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Nuria Andrés

E l 1 de mayo es reconocido como el Día Internacional de los Trabajadores en honor a un grupo de sindicalistas norteamericanos que, en 1886, convocaron una huelga para reclamar la jornada laboral de ocho horas. El movimiento se saldó, un 4 de mayo como hoy, pero con tres arrestos, cinco obreros llevados a la horca y miles de trabajadores despedidos. Sangre, sudor y lágrimas vertidas por las calles de Chicago para que todavía existan miles de empleos en los que la jornada laboral de ocho horas se trate, tan solo, de un espejismo.
Uno de ellos y quizás uno de los menos reconocidos: el trabajo como madre. Todos los que hemos compartido una sobremesa familiar hemos oído que ejercer como tal es lo más bonito que existe, en mi opinión, es uno de los oficios más duros y agotadores que hay. Lo dice una hija que esperaba a que su madre llegara de trabajar a las once de la noche para que le ayudase con los deberes, una nieta que se ha quejado siempre del plato que su abuela le ponía en la mesa e incluso una sobrina que robó fines de semana enteros a su tía porque no era capaz de entender los problemas de matemáticas. 
Aquellas manos, aquellas mujeres y aquellos momentos que nadie les devolverá. Cuando eres pequeña, mamá es la única que consigue soplar sobre tus heridas, cuando eres mayor, mamá es la única que consigue sacarte de quicio. Es en ese momento cuando buscas en tu abuela una mirada cómplice que te haga olvidar. Porque con una abuela nunca te enfadas, ella es más que una madre. Una mujer que ha tenido que cuidar a sus hijos, a una “gavilla de nietos” y a su marido hasta el final de sus días. 
Mis dos abuelas, Josefina y Nuria, en un momento dado, supieron de la incondicionalidad de un amor que duraría exactamente lo que durasen sus vidas. La primera de ellas se fue hace más de diez años y ese día, mi madre no podía mirar a unos ojos que no fueran los de la mujer que le dio la vida. Mi tía Ana fue la que se quedó con nosotras secándonos las lágrimas. 
No me gustan los días señalados, ni los recordatorios y hace años que detesto la Navidad. No concibo un cometido más estéril. Pero si tuviera que escoger una figura, un abrazo, un recuerdo, un refugio sería el de mujer y el de madre.