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Domingo, 8 de diciembre de 2019
COMARCAS

2/12/2019

Adiós a casa Antoñita, la tienda de más de un siglo de servicio diario en San Martín del Río: “Ningún joven se quiere quedar”

Antonia ha dejado el ultramarinos de toda la vida en el que nació y que tuvieron sus padres y también su abuela
Pedro Pérez
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Antonia Algás Subirón detrás del mostrador  de la tienda de San Martín del Río
Antonia Algás Subirón detrás del mostrador de la tienda de San Martín del Río

San Martín del Río ha rendido dos cálidos reconocimientos a la que fuera su tendera de toda la vida, Antonia Algás Subirón, que se ha jubilado a los 66 años. Casa La Antoñita ha estado presente y dando servicio a los vecinos de San Martín del Río durante más de un siglo. Antonia nació en la tienda de su de su abuela y de sus padres. Una tienda de ultramarinos que vendía de todo y a cualquier día y hora del año. Los vecinos han reconocido este trabajo y el pasado mes de noviembre, la Asociación Mudéjar de San Martín del Río reconoció la generosidad, entrega, trabajo y servicio al pueblo de Antonia Algás con el premio Félix García. La Asociación Mudéjar de San Martín del Río entrega el Premio Félix García desde 2017 a las personas, entidades o grupos en favor del municipio y su comarca. 

-¿Usted ha sido tendera toda la vida?

-Así es. Mi abuela tenía la tienda, la madre de mi padre. Luego mi padre siguió con la tienda. Nosotros hemos nacido con la tienda. Mi madre me llevaba en la tripa y tenía la tienda. Se casaron y tuvieron 4 hijos y nosotros ya estábamos en la tienda. Mi padre trabajaba de todo, comprando patatas y hacía de todo por la tienda. 

-¿Siempre ha sido la tradicional tienda de pueblo?

-Así es. Ha sido la tienda de lo que se llamaba ultramarinos. Se tenía de todo. Igual tenías alpargatas, albardas, hilos, lanas, había de todo. También hay que decir que en San Martín de Río llegó a tener cuatro tiendas y un estanco. Luego el estanco pasó a mi padre y luego me lo pasó a mí. 

-¿Cuántos años ha tenido usted sola la tienda?

-Gestionando sola la tienda, con cotización a la Seguridad Social 37 años, pero ya llevaba muchos años trabajando con mi madre. Ayudar a mis padres, toda la vida. Al salir de la escuela íbamos a ayudar a mis padres. Mi padre tenía otras cosas. Cogía y compraba patatas, tenía cerdos y teníamos que ir a ayudar. Había que darse vida. No quería que nos fuéramos del pueblo, porque entonces la gente ya empezaba a marcharse del pueblo. Cuando nosotros teníamos 15 años o por ahí ya se iba mucha gente. Nos quedábamos casi sin amigos. Mi padre tocaba y hacía baile. Luego mi madre se jubiló y la cogí yo. Sola he estado en la tienda 37 años, desde los 29 años, ya estaba casada. 

En San Martín ha habido cuatro tiendas y hasta hubo un supermercado y en San Martín del Río ha estado solo mi tienda 18 años. Fue cuando murió mi madre. La panadería se cerró hace 24 años y el pan lo he estado sirviendo en mi tienda, que me lo traían de Burbáguena. 

-¿Cómo han sido los últimos 18 años en la tienda?

-Los años se me han pasado con mucha rapidez. Puedo decir que en estos años se ha estado de decaída. Cada año a menos. La tienda la hemos tenido por dar un servicio, porque en los inviernos en el pueblo no queda nadie. La tienda ha sido como un centro social para los que estábamos en el pueblo. Salían a por el pan y se charrabay se comentaba todo. Nos contábamos todo. Antes con el frío aún estaba la vendimia, la matanza de los cerdos, pero estos últimos años se han arrancado las viñas y el pueblo se ha quedado más vacío. Ultimamante solo quedaba las fiestas de San Roque.  También he notado que actualmente solo viene la gente de fuera 15 días a los pueblos. El mogollón de gente en San Martín del Río son 15 días. Antes venían más en verano. 

-¿Ha sido testigo del decaimiento del pueblo?

