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Sábado, 26 de septiembre de 2020
CULTURA

3/1/2020

Historia de un soldado de Albalate en Gijón: la edición ampliada de ‘Asturias 1934’ repasa este proceso revolucionario

Manuel García Alegre, el protagonista del libro de su sobrino Emilio García Gómez
Miguel Ángel Artigas
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El soldado albalatino, escoltado por dos miembros de Regulares, en el monumento a Tartiere, en el Campo de San Francisco de Oviedo, en octubre de 1934
El soldado albalatino, escoltado por dos miembros de Regulares, en el monumento a Tartiere, en el Campo de San Francisco de Oviedo, en octubre de 1934

Manuel García Alegre nació en 1910 en Albalate del Arzobispo. Con el objetivo de dejar atrás un desengaño amoroso, la traumática muerte de su madre y una relación difícil con su padre, el 19 de septiembre de 1934 ingresó en el cuartel de Dar Riffien, junto a Ceuta, como legionario del 2º Tercio, V Bandera, 17 Compañía. Apenas unos días después, el 10 de octubre, fue enviado a Gijón para sofocar la revolución obrera que acababa de estallar en Asturias. 

Fueron unos días pero parecieron años, con combates en Oviedo a bayoneta calada, ajustes de cuentas y ejecuciones a pie de fosa continuos, a tiro limpio o a degüello para ahorrar munición. El 13 de octubre participó en la vanguardia del asalto al barrio de San Lázaro, en Oviedo, último reducto de los rebeldes. Fue uno de los once supervivientes que quedaron de su pelotón de 35 hombres, recibiendo tres balazos que agujerearon sus pantalones, uno que se incrustó contra la culata de su mauser y un quinto que le provocó un rasguño en la frente. 

Pero varios días durmiendo a la intemperie bajo la lluvia asturiana y alimentándose con raciones en lata pasaron factura y Manuel contrajo una neumonía. El 17 de noviembre, 39 días después de desembarcar en Gijón, ingresó en el Hospital Provincial y, tras un penoso declive, murió el 22 de febrero de 1935, y fue enterrado en el Cementerio de Oviedo, donde meses atrás había esquivado de casualidad la muerte y donde, con casi toda probabilidad, permanecen sus restos. 

La historia de Manuel García Alegre es una de tantas que existen, parciales y sobre todo invisibles en la historiografía general. Lo normal es que hubiera permanecido en el olvido para siempre. Sin embargo el doctor en Filología Moderna Emilio García Gómez, sobrino de Manuel, la retomó para escribir Asturias 1934 (Círculo Rojo), un volumen que recupera la historia del soldado y que analiza además las causas, el transcurso y la repercusión histórica que tuvo la Revolución de 1934 en España. 

García Gómez conoció la historia de su tío de boca de sus padres, siendo ellos ya de edad avanzada, y en 2001 inició gestiones para recuperar sus restos del cementerio de Oviedo y repatriarlos a su Albalate natal. No fue posible encontrarlos, así que en 2009 reconstruyó la vida del legionario turolense a partir de la correspondencia familiar entre Manuel y su padre Román García Gárate, a la sazón maestro en Bilbao. 

En aquellas cartas Manuel narra gráficamente el infierno que fueron para él aquellas pocas jornadas. “Querido padre. Ahora que todo está terminando voy a contarle los momentos tan dramáticos que hemos pasado ante el tiroteo de 30.000 fusiles de los que  se apoderaron los revolucionarios tras asaltar la Armería Nacional”, narraba el 18 de octubre de 1934 a través de unas cuartillas en lápiz. “El primer día, disponiéndonos a ocupar Oviedo, hicimos un alto en las afueras, donde estaba la Cruz Roja. Todos los elementos que la componían nos recibieron con palmas y nos obsequiaron. Y cuando más confiados estábamos nos hicieron una descarga, abatiéndonos como moscas. Y en este plan todos los días: nos asaban por todas partes, diezmando la Compañía”. 

Aplacada la insurrección, Manuel fue ingresado en el Hospital Provincial de Llamaquique, en Oviedo, del que ya no saldría vivo. Sus epístolas se espaciaron cada vez más y su tono permite pensar que el Manuel García Alegre era consciente de que su final se acercaba. En sus últimos momentos y con sus familiares lejos y sin posibilidades económicas de visitarle, una familia asturiana formada por José Saavedra Sánchez, su esposa Lucía López Miranda y sus seis hijos, se ocupó de sus cuidados, y formó parte del séquito que condujo su cadáver al cementerio de Oviedo, con honores militares. 

Más de ocho décadas después de la revolución de Asturias, Emilio García Gómez contactó con Juan García Hevia, biznieto de los Saavedra, a través de quien obtuvo nuevos datos con los que completar el puzzle y publicar una tercera edición del libro ampliada. Las dos primeras ediciones vieron la luz en 2009, coincidiendo con el 75 aniversario de la Revolución de 1934, y esta tercera de 2019 se ha publicado en el 85 aniversario. 

Dicha edición, que alcanza las 650 páginas, se presentó en Albalate del Arzobispo durante el pasado mes de octubre, en un acto que contó con la presencia de José Manuel Pina, también procedente de Albalate y autor de obras como De ilusiones y tragedias. Historia de Albalate del Arzobispo (2001) o La enseñanza en Albalate. Un recorrido histórico (2013).

La Revolución de 1934

Al hilo de la historia de Manuel, su sobrino Emilio García aprovecha para hacer un prolijo y documentado ensayo sobre la efímera pero intensa Revolución obrera de 1934, con la que la izquierda española trató de instaurar el socialismo en un país que derivaba peligrosamente hacia la derecha, y que desencadenó entre otras cosas la efímera declaración de independencia de Cataluña el 6 de octubre, un estado federado  que duró 12 horas. La obra analiza las causas de la insurrección de Asturias, la decisión de la izquierda de relevar por la fuerza al gobierno republicano de derechas y establecer un régimen socialista, la intervención del ejército republicano, la represión contra los insurrectos y sus simpatizantes y los intentos de relacionar el intento de golpe de estado con una “institución tan indefinible y compleja como la Francmasonería”, según al autor, a la que dedica un capítulo especial. 

En opinión de Emilio García, “es normal que los jóvenes muestren escaso interés o conocimiento del pasado, más allá de lo que han visto con sus propios ojos. Yo mismo nací después de la Guerra Civil y, hasta que me hice mayor, no tuve necesidad de aplicarme en otras cosas que no fueran mis propios intereses”. De ahí que el filólogo jubilado haya partido de la historia de un soldado albalatino que fue prácticamente anónimo tras su muerte, y cuyos restos mortales ni siquiera están localizados hoy en día, para recrear una parte fundamental de España en la que él tomó parte. “Nuestra labor es actuar como transmisores del pasado por medio de testimonios vivos o documentales. No podemos controlar el futuro, pero al menos hay que cubrir esos huecos generacionales donde al parecer nunca ha pasado nada. Los personajes de nuestra historia desaparecen sin dejar rastro a menos que nos pasen algo físicamente transmisible. Hay que conservar y archivar activamente testimonios pasados para las generaciones venideras. Porque quien nada deja, no existe”. 

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