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Iván González

Iván González, escritor madrileño: El libro de viajes no interesa porque la mayoría cuenta lo mismo que internet

El poeta ha ganado un concurso de la editorial turolense DobleUve

El escritor y periodista Iván González (Madrid, 1975) se ha proclamado recientemente ganador de la primera edición del concurso de literatura Eliezer ben Alantansi, convocado por la editorial turolense DobleUve y dedicado a los libros viajeros. Lo hizo con Tras la verja azul, una obra escrita hace algún tiempo que compendia un periplo viajero que se desarrolló al mismo tiempo que el autor vivía en varios países de cuatro continentes. A través de una cuidada prosa lírica que anticipaba el presente poético del autor, y de un fino sentido del humor irónico, aborda el concepto de viaje como el de una gran metáfora de la propia vida, alejándose del fenómeno de la literatura viajera como un mero compendio de banderas fotografiadas, raciones de campaña devoradas y kilómetros recorridos, que es, en opinión de González, por donde discurre actualmente el género, o lo poco que queda de él. 
-¿Qué narra exactamente ‘Tras la verja azul’? ¿A dónde nos lleva su viaje?
-Este es el viaje de un Mowgli que no olvidó la llamada de la selva, por eso, aunque ya herido por el tiempo, sigue mirando, oliendo y tocando todo lo que se cruza por su camino –en cuatro continentes y decenas de países- como cuando era niño. Ahora comprendo que el viaje no era el destino, que la única Ítaca que había antes, es la misma que hay ahora: la mirada al mundo de un hombre que escribe. 
-¿A qué hace referencia el título de la obra?
-El viaje de un niño al afuera de aquella verja azul de su colegio donde estaba el mundo palpitando, con su zarpa y su sonrisa.
-El libro dormía en un cajón desde hace tiempo… ¿qué le hizo desempolvarlo precisamente ahora?
-Estoy cerrado por derribo como narrador; vendiendo los restos del naufragio; todas esas frases que suelto por los renglones en este libro de viajes, como en una novela que anda todavía en un cajón, son la chamarilería, las postrimerías, el tenderete en saldo de mi profesión de narrador. De ahora en adelante ya solo hablará el poeta. Vi el premio Eliezer Ben Alantasi cuando todavía vivía en América, hay tan pocos premios de literatura de viajes, que me dije… ¿por qué no? Creo que Editorial Dobleuve ha sido valiente con crear un premio de viajes, porque varios editores me dijeron que el libro les gustaba pero que no podían publicarlo porque consideraban que podía no ser rentable ya que “la literatura de viajes no se vende”, por eso –y por otras cosas- ya solo voy a dedicarme a la poesía. Me cansé de lo que es rentable. Ya solo me interesa lo que canta en la noche oscura del alma.
-Usted plantea el viaje como un concepto que tiene que ver con la escuela de la vida… ¿qué aprendió usted en este viaje?
-Que hay culturas muy distintas a la nuestra, y que eso tiene una extrema belleza, la del caleidoscopio de la vida; que aunque uno ande mucho y reniegue del fuego del hogar, en cualquier recodo, y acaso después de mucho, siempre se añora la vieja calle donde uno aprendió la arquitectura de los olores. Tantos años fuera de España, y ahora que al fin he vuelto, a veces me emociono acariciando las paredes de los viejos conventos cuando camino hacia el Metro. 
-¿Debemos esperar que cada viaje suponga un aprendizaje?
-En un mundo ideal debería ser así, pero la verdad es que la mayoría de los viajes que emprendemos nos estresan y no aprendemos a disfrutarlos hasta acaso el final. La mayoría son circuitos donde peleamos por llegar al buffé libre o al gramo de playa. También hay una inmensa minoría para la que los viajes son un camino de descubrimiento: gong para ellos y la luz de un cometa en sus miradas encendidas. 
-En su dedicatoria manifiesta que es importante que alguien nos enseñe a regresar a puerto antes de salir… ¿a qué se refiere exactamente?
-Nadie enseñó a Rimbaud a regresar a casa, quizás por eso se perdió tantos años por África y volvió con la pierna gangrenada. Yo creo que vayas donde vayas conviene no olvidar tus raíces profundas. Ahora por ejemplo, en este mundo global donde se buscan trabajadores de quita y pon para las grandes multinacionales, conviene tener una brújula. Yo dedico el libro a mi padre porque nunca le había dedicado nada al hombre que me dio la vida dos veces; la segunda fue sacándome del agua en La Manga cuando estuve a punto de ahogarme de pequeño. 
-El Premio Eliezer Ben Alantasi se dirige a un género, el viajero, que ya no tiene tanta vigencia como la tuvo en el siglo XIX o principios del XX… ¿a qué cree que se debe?
-El lector ya no está tan interesado en el libro de viajes porque cree que puede descubrir todo a través de Internet. ¿A qué me refiero con todo? La gente cuelga sus blogs contando cómo se zampó una langosta en Birmania, con las fotos, etcétera. Esto es de lo que hablan la mayoría de los libros de viajes que hoy puedes encontrarte en las estanterías de las grandes superficies. Por tanto, ¿para qué comprar libros de viajes en un mundo donde todo está descubierto y la mayoría de las publicaciones actuales del género no narran más que un catálogo de anécdotas o descripciones que puedes leer en cualquier red social?
-¿Qué debe tener la buena literatura de viajes para no ser una mera guía de viaje? Y qué no debe tener?
-Pregúntele en el cielo a Manu Leguineche, a Javier Reverte, a Leigh Fermor… Yo lo resumiría en una palabra: Poesía. ¿Qué no debe tener? Lo dije antes: mera descripción; eso ya se hizo en el XIX –y muy bien, por cierto-. Ahora estamos en el XXI. En un mundo donde todo debe ser productivo, útil y cuantificable solo sobrevivirá la poesía