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Ana I. Gracia
Era el método que usaba para estudiar: pasar todos los apuntes a mano, hacer esquemas a mano, reescribir las lecciones a mano una y otra vez hasta que me salían sin mirar. Siempre lo sentí un acto placentero, hoy diría que también era una rutina terapéutica.

Pilar tiene enmarcado sobre la cómoda de su habitación un pósit amarillento que dice: “¡Qué ricas te salen las lentejas! Gracias, hija”. La caligrafía simulaba a las letras escolares: sin inclinaciones, con una letra redondísima, cada grafía unida a la siguiente, la tilde puesta en la e. La frase se la escribió su padre un día cualquiera y, me contó a posteriori, leer aquellos dos simples renglones cada mañana le devolvía la paz que le arrebató su temprana muerte.

El escritor Paul Auster convirtió su vieja máquina de escribir Olympia en una prolongación de sus propias manos. Era tan estrecha la vinculación que tejió con aquel cacharro que escupía sus propias palabras que le escribió un libro.
Sin embargo, él mismo decía que no hay color entre una palabra escrita a mano y la que te elabora una máquina, ya sea de escribir o un ordenador. Por eso, se ha rebelado ante la revolución de la tecnología y ha escrito la primera versión de ¡todas! Sus novelas a mano.

“Nunca consigo pensar con claridad con los dedos en esa posición. Un lápiz o un bolígrafo son instrumentos mucho más primitivos. Sientes cómo las palabras salen de tu cuerpo y, luego, las entierras en cada página”. Escribir, dice el genio Auster, es un acto de libertad y una cuestión de supervivencia.

Uno de los precursores de la grafología, Jean-Hipoolyte Michon, define la escritura como el relieve visible del pensamiento.
¿Por qué les cuento hoy esto? Por pura casualidad, hace unos días me encontré con la reflexión de un profesor de Psicología, Carlos Javier González, que alertaba a la sociedad del enorme deterioro cognitivo que provoca haber abandonado escribir a mano.

Hay muchos estudios que recogen sus infinitos efectos positivos. Es un arte que ejercita nuestro cerebro, potencia nuestra memoria y la asociación de ideas, desarrolla  las habilidades motoras y cognitivas y el área visual, mejora el aprendizaje y reduce los niveles de estrés. Enfrentarte a un folio en blanco invita a pensar antes de juntar el bolígrafo con el papel, permitiendo a una sublevarse ante un mundo donde impera la prisa.

El fuego está ya encendido y amenaza con dejar a los románticos del lápiz y del papel con una casa en ruinas. Finlandia acabará con toda la caligrafía en sus colegios a partir del curso que viene y los alumnos, en vez de aprender caligrafía, estudiarán mecanografía. Los defensores de utilizar exclusivamente el ipad o el ordenador aseguran que coger un bolígrafo y plasmar una idea en un papel requiere de un tiempo que hoy escasea, y creen que esa energía debe ser usada para desarrollar y potenciar otras habilidades.

Aquí, en España, más de la mitad de la población todavía escribe habitualmente a mano, aunque sea para hacer la lista de la compra. El dato que me perturba es que solo el 34 por ciento de los estudiantes ve necesario llevar un bolígrafo encima. ¿Para qué, si se puede escribir en el móvil, compartir y/o guardar?

Si conviven con chavales sabrán que cada vez más centros disponen de plataformas telemáticas donde profesor y alumno están en contacto virtual, los deberes se escanean y se envían por la red, las notas llegan al teléfono de los padres... La marea electrónica es imparable, pero ya hay pedagogos que advierten sobre el mito de las escuelas sin papel.

Les dejo otro titular para que piensen. Cojan lápiz y papel. La mayoría de los ejecutivos de las empresas tecnológicas de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios donde se enseña con libros, donde se prohíben las pantallas. La electrónica, dicen los mentores del desarrollo tecnológico, impide el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de reflexión.