COMARCAS Cuando el cielo cayó sobre la cabeza de los cellanos sin ser una aldea gala

Cuando el cielo cayó sobre la cabeza de los cellanos sin ser una aldea gala

Sixto señala en la maqueta que hay en la ermita de Loreto junto a la placa  el lugar por donde se entraba al avión
Sixto señala en la maqueta que hay en la ermita de Loreto junto a la placa el lugar por donde se entraba al avión

Cuando la mujer del Tío Vitorio, al que llamaban El Cestero, vio que algo se precipitaba desde el cielo y caía en el corral de su casa  de Cella como si de un ángel sin alas se tratara, Steven Spielberg tenía solo 5 años y los célebres galos de Astérix y Obélix todavía no habían nacido para el deleite de los aficionados al cómic, pero la mujer se llevó un susto morrocotudo. Era de noche y los cellanos llevaban rato oyendo y viendo dar vueltas a un avión sobre el pueblo, rozando la torre de la iglesia a cada pasada y sin saber lo que estaba ocurriendo, más allá de venirles a la cabeza lo que habían visto hacía poco en el cine. Un avión militar se había averiado en pleno vuelo y sus ocupantes comenzaron a lanzarse en paracaídas sobre la población de Cella. Solo los pilotos permanecieron a los mandos de la aeronave esperando que se obrara un milagro, como así ocurrió cuando los vecinos del pueblo iluminaron con hogueras una improvisada pista de aterrizaje.

“El milagro de Cella”, o el día en el que “los hombres cayeron del cielo”, ocurrió en octubre de 1951. Han pasado casi siete décadas y una placa en la ermita de Nuestra Señora de Loreto, junto a la travesía de la carretera que cruza la localidad, atestiguan esa historia que bien podría haber sido el argumento de alguna película de Luis García Berlanga en aquella época, de una cinta de Steven Spielberg en los años 80, o de una trepidante comedia de Álex de la Iglesia hoy en día, aunque eso sí ambientada en aquella España en blanco y negro de mediados del siglo pasado.

Hace veinte años, para las fiestas de Cella, los paracaidistas volvieron a caer del cielo para recordar aquella gesta que con el paso del tiempo permanece vívida entre quienes la vivieron, salpicada ya de mitos y leyendas entre quienes la escucharon en décadas posteriores contada por sus mayores, e ignorada por las nuevas generaciones a quienes seduce más cualquier estupidez contada por el youtuber de moda que las buenas historias y “batallitas” de los abuelos.

Cuando hace dos décadas la Escuadrilla de Apoyo al Despliegue Aéreo (EADA) con base en Zaragoza se lanzó en paracaídas sobre Cella en una exhibición durante las fiestas patronales de la localidad, sus habitantes rememoraron lo ocurrido el 21 de octubre de 1951 cuando un avión Junkers 52 del Primer Regimiento de Transporte procedente de la Base Aérea de Jerez se perdió en plena noche al averiarse el enlace de radio con tierra.

Acabaron sobrevolando Cella sin saber dónde se encontraban. Los pilotos comenzaron a dar vueltas en círculo mientras en tierra los cellanos se percataban de que algo le pasaba al avión porque no era normal que hiciera esas maniobras y que cada poco pasara rozando la torre de la iglesia.

Al rato se precipitaron sobre el pueblo en paracaídas cinco de sus ocupantes, uno de ellos el que cayó en el corral del Tío Vitorio para buen susto de su mujer. En el avión permanecieron el piloto y el copiloto, preparados para lanzarse en paracaídas una vez orientada la aeronave para que se estrellase en un punto alejado del casco urbano que sobrevolaban, después de no haber podido encontrar en la oscuridad de la noche un lugar para tomar tierra. Cuando estaban a punto de hacerlo, ante ellos se obró el milagro y vieron que en tierra les estaban iluminando con hogueras una explanada donde poder aterrizar, como así hicieron.

Todos se salvaron

Se salvaron los siete ocupantes del Junkers, que quedaron sorprendidos cuando se enteraron al hablar con los vecinos del pueblo que en Cella se veneraba a Nuestra Señora de Loreto, que tiene una ermita y que es la patrona del Ejército del Aire. 

