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Esther Gázquez , auxiliar de enfermería y gerocultora del Hogar Santo Ángel de Alcañiz: “Es duro, pero resistiremos hasta el final; había que aislar a los residentes”

Once trabajadoras de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados bunkerizan la residencia por vocación
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Once trabajadoras del Hogar Santo Ángel de Alcañiz permanecen confinadas dentro de la residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados desde el 15 de diciembre, primer día del estado de alarma, en un acto de generosidad con los 125 residentes, alguno centenario. Esther Gázquez es una de ellas. Asegura que el trabajo es duro, pero insiste en que la decisión fue voluntaria y que cuentan con la colaboración de las ocho monjas y los residentes más independientes

-¿Cuándo se confinaron?

-Desde el domingo 15 de marzo estamos siete gerocultoras y auxiliares de enfermería, más una cocinera, que nos tocaba guardia. No se ha marchado ninguna de las que entramos, e incluso hemos tenido en dos ocasiones doble incorporación: el martes 17 y el domingo 29. Aparte está la congregación de hermanas, que son ocho y nos ayudan. 

-¿Por qué lo hicieron?

-Cuando la madre superiora, sor Marta, nos planteó que la mejor medida para evitar cualquier positivo por coronavirus en la residencia era bunkerizarnos, voluntariamente decidimos quedarnos. El objetivo era no contagiar  con nuestras entradas y salidas, ni a los ancianos ni a nuestros familiares. Aquí tenemos 125 personas, algunos muy mayores y con patologías asociadas. Hay cuatro mujeres centenarias.

-Pero hubo entradas de trabajadoras para reforzar. Podían haber entrado el virus.

-Desde que nos confinamos en la residencia, las de fuera se pusieron en cuarentena en su casa también. Hemos tomado todas las medidas a nuestro alcance. Vamos a aguantar hasta el final y necesitábamos algo de ayuda. 

-¿Y qué tal lo están llevando?

-Todos los abuelos están en perfecto estado hasta el momento y nosotras estamos muy bien. Seguiremos así hasta que este virus nos diga adiós. Por ellos haremos lo que sea necesario.

-Sus palabras y, sobre todo, sus actos, denotan un gran cariño y familiaridad con los residentes. La relación va más allá del trabajo.

-Es que son muchos años ya. Llevo 13 en el Hogar y forman parte de mi familia. Ellos están súper agradecidos y contentos de que hayamos hecho este gesto y los más independientes nos están ayudando muchísimo para que, entre todos, lo podamos llevar de la mejor manera. Estamos triplicando turnos, porque en total somos 40 trabajadoras y aquí nos hemos quedado 11 más dos cocineras, que sí salen y entran pero sin contacto con el interior.

-Vamos, que no se aburren.

-No nos da tiempo (ríe), se nos pasa deprisa el tiempo. Nos ponemos en marcha sobre las 7 de la mañana y paramos a las 11 de la noche. Éramos muy conscientes de la situación y de lo que realmente queríamos: aislar a los abuelos lo máximo posible y atender sus necesidades básicas. Esto es duro, pero tiene que quedar claro que fue una decisión voluntaria. Salió de nosotras. El día 12 ya se cerró el acceso a familiares y sólo entraban los servicios médicos.

-¿El resto de trabajadoras entrarán en un ERTE?

-Es lo que menos se plantea en este momento. Ya veremos lo que deciden hacer, pero eso a las hermanas por el momento no les preocupa en absoluto.

-Lo que sí está claro es que las que están dentro merecen unas buenas vacaciones al salir.

-Ya le hemos pedido a las hermanas dos meses de vacaciones y un fin de semana en un balneario (ríe). Cuando llega un día que me hubiera tocado librar, le digo a la superiora que ese día me cojo fiesta. Hay que intentar llevarlo con humor y de la mejor forma posible, pero estamos muy bien y los abuelos muy agradecidos.

-¿Cómo pasan el tiempo? 

-Ellos siguen con su rutina, con sus actividades de terapia ocupacional. Lo que sí se ha modificado es la hora de la misa. Se hacía antes de desayuno, pero como ahora somos menos trabajadoras y a los más dependientes hay que levantarlos y darles el desayuno, se ha pasado la misa a la tarde. Suele ser diaria y abierta al pueblo, pero desde la bunkerización se cerró. Las familias lo han entendido perfectamente y con ellas nos comunicamos mediante videollamadas y WhatsApp. Se están poniendo las pilas con la tecnología los residentes. Un domingo hicimos una coreografía, un baile con la canción Resistiré (fotografía).

-¿Usted tiene familia?

-Tengo un hijo de 14 años que está con su padre. De cuando en cuando nos envía algún vídeo y lloramos un ratico. Él es consciente de la situación y sabe que llevo 32 años dedicada a esta vocación. Me anima y me dice que siga así, que lo que hago no tiene precio. Esa satisfacción no me la quita nadie. En ningún momento se hizo esto para tener la repercusión mediática alcanzada. Fuimos pioneras en bunkerizar una residencia con personal incluido y otras se han sumado porque han entendido la vulnerabilidad de las personas mayores.

-¿Qué piensa cuando lee noticias sobre residencias en estado de semiabandono?

-Es una sensación de impotencia que no puedes explicar. ¿Cómo es posible que un supuesto profesional llegue a esto? Se nos ponen los pelos de punta. Si eres capaz de hacer eso, la vocación no existe. Las hermanas sabían que tenían un equipo bueno, pero en esta situación se ha refrendado.