El portero

Mi discreta carrera como guardameta arrancó el día que me di cuenta de que nadie quería jugar de portero. Me ofrecí y descubrí que era la mejor manera de no pasar por la humillación de quedarte el último cuando los equipos se echaban a pies.

Además, evitaba la mala cara que solían poner los capitanes cuando no tenían más remedio que elegirme.

Podría narrar aquí grandes tardes de gloria, victorias de mis equipos gracias a que detuve dos penaltis o cuando el delantero rival, en el último minuto del partido en el que nos jugábamos una copa, se quedó solo delante de mi, pero yo me tiré a sus pies de forma valiente evitando el gol que ya se cantaba en las gradas. Podría contarlo, pero sería todo mentira.

De mi carrera como guardavallas solo puedo destacar dos momentos más o menos meritorios. 

El primero, cuando jugando en un campo de tierra de las Viñas alguien le pegó desde fuera del área con todo el alma y yo despejé el balón a córner con la punta de los dedos cuando ya se colaba pegado al larguero (hoy todavía no entiendo cómo). Recibí el abrazo de mis compañeros, palabras elogiosas de los rivales y se habló de aquella parada hasta que sonó el timbre y volvimos a  clase. 

La segunda, en el instituto de abajo, en un torneo de futbol sala, cuando durante 30 minutos fui tocado por el dedo divino y paré todo lo que me tiraron a puerta: a bocajarro, despacio, por la escuadra, de falta e incluso de penalti.

Yo nunca he entendido eso que dicen de la soledad del portero. Yo siempre estaba hablando con los defensas, con el único espectador que seguía el partido, dándole patadas a las piedras o simplemente pensando en mis cosas. Así me fue.

El caso es que con esto de los pactos políticos he remomorado aquellos años. Cuando yo era el deseado en los pies simplemente porque me ofrecía para jugar en un puesto que nadie quería.

Los partidos andan estos días haciendo lo mismo. Están echando a pies el futuro de las instituciones y dentro de nada sabremos quién se sacrifica para ponerse bajo las palos, aún a riesgo de perder la gloria de marcar goles.