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Nuria Andrés

“Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte”, escribió Miguel de Unamuno en su novela ‘Niebla’. Yo leí esta frase cien años después de su publicación pero ejemplifica cuál ha sido mi chaleco salvavidas durante muchos años. Antes de que la pandemia pusiera nuestro calendario del revés, yo -y muchas otras personas a las que no les gusta enfrentarse a los problemas- concebíamos el viajar como una manera de darle sentido a nuestros días. Llegó un momento en el que las palabras: virus, incidencia, curva...se convirtieron en conceptos que empleábamos con asiduidad y con ellos la obligación de no salir de nuestras fronteras y de sentarnos frente a nuestros problemas y aprender a convivir con ellos en un espacio delimitado. Atrás quedaron las conversaciones acerca del sobrepeso de las maletas, del itinerario de un nuevo destino, de comprobar si tenías el pasaporte al día…

Este verano se presenta como el anterior: extraño e inaugurando tímidamente la temporada de reencuentros, expectativas y promesas. En esta atípica temporada estival volvemos a redescubrir los lugares que solíamos pisar de niños. Hace más de diez años que no ponía un pie en Dinópolis, el que fue el parque favorito de mi infancia, y desde luego, tenía que ser este verano cuando sucediera el reencuentro. Pero lo que resultó curioso no fue volver a este lugar, sino que mientras caminábamos mis amigas y yo por el museo, muchos de los paneles explicaban cómo se extinguieron los dinosaurios. En cada uno de ellos, no faltaban las bromas macabras entre nosotras de que estos seres también tuvieron que sufrir un coronavirus o que nosotros seríamos los siguientes que apareceríamos en Dinópolis.

Nos lo tomábamos a risa porque somos muchos los que confiamos en este nuevo salvavidas de las vacunas, pero no dejo de pensar en aquellos que, aunque en minoría, ocupan su minuto de gloria hablando del ‘peligro’ de los efectos secundarios de estas. Son gente comprometida con el bienestar, aunque luego fumen y beban alcohol hasta no acordarse de su nombre. Nadie nos garantiza nada, menos aún que el fin de la pandemia está cerca, pero en situaciones dramáticas solo queda creer y cooperar.