Síguenos
Nuria Andrés

La pandemia no solo ha sido insoportable por la carga vírica sino también por su tremenda carga pedagógica. De todas las frases exasperantes que hemos tenido que oír, mi favorita era cuando, mientras tomábamos una caña, nos quejábamos de que estábamos viviendo una guerra. Detesto el lenguaje bélico para hablar de enfermedades, sobre todo cuando parece que recae en ti la responsabilidad de curarte o el peso de la culpa por haberte contagiado. Pero, puestos a tener que soportar toneladas de sobremesas con esta cantinela, me quedo con la comparación que hizo el periodista Antonio Maestre acerca de la última víctima de la I Guerra Mundial. En este conflicto, el soldado Henry Gunther murió a las 10:59 del 11 de noviembre de 1918. Un minuto antes del armisticio. Fue la última víctima de esta guerra. En el momento en el que el periodista mencionó esto, las vacunas tan solo eran un espejismo, las veíamos en la cima de esta montaña tan alta y escarpada que nos ha tocado escalar.

Tal y como Maestre dijo, hasta el final de la pandemia, todos somos Henry Gunther. Siete meses después de que comenzara la vacunación contra el Coronavirus, los que tenemos más posibilidades de ser este soldado somos los jóvenes. ¿La razón? Que somos el único grupo que todavía no ha sido vacunado. Una decisión que ha sido tomada bajo criterios científicos y de los que poco puedo opinar porque de ciencia sé lo mismo que de logaritmos neperianos. Que las consecuencias del coronavirus han sido mucho más graves en ancianos que en jóvenes. Nadie lo niega. Que los jóvenes hemos sufrido y hemos sido criminalizados mientras veíamos que todas nuestras aspiraciones de futuro se derrumbaban. También.

Aquí nadie ha encontrado la cura para la covid, pero han sobrado índices amenazantes para señalar a los culpables de las desgracias ajenas. Y eso solo me recuerda a que si yo fuera Martín Niemöller escribiría: primero fueron a por los chinos, y yo no dije nada, porque yo no era china. Luego fueron a por las feministas que se manifestaron el 8 de marzo, y yo no dije nada, porque yo no me manifesté ese día. Luego vinieron a por los inmigrantes, y yo no dije nada porque yo no era inmigrante. Y luego vinieron a por los jóvenes y no quedó nadie para hablar por nosotros.