Desde entonces, varios homenajes y reconocimientos se han sucedido en el tiempo, el primero de ellos el 22 de junio de 1958 cuando en la ermita de Loreto se colocó una placa y una maqueta del avión. Después, en 1983, cuando el Ejército del Aire otorgó a la Villa de Cella la Cruz del Mérito Aeronáutico con Distintivo Blanco, y cuando en 1999 volvió a repetirse esa gesta veinte años después con la exhibición de los paracaidistas en plenas fiestas.

Bernabé Miedes, de 81 años; Eloy Pomar, de 91; Jesús Lanzuela, de 86; y Sixto Gómez, de 85, vivieron aquella aventura en directo, porque eso es lo que fue aquel “milagro de Cella”, una aventura que bien podría haber sido el argumento de una película de éxito, y que hizo que los cellanos sintieran por unos instantes lo que sienten Astérix y Obélix. Estos dos héroes irreductibles del cómic, y el resto de los habitantes de la célebre aldea gala que resiste ante el César y las legiones romanas, lo único que temen es que el cielo caiga sobre sus cabezas.

Aquella noche del 21 de octubre de 1951 los cellanos sintieron miedo también de que el cielo se cayera sobre sus cabezas, o al menos el avión que no paraba de dar vueltas. “Había miedo, no sabíamos qué iba a hacer el avión”, cuenta Sixto, que entonces tenía 17 años. “La gente se escondía”, añade Eloy Pomar, de 23 años en aquel tiempo.

Bernabé, que tenía 13 años en 1951, es el primero en sacar a relucir el nombre del vecino del pueblo que dio con la clave para salvar a los ocupantes de la aeronave y que esta no se estrellara,  llamado José Vicente Hernández, ya fallecido. “Había sido voluntario en aviación y bajó corriendo al cuartel de la Guardia Civil para decirles que por la forma como el avión daba vueltas, sus ocupantes se habían perdido y estaba intentando aterrizar, que había que buscar una explanada y encender unas hogueras para indicarle una pista en plena noche”, cuenta el veterano.

Así lo hicieron y cuando el teniente Garrido, que es el que pilotaba la nave, estaba a punto de desistir y arrojarse en paracaídas, vieron las hogueras que se estaban encendiendo en la zona llamada del Camino Real, que está al salir del pueblo cerca del cementerio.

El lugar era una explanada y el avión pudo aterrizar, aunque para ese momento cinco de sus siete ocupantes ya estaban en tierra tras haberse lanzado previamente en paracaídas. Fue una toma de tierra forzosa, de película, en la que la aeronave se dejó el tren de aterrizaje en una pared de medio metro contra la que golpeó.

Bernabé, Eloy, Jesús y Sixto aseguran que ese mismo día habían proyectado en el pueblo una película en la que pasaba algo parecido, que un avión no podía aterrizar de noche y sus habitantes hacían una pista con hogueras. Ante la insistencia de este periódico sobre la extrañeza de la coincidencia, admiten que tal vez fue unos días o semanas antes, pero nadie es capaz de identificar el título.

Jesús, de 18 años entonces, vivía con sus padres al lado de la iglesia y asegura que el avión no dejaba de dar vueltas y cada poco pasaba junto a la torre. “¡Que se nos lleva la torre!”, cuenta que gritaba la gente. “Iba muy bajo -añade Sixto- porque lo que le engañaba era la Fuente de Cella”. Al parecer veía algún reflejo e intentaba encontrar un sitio donde posar el aeroplano.

A Sixto, con sus 17 años, le encantaban ya entonces los aviones, una afición que no ha perdido con el paso del tiempo. Acabó en 1954 estando bien cerca de ellos porque le tocó hacer la mili en Manises.

Una vez que el avión tomó tierra y se salvaron los siete ocupantes, cuando los primeros que se tiraron en avión acudieron al bar del pueblo, Jesús cuenta que lo primero que dijeron fue: “¡Nuestra Virgen de Loreto nos ha salvado!”. Y desde atrás del bar un vecino del pueblo les replicó: “¡Qué vuestra virgen, la nuestra!”. Los militares se quedaron sorprendidos al descubrir que al lado había una ermita dedicada a Nuestra Señora de Loreto, la patrona del Ejército del Aire, y por eso en 1958 colocaron allí una placa.

Gran expectación

“Fue un milagro”, sentencia Sixto, que por su afición a los aviones se pasó los pocos días que permaneció el junteros en el pueblo yendo a verlo a cada rato. Por allí pasaron todos los vecinos, porque pocos habían visto una aeronave tan cerca. Fue un espectáculo y los militares les dejaron entrar para que lo viesen por dentro en agradecimiento por su colaboración, algo que les salvó la vida.

