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Viernes, 19 de abril de 2019
CULTURA

17/4/2019

Calanda acoge este miércoles el preestreno de ‘Buñuel y el laberinto de las tortugas’

El Buñuel más empático, gracias al discurso y el poder del animado
Carlos Gurpegui
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Ramón Acín y Luis Buñuel, con el resto del equipo de grabación de  ‘Las Hurdes. Tierra sin Pan’
Ramón Acín y Luis Buñuel, con el resto del equipo de grabación de ‘Las Hurdes. Tierra sin Pan’

“En verdad, desde un comienzo Buñuel estaba con el surrealismo en una situación prácticamente tan ambigua como Stroheim con el expresionismo: se sirve de él pero para fines muy distintos, los de un naturalismo todopoderoso”. Esta reflexión de comienzos de los 90 del filósofo francés Gilles Deleuze en La imagen-movimiento viene anillo al dedo cara al estreno de Buñuel en el laberinto de las tortugas, basada en el cómic homónimo de Fermín Solís, y gozando del apoyo del Gobierno de Aragón.

La proyección tendrá lugar esta noche, a partir de las 22 horas, en la Casa de Cultura de Calanda. Será presentada por el director de esta cinta, Salvador Simó, el productor Manuel Cristóbal y el director del Centro Buñuel Calanda, Jordi Xifra, con la presencia del director general de Cultura del Gobierno de Aragón, Nacho Escuín. 

Las Hurdes, tierra sin pan (1932) fue un muestrario de lo extraño, que hacía buena la máxima de André Bazin: el cine es un arte cruel. La atmósfera de realidad que retrató Buñuel conecta mis emociones con otra gran obra del mismo año, Freaks de Tod Browning, ambas parábolas sobre la vulnerabilidad y la irracionalidad, donde el surrealismo y lo verité podían ser las dos caras de una misma moneda.

Como aseveró don Luis, “al hacer Tierra sin pan decidí dedicarme totalmente al cine”. Buñuel en el laberinto de las tortugas se acerca de una manera serena a los hechos que rodearon su rodaje, conformando el primer logro de esta cinta: el tono, resultado de toda una mirada moral, de ser testigos —no solo el director, también los espectadores— del alboroto del mundo, de la periferia y su caos, de los nadies a los que nombraba Eduardo Galeano. Y como en Deleuze, también en el dibujo brotan las imágenes-pulsión.

Este camino pausado sobre la soledad, los conflictos, el desamparo, los fantasmas, las quimeras e incluso la vanidad, es la reflexión del propio Luis Buñuel animado, un preciso y precioso personaje maravillosamente diseñado por todos los grandes creadores que hay detrás de este gran filme de naturalismo todopoderoso. Quizá sea el Buñuel más empático y humano visto hasta la fecha, en grave ejercicio de iconicidad. Como decía Carlos Saura de don Luis, “de joven era muy vital, apasionado y con esa vena anarquista y aragonesa”. Así queda retratado, aquí también.

Tras las vanguardias europeas de los 20, “Buñuel rueda con la cámara a la altura del inconsciente”, afirmaba Santos Zunzunegui, máxima fielmente respetada por Salvador Simó, reciente ganador del premio Cartoon Tribute a Mejor director europeo del año. Como iluminó Ángel Fernández-Santos, en Las Hurdes, “Buñuel descubrió de un golpe su estilo profundo, que le ha permitido convertir la realidad en cantera inagotable de la imaginación surreal”. Con Buñuel, el cine documental apostó por la imaginación subversiva. 

En esta línea, José Luis Ágreda, magnífico director de arte de Buñuel en el laberinto de las tortugas, insiste en que la animación no es un género, sino una técnica, una manera de contar la historia. La propuesta va directa a la acción. Así, ésta brilla sobremanera en la abstracción y reducción de los elementos dibujados, arte tan elegante como moderno y contenido. Y quien fuera responsable de Arrugas, Manuel Cristóbal, produce con excelencia esta hazaña, a pleno pulmón, a corazón abierto, mirándonos a los ojos en cada fotograma, en modo Herzog.

La figura del de Calanda encuentra su gran contrapunto en Ramón Acín, otro de los logros del trabajo: el contraste de dos personajes, de dos maneras de ver el mundo y, en especial, el arte. Este reloj suizo consigue engrasar ambas personalidades de manera brillante y noble en sus propósitos, porque Buñuel en el laberinto de las tortugas es una gran película que responde a la creación de todo un gran universo de belleza, misterio y sorpresa, donde el binomio esperanza-desesperanza que se manifiesta en Las Hurdes está en las antípodas del realismo esperanzado de un Paulo Freire. 

En lo sonoro, la hipnótica banda sonora de Arturo Cardelús, partitura afín a un Guillermo del Toro, además de la voz de Jorge Usón para nuestro protagonista, un joven Paco Rabal. Personajes imaginarios como la Muerte, al más estilo Disney, aparecen y acentúan dramatismos y desasosiegos de don Luis. En este halo, todo lo dibujado transmite el alma de un tiempo que ya pasó, una época fría de difícil sueño, dejando para acabar el paisaje más difícil tras la batalla: la estética dura y hermosa de Las Hurdes, la tierra, el pueblo, y sus gentes. 

Como confesó Buñuel, “si fui con mis amigos a ese increíble país lo hice atraído por su intenso dramatismo, por su terrible poesía”. En estas tortugas, la realidad hurdana recibe un merecido homenaje animado repleto de lírica. Caro Baroja advirtió de la repetida dureza de Tierra sin pan como anestesia al espectador. Ahora, en este laberinto simpar, la película de Salvador Simó logra ser estímulo, hábitat y concepción del mundo, una cinta fascinante, belleza y magia de la animación al servicio de un icono universal. Una película sobre las condiciones difíciles —el vivir, el rodar— que destapa lo que ya nos temíamos: al final, el caos somos nosotros mismos, máxima que encantaría al propio Buñuel.

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