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Fernando Arnau

En la turbulenta atmósfera del periodismo nacional, es lamentable que tengan que ser las voces diletantes las que se arremanguen a poner sentido al relato de la actualidad. Es decir, que seamos cuatro aficionados quienes digamos hasta lo que no sabemos en un periódico de tirada modesta.
Iñaki Gabilondo sacó su nariz en Televisión Española, casi en blanco y negro, teniendo ya cierta trayectoria profesional de donde fue apartado al tercer programa por su tendenciosidad. La tendenciosidad venía calibrada por Castedo, directivo con carné de identidad y además con el del partido en el poder. El dato es importante.
Con los años, el señor Gabilondo, que no ha perdido pelo, ha hecho acopio de mano izquierda y, sobre todo, de llaneza comunicativa. Es decir, incluso en la televisión actual, podría tener un lugar si sus canas fueran adecuadamente teñidas, y pasar por un valedor del sentido común, dado el río revuelto de verdades a medias, relatos inconsistentes o sesgados, y cansina reiteración temática, en el que pescan los mal llamados medios de comunicación para emponzoñar nuestras cándidas mentes. Resumiendo, aproximadamente Iñaki sabe lo que dice y casi dice lo que sabe.
Federico Jiménez Losantos, azote de herejes, no puedo sino tener elogios por su torticera cultura y notable control de los medios oídos, que no escuchados, leídos, que no comprendidos, mostrados a una parroquia vaga. Lo mío es una coincidencia de albergue, ambos pernoctamos en Colegio Menor de Juventudes “General Pizarro”. Yo más tiempo que él, porque era más facha. Podría decirse que Federico no dice lo que sabe y, a menudo, siembra dudas más que razonables sobre si sabe lo que dice. Trabaja la víscera, se pasa de frenada, utilizando un innegable bagaje digno de mejores propósitos. Que la información veraz y sosegada brille por su ausencia en nuestro país, no es óbice para que quienes manejan el micro lo hagan demasiadas veces como auténticos desnortados.
Lo dicho, Santos Iñaki y Federico, que Dios os conserve, siquiera para que podamos discurrir los modestos buscadores de luz, y decir todo aquello que vosotros debierais decir pero no tenéis el menor interés en expresar.