“No había montado nunca en un avión”, afirma Eloy, que fue el primer día para subirse. “Aquello fue una cosa extraordinaria”, rememora Sixto con la misma sonrisa picarona que debía tener a los 17 años cuando cumplió su sueño de montarse en un avión, aunque hubiera estado a punto de estrellarse el día de antes y que ya no volvió a levantar el vuelo.

A los pocos días llegaron del Ejército, le desmontaron las alas, lo cargaron en un camión y se lo llevaron, pero aquel Junkers sigue estando en Cella a través del recuerdo de estos veteranos y de la maqueta que hay en la ermita de Loreto, donde Sixto explica en  dónde estaba la puerta por la que entraban.

Buena parte de los jóvenes de Cella ignoran esta historia, y eso que los mayores no dejan de contarla, además de que personas como Amparo Ibáñez se han encargado de dejar testimonio escrito de lo ocurrido en la revista Zaida de la localidad.

En cambio, entre los mayores, aquel “milagro” dejó huella, y hoy las abuelas y las madres acuden a la ermita a pedir a la Virgen que proteja a sus familiares cuando vuelan en avión. “Hay gente mayor que va a meter dinero porque la hija o la nieta van a coger el avión, porque aquí se tiene mucha fe a la Virgen de Loreto”, comenta Jesús.

Por lo que se ve, no fue la única vez que se obró el milagro, ya que cuando se entregó la Cruz del Mérito Aeronáutico a la villa, hubo una exhibición aérea y una escuadra de aviones sobrevoló el pueblo. Amparo Ibáñez y Jesús Lanzuela recuerdan que uno de los aviones se salió de la formación porque debía de tener algún problema, tomó altura y voló por lo alto para no interferir en las maniobras del resto de los pilotos.

En 2021 se cumplirán setenta años de aquel acontecimiento que se convirtió en motivo de conversación durante mucho tiempo y que sin haber tenido la proyección del “milagro de Calanda”, bien merece ser recordado como otro de esos “milagros” de la cultura popular que traspasan el espacio y el tiempo, y que de haber caído en manos de cineastas como Berlanga, De la Iglesia, o del propio Spielberg, sin duda serían filmes bien recordados, lo que no sucede con la película que los vecinos aseguran que acababa de proyectarse en Cella, en la que pasaba algo parecido y cuyo título no hay manera de que nadie recuerde. Eso sí, lo que está claro es que con el “milagro de Cella” la realidad supera con creces a la ficción.

Un milagro no oficial

El aterrizaje del Junkers 52 que tomó tierra en Cella en el otoño de 1951 sin más referencia que  la visual de las hogueras que hicieron los vecinos del pueblo, está considerado como un milagro, aunque no oficial, por las dificultades que tuvo la maniobra para poder tomar tierra.

Así figura en la placa conmemorativa instalada por el Ejército del Aire en la ermita de Loreto de Cella en 1958, junto a la que se colocó una maqueta del avión que realizó el aterrizaje forzoso. En la placa pone: “Recuerdo del milagroso aterrizaje y descenso en paracaídas ocurrido en la noche del 21 de octubre de 1951 en estos lugares”. A continuación se detallan los apellidos de los dos tenientes que lo pilotaban, Viciana y Garrido, y de los aviadores que se salvaron saltando en paracaídas: el sargento Fernández, los cabos González, Ruiz y Castilla, y el soldado Rodríguez.

La Revista de Aeronáutica y Astronáutica del Ejército del Aire publicó en su número de diciembre de 1980 un amplio dosier sobre lo que no duda en llamar “milagro”, si bien reconoce la pericia de todos los militares implicados en la emergencia y la colaboración de los vecinos. En el Ayuntamiento se exhibe la Cruz del Mérito concedida a la villa.

Sixto señala en la maqueta que hay en la ermita de Loreto junto a la placa  el lugar por donde se entraba al avión
Sixto señala en la maqueta que hay en la ermita de Loreto junto a la placa  el lugar por donde se entraba al avión
Sixto señala en la maqueta que hay en la ermita de Loreto junto a la placa  el lugar por donde se entraba al avión
Sixto señala en la maqueta que hay en la ermita de Loreto junto a la placa  el lugar por donde se entraba al avión
Sixto señala en la maqueta que hay en la ermita de Loreto junto a la placa  el lugar por donde se entraba al avión