-Así es. No se podía aguantar los gastos que lleva una tienda. Teníamos que pagar la Seguridad Social, la luz, el gestor para hacer la declaración de renta y con lo que se vendía no cubicaba. Los comercios que aguantan en los pueblos es porque les queda poco tiempo para jubilarse. 

-¿Cuándo tomó usted la decisión de jubilarse?

-En cuanto pudiera. No me podía jubilar hasta casi los 66 porque tenía que estar 8 meses más. En cuanto me dijeron que ya podía. Si hubiera habido algún aliciente, de que me pagaran alguna cosa y me hubieran pedido que aguantara un par de años más por dar un servicio lo hubiera hecho, pero con los gastos que tenía no podía seguir. Mi último día fue el 30 de mayo. 

-¿Qué sintió el día de su despedida de tendera?

-No sé que decir. Era toda mi vida. Se queda uno vacío. Lo que pasa es que lo hice bien, porque había gente en el pueblo y no estás tan sola. Está la familia, los vecinos, Te vas a andar, a una cosa a otra. Ahora no sería lo mismo. Hubiera sido distinto porque no queda nadie. Hubiera tenido más duelo. 

-¿Los vecinos que dijeron con el cierre de la tienda de toda la vida?

-La gente se apaña en los pueblos. La alcaldesa propuso que viniera a servir El Calamochino a través de los pedidos, pero por lo visto no ha dado resultado y es que Calamocha y Daroca están muy cerca. Esto es lo que ha matado el comercio. Venían a comprar lo que se había olvidado. Antes no era así, la gente compraba cosas del pueblo. Cuando empezaron los comercios monstruos se comieron todo. En Daroca el litro de aceite por ejemplo se vendía a un euro y yo no lo podía vender a un euro porque me costaba más caro. Hay que comprender también que cada uno tiene que mirar por su bolsillo. En los pueblos también dejamos caer las cosas, yendo a Calamocha, a Daroca. Una tienda en un pueblo sobreviviría si todo el mundo comprara, pero el que más o el que menos los hijos que viven fuera, Zaragoza, traen todo para sus padres. 

-¿Qué pasa ahora con los abuelos?

-Los hijos les traen productos. Viene algún camión para vender, que ya venían. A sí se gobiernan. Si tienen algún coche se va a Daroca que está muy cerca, a 6 kilómetros. 

-¿La población de San Martín añora su tienda?

-Sí, porque la tienda era como un centro social donde se comentaba todo. Nos reíamos y nos lo pasábamos bien. La tienda la echo de menos, pero todo el mundo se jubila y tiene derecho a jubilarse. Si querías sacar algo tenía que estar siempre para servir. En verano abría domingos para repartir el pan. 

-¿Qué población tiene San Martín del Río?

-San Martín ahora tiene durmiendo en el pueblo 80 personas. San Martín del Río en dos años ha caído mucho. Ha sido una pasada. El cura se nos ha ido también. Se cayó y se rompió la cadera. Ahora está en la residencia de Burbáguena y con 90 años viene todos los domingos para oficiar la misa. En verano nos hace las novenas. Es muy majo mosén Félix. 

-En San Martín del Río le han hecho homenajes por su servicio…

-El pueblo se ha portado muy bien conmigo. Me hizo un homenaje la asociación de La Ronda, que me dedicó una canción y esto fue para San Juan. Ahora en noviembre, la Asociación Mudéjar me ha hecho otro homenaje con la entrega del premio Félix García. Estaban muy agradecidos conmigo. Yo no me lo esperaba y menos de gente joven. Estoy muy agradecida y me emocioné muchísimo. 

-¿Cómo ve al pueblo, con la pérdida del servicio de la tienda?

-El pueblo se está muriendo del todo. No tenemos salida en los pueblos. Ningún joven se quiere quedar. La agricultura aquí es muy dura. La vía la quitaron, la carretera casi nos la quitaron, el agua del embalse de Lechao nos la quieren cobrar. A esta comarca la están matando. Se va a quedar solo Calamocha y Daroca, un poco. 

-¿Con tanto tiempo libre se aburrirá?

-No me aburro. Me levanto por la mañana y me voy a andar. Luego me encuentro con dos o tres y hablamos. Luego a preparar la comida y en la casa siempre tienes mucha faena. 

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