Síguenos
Juanjo Francisco

No hace falta ser militante ni simpatizante ni crítico acérrimo del Partido Aragonés (PAR) para reconocer que dicha formación política, antaño tan arraigada en esta tierra aragonesa, está viviendo unos momentos cruciales, los peores en sus cuatro décadas de historia. No hace mucho recordaba una conversación con unos de los padres fundadores que a finales de los ochenta, y en otra etapa de turbulencias internas, reflexionaba sobre las ventajas que proporcionaría a la formación un eventual paso por la oposición. Para sanar heridas internas, más que nada. Aquel dirigente, que murió prematuramente, respiraba aragonesismo por todos sus poros y tenía una mirada que transmitía convicción política, sin conveniencia ninguna.

Ha sido, en mi opinión, esa conveniencia intemporal e intergeneracional la que está llevando al PAR a revivir tiempos de zozobra. Fue conveniente gobernar con unos y con otros y aquel clavo de abanico que tanto fue ponderado ha terminado por salirse de la rosca a fuerza de tanto enroscarlo. Por el camino, no obstante, hay multitud de logros en la gestión pública que difícilmente, hay que reconocerlo, hubiesen sido factibles si las decisiones últimas o las primeras, que lo mismo da, no hubiesen salido de un partido tan de casa.

El PAR nació en tiempos de gran pulsión aragonesa, muchos estudiantes que residíamos entonces fuera de la Comunidad lucimos sus pegatinas porque desprendían un aroma de cercanía que nunca más se ha dado en otros partidos con la consistencia en el tiempo que ha mostrado y está por ver si las siglas más jóvenes alcanzarán esa longevidad. Con este bagaje a cuestas, la realidad, sin embargo, nos muestra algo parecido a una descomposición orgánica propia de voluntades muy contrapuestas. La política, tal y como estamos cansados de escuchar desde siempre, es, en esencia, algo vocacional -el servicio público y toda esa retahíla-, pero lo que trasciende ahora no parece tener esa tonalidad. Decidir lo conveniente no parece ahora fácil.