voluntad. Ésta les dice cuanto han de saber, dirigiéndoles con eficacia para recibir todos los dones que les ofrece la pradera.

Cada animal es sagrado para Suka y su pueblo. Su cuerpo proporciona sustento y abrigo, y su Espíritu aporta las cualidades de su especie. Por eso ellos agradecen al unísono la fuerza del bisonte, la majestuosidad del ciervo, la inteligencia del caballo y el equilibrio del rebeco.

A ninguno de los cazadores de la tribu se le ocurre matar jamás a una hembra preñada con un nuevo ser en su vientre. De sobra se sabe que eso es una aberración porque de la supervivencia de nuestros hermanos animales depende la de nuestro pueblo y la de todas las tribus de la pradera.

Oge se ha convertido en un cazador valeroso, altivo e infatigable. Desprecia la prudencia, a la confunde con debilidad. Sus partidas de caza siempre tienen éxito y trae mucha comida a la cueva. La tribu le aclama y él se pasea orgulloso, saboreando más el triunfo que la carne de los animales que mata. Ese día, Oge y sus cazadores han salido a probar un ingenio de caza que él mismo ha inventado. Se trata de una pequeña lanza, tremendamente afilada, que se dispara aprovechando la fuerza de una cuerda tensada sobre un palo curvado y flexible. La mortífera eficacia del venablo queda demostrada cuando la partida regresa al campamento. Está anocheciendo, el fuego crepita con reconfortantes llamaradas y la tribu de Suka se prepara para pasar la noche. Los cazadores de Oge avanzan hacia la cueva por el camino del río. Desde lejos se observa que traen mucha carne, demasiada para ser consumida antes de que se estropee. Pero cuando Suka distingue el cadáver descuartizado de una yegua preñada, comprende con preocupación que no es carne lo que Oge quiere, sino alabanzas, y que esta extraña afición le ha robado la paz. 

Las matanzas con la nueva arma se suceden durante toda una luna y a finales del verano, la caza empieza a escasear. Los ancianos de la tribu de Suka el cazador deciden llamar a Buxu, que significa la que ve más allá, y ésta prepara una ceremonia para invocar al Gran Espíritu que siempre ha guiado a Suka y su pueblo.

El día señalado todos vamos a la cueva sagrada con antorchas hechas con el tuétano de los huesos de los animales. Ese es el mejor combustible porque dura mucho y produce poco humo. La gran manada de bisontes del techo cobra vida cuando el ritmo hipnótico de los tambores empieza a sonar. Todos podemos sentir la presencia de su Espíritu. Ésta se agiganta y nosotros con ella cuando los que van a viajar al reino donde todas las soluciones existen, toman la raíz sagrada. La palabra de Buxu es poderosa cuando por fin regresan.

Ella nos cuenta que la pradera entona una canción y que todos los seres que la habitan son las notas perfectas que componen esa música. El pueblo de Suka siempre ha escuchado esa melodía y participa de ella, profundamente admirado de su infinita belleza y armonía. Las pinturas de sus cuevas son la manifestación de su reverencia por el majestuoso concierto de la vida. Pero Oge y sus seguidores han olvidado que esa es la única tonada que les hace dichosos y han inventado otra mucho más fea y seca. Ellos se han convertido en los únicos protagonistas de su canción, y pronto, en las paredes de sus cuevas, solo aparecerán ellos, pequeños hombrecillos esforzándose denodadamente por conseguir algo que no recuerdan que ya es suyo. Los seguidores de Oge poblarán el mundo que dejará de llamarse bosque y se llamará desierto. Aun así, el pueblo de Suka, no ha de afligirse en su corazón. Marcharán al oeste y por un tiempo seguirán pintando en las cuevas para que algún día, los descendientes de Oge puedan contemplarlas y recordar.

- Así habló el Gran Espíritu, pequeño Uno, y a partir de hoy, tú serás el encargado de mantener viva esta historia, para que nuestra aventura no se pierda en la noche del olvido.

Por eso, en las noches en las que la luna se eleva como plata iluminando la pradera, Uno se levanta y relata el cuento de Oge mientras los cazadores de la tribu de Suka permanecen atentos  y silenciosos en torno al fuego, arrullados por la más hermosa sinfonía nocturna que jamás se haya escuchado.