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@JavierSilvestre

Llego tarde, lo sé. Esta semana he comenzado a ver la aclamada serie inglesa The crown (La corona), que narra la vida de Isabel II desde que su padre falleciese por un cáncer de pulmón hasta prácticamente nuestros días. Veo toda esa pompa de la realeza británica que me hipnotiza y me creo, sin un ápice de duda, el sacrificio que supone soportar el peso de la corona sobre la cabeza que transmite la serie en cada capítulo.

Luego apago Netflix y vuelvo a la televisión convencional donde se mezclan regularizaciones del Emérito, vídeos incendiarios de Unidas Podemos, discursos de lacayos cegados por los linajes, felicitaciones navideñas de las niñas más perfectas que he visto en años y artículos de correveidiles que utilizan la Monarquía como azote o caricia al Ejecutivo.

Intento trazar una línea que separe la ficción de la realidad; crearme una opinión sobre la institución que vaya más allá de los esplendores del pasado y de las miserias del presente. Trato de ponerme en el lugar de Felipe pero siempre acabo sintiéndome un poco Letizia, quizás por aquello de haber compartido oficio. Concluyo que él nunca ha sido libre, que nació predestinado a ser el sucesor de una corona que ha pasado de ser intocable a ser objeto de manoseo y confrontación.  Y entonces me pregunto si vale la pena... si alguna vez habrá pensado en tirar la toalla y romper con todo, tal y como hiciese el tío de Isabel II, Eduardo VIII, que mandó el trono a tomar viento por amor.

Fue una decisión que obligó a su hermano, Jorge VI, a ser el rey pero que condenó a su hija Isabel a ser la heredera y a vivir una vida que, viendo The crown, nadie desearía vivir jamás. La serie nos presenta a la monarquía como una renuncia a todo: al amor, a la libertad individual, a la voluntad propia, a las decisiones personales... Y aunque la reina sólo responde ante Dios, al final resulta que no pinta nada como persona.

Esa es la gran diferencia con la realidad, que olvida que los monarcas son humanos, mortales y, por ende, imperfectos y corruptibles. 

Que son libres de elegir actuar bien o hacer las cosas mal. Que la vanidad siempre acaba carcomiendo las buenas intenciones de aquellos poderosos a los que se convierte en deidades. Si pasa con los políticos anticasta reconvertidos en terratenientes, ¿cómo no va a ocurrir con los que llevan el cargo en su linaje?

Isabel II ha sido una gran profesional de la monarquía. Y nuestro Felipe VI es el rey más profesional que hemos tenido hasta ahora. Al igual que ahora su hija, fue educado para ostentar el cargo que ocupa, sin posibilidad de ser otra cosa. Fue moldeado desde niño para soportar el peso de una corona que se ha transformado en una mochila llena de piedras que puede acabar hundiéndole en las ciénagas del legado. Por eso no puedo evitar empatizar con él desde un punto de vista humano aún a riesgo de equivocarme (como les ocurrió a los que hicieron lo propio con Campechano).

Abordar el tema de la monarquía con los que nacimos ya en democracia casi siempre acaba igual: cuestionando la necesidad real de la institución. Y aunque las sociedades se cohesionan históricamente en torno a grandes líderes, vivimos tiempos en los que ha muerto Dios y, por consiguiente, ha muerto el rey. Eso sí, ojalá aquellos que eligen libremente servir al pueblo fuesen menos humanos y más divinos, porque la cosa promete.