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Juan Corellano

Las Eurocopas y los Mundiales son un buen recordatorio de que en el fútbol poco, más bien nada, cambia. Y si lo hace es a velocidad parsimoniosa, cuidándose de no ser descubierto dando pasos que no sean laterales.

Porque hoy juega España y hay tantos onces iniciales como habitantes. Sin embargo, para chasco de muchos, solo importa una opinión, la del tipo sentado en la nevera de playa. Vilipendiado por no llevar a Ramos, igual que lo fue Aragonés con Raúl, forzado a salvar a Morata del escarnio público, como ya pasó con Del Bosque y Busquets.

Mientras tanto España, como país penitente y adicto a la fusta que es, debate sobre sus errores, reclama el apoyo a la selección de manera unánime, incluyendo a la prensa. Como si ese fuera su trabajo, aunque tampoco lo es el de justiciero azotador que ejerce en su mayoría. Como si el desempeño del equipo no fuese algo que incumbiese exclusivamente a 24 jugadores y un cuerpo técnico. Como si estos futbolistas le debieran algo a alguien, aparte de ellos mismos, y su obligación fuera más allá de desempeñar de la manera más profesional y diligente su trabajo.

Veo la Eurocopa y captan mi atención unos cuantos alemanes, que, como siempre, ni tienen el mejor equipo ni juegan el mejor fútbol. Pero ahí están, gestionando sus movidas, haciendo sus cosas, siendo alemanes. El otro día tuvieron que jugar, ante la negativa de la UEFA, con su estadio apagado, lo que inmediatamente encendió a toda una comunidad, la LGTBI, cansada de verse sistemáticamente expulsada del fútbol.

La polémica se ha centrado en si la UEFA contaba con motivos plausibles en sus estatutos para rechazar la iluminación del Allianz Arena de Múnich con la bandera multicolor. Sin embargo, resulta más interesante el constatar la progresiva pérdida de credibilidad de esta institución que juega a estar en misa, repicando y también pasando el cepillo. Desde luego hay que reconocerles la ambición, pues erigirse como el impulsor de la diversidad en el fútbol y mantener una estrecha amistad con Putin, Lukashenko y compañía son dos pasatiempos ciertamente difíciles de compaginar.

Y es que el fútbol evoluciona a una velocidad parsimoniosa, cuidándose de no ser descubierto dando pasos que no sean laterales. En este caso, hacia atrás.

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